Monasterio de la Piedra Sagrada

Este nombre vive en 2 mundos del archivo. Las versiones no se funden: sus diferencias son canon, y leerlas enfrentadas es la mitad de lo que el nombre significa.

En ANTITERRA

«Nosotros tenemos aquí un fragmento de esa piedra, por eso este es el monasterio de la piedra sagrada.» — palabras de la casa, recogidas en su propio umbral

Que el viajero sepa, antes de pedir cama, en qué casa entra. Es «un lugar amplio y lleno de secretos», levantado en varios niveles en la comarca de Abeto Rojo, y todo en él —doctrina, hospedaje, iniciación— gira en torno a lo que guarda: un fragmento de la Piedra. El nombre mismo del lugar es una disputa que su gente no esconde: «un culto de una piedra maldita, aunque yo la llame sagrada». Sagrada o maldita, la designación doble es deliberada, y el que cruza la puerta hará bien en recordar que las dos palabras nombran lo mismo.

La fábrica

Al centro, un salón central que es «más bien un lugar de comunidad y conversación»: allí se reúnen los monjes antes de tomar posición y sentarse. Desde las galerías altas se domina el altar —«este es como un lugar desde donde se ve incluso este altar»— y del mismo salón baja una escala hacia las cámaras inferiores; en una de ellas, del lado noreste, hay «una especie de nicho en la pared» con un agujero, cuya función nadie ha establecido.

La piel del edificio declara una mezcla. Paneles «un tanto góticos» —«se ve que lo han traído a través de Europa»— pero tallados ahí mismo, «con una roca también un tanto extraña, una roca local, pero tiene algunos apliques grises». Contra las paredes, «las típicas figuras medio endemoniadas», gárgolas adosadas; arriba, «alguna cruz austera». Un cristianismo importado, montado sobre una devoción telúrica que le es anterior: eso dice la piedra misma del lugar, para quien sepa leerla.

Y una anomalía que nadie comenta: arriba, «como si alguien hubiera hecho un spray de color» —amarillo, rojo, violeta— que no dice nada, y del que «nadie dice nada respecto a eso». Este cronista tampoco tiene qué decir, salvo que es la única pieza del edificio que no encaja en su sistema.

La mesa y la cama

El monasterio hospeda, y hospeda bien. Al visitante se le muestran «un poquito las instalaciones»; el Abad lo recibe en el Sancta Sanctorum y recién entonces es huésped formal, con habitación asignada; se le puede «mandar un desayuno después al cuarto». Hay jardín privado. En la mesa se sirve, en cuencos, una destilación de la casa que «es casi un alimento»: espesa, «como una especie de cerveza con pan y queso», casi sin alcohol.

Pero sepa el huésped que sobre esa hospitalidad se monta otra cosa. Un monje habla bien de alguien ante la orden, y ese alguien «podría, tal vez, iniciarse, llegado el caso». La capa pública —salón, galerías, desayuno, jardín— es donde el culto se muestra amable y hace su selección. Abajo, por la escala, está la capa reservada: las cámaras, el nicho del noreste, y lo que se custodia. El edificio entero es una rosca en torno a un objeto enterrado: el fragmento manda, y todo lo demás se ordena por distancia a él.

La doctrina

La expone, entre otros, un anciano ciego de la casa. Cuando la Tierra se creó, «Dios dejó una semilla, una semilla muy profunda», y avisó que habría un profeta de la Tierra, «la piedra sobre la que construiría su comunidad, su iglesia». De ahí el grito de la orden —«¡estamos libres de pecado, niños de la Piedra!»— y la justificación de sus ritos como «una prueba que permitió al Señor redimir a la humanidad».

La Piedra no es solo reliquia. Es potencia invocable —se la ha oído esgrimir contra «¡el enemigo de la Piedra!»— y es llave: «la piedra… para conseguir el libro». Qué libro sea ese, el archivo no lo dice. Sus cultistas, conviene saberlo, disponen de poderes mágicos excelsos.

Las piedras y sus lugares

Aquí los itinerarios discrepan, y este cronista los deja discrepar. Por un lado, la Piedra Negra está «más o menos diez millas al campo» desde Abeto Rojo —«dos, cuatro, seis, ocho, diez millas al campo otra vez». Por otro, se afirma que las piedras del culto están debajo del pueblo, y que «es un secreto dónde están». Si son las mismas piedras o estructuras distintas, nadie lo ha establecido; el que camine esas millas, que las camine sabiendo que quizá lo que busca está bajo sus pies desde el principio.

Aparte, al noroeste del pueblo, hay una «piedra de granito que se cayó», donde vivía aislado el padre de Jürgen, rodeada de carteles: «estoy enfermo, aléjense todos o sufrirán mi misma suerte» y «no queremos que viva esa gente acá sin haber pedido permiso». Si esa piedra comparte con la Sagrada algo más que la palabra, el archivo no lo dice.

