Nereida

Que el viajero que acampe junto a un río de Antiterra sepa esto antes que ninguna otra cosa: si del agua sale una mujer, todavía mojada, y agacha la cabeza, no la bese. Sus besos son «besos húmedos que te pueden entrar agua en los pulmones».

De su naturaleza

La nereida es criatura de los primeros tiempos, «una de esas mujeres lánguidas que persiguen incluso los dioses». Habita «en aguas profundas subterráneas» y emerge por los ríos; no se la registra como ejemplar único sino como linaje, aunque nadie ha contado cuántas son ni cartografiado qué aguas hondas las guardan.

Surge del río bella y empapada, con la piel de una cualidad acuática que los registros nombran «gardosa» — palabra que este cronista transcribe con reserva, pues no sabe si describe textura, color o brillo, ni si la voz llegó entera. Su hermosura no es adorno sino potencia: su aura «es total», y si se muestra, el riesgo es que «puedan quedar fascinados todos» los que la ven. Y su lengua no es carne sino agua: al besar, «no puede evitar devolverte la lengua que es un chorro de agua». La atracción y el ahogo son, en ella, una sola cualidad vista desde el que mira y desde el que toca.

Del chal

Lleva siempre un chal, y «el chal para la nereida es clave». La prenda porta un veneno «dulce, suave, droga incluso»; pero guarda algo más grave: una porción de su energía vital. Quien destruye o ataca el chal la mata, salvo que ella lo recupere o lo reconstruya; y quien lo posee, según se afirma, «podría haberla tal vez manipulado y dominado a partir de ese poseer». Es de las pocas criaturas registradas cuya muerte y cuya obediencia pasan por un objeto portátil: arma, fragilidad y rienda en un mismo paño.

De su conjura y de su precio

El mundo la extrae de sus aguas por dos vías. La primera es la conjuración pagada: se le paga en «dulces gemas», y el costo registrado de una conjura para que asista en tareas asciende a 5.200 monedas de oro — cómputo que se debe a Khalim, partiendo de porciones de quinientas, aunque las cuentas del compañero y la cifra final no terminan de cerrar entre sí, y este cronista deja la disputa abierta. Aceptado el pago, obedece: se presenta ante quien la conjuró, agacha la cabeza y dice «Señor, estoy para servirle. ¿Qué es lo que desea que haga?».

Es, pues, recurso caro y no cotidiano: al alcance de quien tenga capital, capaz de resolver tareas para quien la pague — y capaz de matar a quien la bese.

Del palco vacío

La segunda vía es el escenario: a las nereidas les cabe «actuar en la ópera para los emperadores que tienen siempre un palco en algún lugar aunque no lo visiten». Si la conjura pagada y la actuación imperial son un mismo circuito de servidumbre o dos costumbres separadas, los registros no alcanzan a decirlo; queda la imagen, digna de las ciudades que se cuentan y no se visitan: la criatura de las aguas hondas cantando para un palco que permanece vacío.

Advertencias del cronista

Mucho es lo que el archivo calla. No consta rito, requisito ni oficiante de la conjura. No se sabe si el chal es prenda propia de cada nereida o artefacto único, ni cómo se lo «reconstruye». De la fascinación del aura no se registra medida ni duración: solo que es total. De la ópera no se sabe si es servidumbre, contrato o costumbre de la especie, ni ante qué emperadores. Y si existe una nereida individual, con nombre propio, distinta del linaje, el archivo no lo establece — y este cronista no la va a bautizar.

Véase además: Dioses · Khalim


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.