Palacio Ducal

«Pasen desapercibidos porque esto está fatal.» — advertencia recibida al tocar tierra, la noche de la entrada a Venecia

El viajero que navega hacia Venecia no desembarca en un muelle cualquiera: desembarca en un palacio. Sobre la costa italiana de Antiterra se alza el Palacio Ducal, «donde antes, que ahora no hay, estaba el antiguo dogo de Venecia» — un edificio que conserva el nombre y la forma de una autoridad que ya no lo habita, y que hoy sirve, antes que ninguna otra cosa, de boca de entrada al mundo veneciano.

El arribo

El conjunto se compone de tres piezas contiguas: la costa italiana, el palacio, y a un paso la Plaza de San Marcos, que se tiene «cerca». Se viene por agua —se «navega a Venecia»—, se toca tierra en el palacio, y la ciudad empieza detrás de él. Esa contigüidad explica su condición: el Palacio Ducal es lo primero que hay al llegar por mar, umbral antes que residencia. Los compañeros que hicieron la travesía lo dijeron así: «están llegando a la costa italiana, están entrando por acá, por el Palacio Ducal».

Hay además una segunda vía, más extraña que la marítima: alguien «abre una puerta» desde fuera, y los que la cruzan se encuentran ya del otro lado, en el Palacio Ducal de Noche. Los registros tratan esa hora nocturna como el estado en que se llega al lugar — si es la misma sede a otra hora, o un estado distinto del sitio, es cuestión que este cronista deja abierta más abajo.

La sede vacante

El palacio fue construido para alojar un poder, y ese poder ya no está: el dogo «ahora no hay». Nadie ha registrado qué lo reemplaza. La vacancia no es un detalle sino la clave del edificio: quien llega al Palacio Ducal no llega a ser recibido — llega a no ser visto. La regla de la casa es la discreción, y la advertencia que abre esta entrada es la única ley de hospitalidad que el lugar ofrece. En el momento de la incursión que los registros conservan, el palacio estaba en condición de extremo peligro; lo que ocurriera bajo sus techos condicionaba si la empresa veneciana empezaba bien o mal.

De los otros palacios que no son este

Que el viajero no se confunda: Antiterra está sembrada de palacios que solo comparten la palabra. El Palacio de Buckingham, que contiene «las reproducciones de Asmodeus». El Palacio Argento, en la acrópolis de Zélatar, con «los cientos de aranes despejados», que ofrece «unas habitaciones para ustedes». El Palacio de Verano, reconstruido en la Broken Ridge, escenario de las cenas diplomáticas de los antagonistas. El Palacio de Chorzín, que solo aparece como referencia en la cosmología. Nada en las voces del archivo identifica a estos cinco entre sí, y este cronista los tiene por edificios separados — pero deja constancia de que el rótulo los ha juntado más de una vez, y de que la disputa no está zanjada.

Advertencias del cronista

De este palacio único y nombrado no ha llegado hasta mí una sola línea de descripción material: ni piedra, ni altura, ni color, ni estado de los muros; ni cuántos accesos tiene, ni qué hay dentro, ni cómo se pasa de sus salas a la Plaza de San Marcos. Tampoco sé decir quién ocupa hoy la sede del dogo, ni qué era exactamente lo que «estaba fatal» aquella noche —el palacio, Venecia, o la situación toda—, ni de quién había que pasar desapercibido. Ignoro quién abre la puerta que da a Venecia y adónde da del otro lado. El que entre, que entre de noche, calle, y anote lo que vea: hará más por esta entrada que todos los que pasamos antes.

Véase además: Venecia · Plaza de San Marcos


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.