El peso en la comarca

Los cultistas no son numerosos ni anónimos: son gente conocida y temida en la zona, y su respeto no es cortesía sino cálculo. Una compañía que pasó por allí lo dejó dicho: «hasta los mismos cultistas estos del extraño monasterio de la piedra sagrada nos tenían respeto, teñido de miedo probablemente» — y ese respeto corría en las dos direcciones. Un tal Dornen reconoce la existencia de «un verdadero culto» y ha excavado cosas relacionadas con él. Nada de lo que ocurre alrededor de Abeto Rojo es independiente de dónde estén las piedras y de quién las controle.

Las dos caras

Que el viajero sostenga las versiones sin resolverlas, porque el archivo las sostiene juntas. La casa se presenta iniciática y redentora; desde afuera se la describe como «estos cultores malditos que dicen que están libres del pecado… entonces tienen la primera piedra y quieren esclavizar, embeber a todos en una roca misteriosa». La casa hospeda y ofrece iniciación; y a la vez quedó registrado: «nosotros fuimos agredidos por la Orden de la Piedra, la Orden del Templo de la Piedra» — el mismo culto, bajo nombre de orden armada. Anfitrión y agresor, casa de gracia y máquina de esclavitud: las cuatro palabras figuran en los registros, y ninguna anula a las otras.

Advertencias del cronista

Quedan sin responder, y las dejo escritas para que nadie las rellene por su cuenta: a qué deidad exactamente se consagra el culto —el material lo deja incompleto de manera explícita—; si el nicho del noreste esconde un mecanismo real o solo la sospecha del que lo mira; cuántos monjes viven en la casa y cómo se gobierna la orden fuera del Abad; en qué consiste materialmente la iniciación; qué libro abre la piedra; si la piedra de granito del noroeste cayó del cielo, es formación natural o estructura; y la planta misma del edificio, de la que no hay dimensiones ni número de niveles, ni consta cómo se relaciona el Sancta Sanctorum con las cámaras de abajo. El que entre, que cuente los escalones. Alguien tiene que hacerlo.

En VALA

Itinerario para el que va: desde Caldero, treinta millas —«o sea, 50 kilómetros»—; desde la cabaña del Loco Jared, menos de dos horas de viaje. En qué dirección exacta, los registros no lo fijan, y este baqueano no va a señalar un rumbo que no consta. Pregunte en Caldero: allá saben, porque allá se manda a la gente «a que lo entrenen».

La casa metida en la montaña

No espere el viajero una fortaleza que se vea desde lejos. El Monasterio ocupa «media manzana, incluso con algunas dependencias al costado; no es enorme». Lo que impresiona no es el tamaño sino el modo: es un edificio rupestre —«el estilo Petra»—, no levantado sobre el terreno sino tallado en él. La roca «al principio era natural, pero le hicieron un moldeado para meterse adentro de esta montaña»; los pasillos son de piedra trabajada, excavada, y la materia es «una piedra antigua y noble, podríamos decir, como las piedras romanas». Hay cripta, de esa misma piedra antigua, y hay guardia.

La lógica del conjunto es la de una casa que se mete en la montaña en vez de ocuparla: superficie mínima, profundidad grande. El tamaño chico visto de afuera y el trabajo interior en roca son la misma decisión. Lo que la orden tiene, no se exhibe.

La regla: morder la piedra

Adentro funciona una escuela: «tenía una especie de centro de formación de jóvenes y adeptos», asociada a las artes elementales, con entrenamientos hechos con piedra. La disciplina se nombra por su dureza: «Monasterio de la piedra dura, de morder la piedra». La doctrina sostiene que la tierra contiene sabiduría; la orden sigue tradiciones druídicas, es «favorable a los druidas» y a la diosa de la tierra.

Y acá está lo raro. Monasterios hay muchos en el mundo —a este se lo compara con «otros monasterios» sin sorpresa—, pero éstos «son especialmente reclusivos y no hacen proselitismo»: la doctrina no sale a buscar gente; la gente entra al monasterio. No se conoce otra casa de la misma orden. Una sola, y adentro de una montaña.

Escuela y depósito

De este recinto salió gente que después anduvo caminos largos: el Monasterio es un nodo de origen, el lugar que explica una formación antes de que empiece el viaje. Marginal en la vida pública del mundo, decisivo en la biografía del que pasa por él.

Pero no es solo escuela. En el Monasterio se custodia a un enano —retenido bajo guardia, sin nombre en los registros—, y esa custodia es función activa de la casa, no accidente. El que enseña también guarda. Quién es ese enano, por qué está ahí y quién lo puso, nadie lo ha dicho.

Advertencias del baqueano

Acá conviene pisar el freno y separar la paja del trigo. La palabra «piedra» anda suelta por todo el archivo, y no toda piedra es de este monasterio. La Piedra del Apocalipsis —cuya custodia se atribuye a Gatil, asociada a una transacción con EKT— no tiene un solo hecho que la vincule a esta casa: comparte la palabra y nada más. Lo mismo la piedra caliza blanca que marca ruta en unas catacumbas, el obelisco de piedra sobre la lava, la piedra de facetas y ojos —«arriba de cien», estimó quien la miró, sin conteo exacto—, la piedra que hay que poseer para hablar, y los gigantes de piedra de las tierras cercanas a Ushuaia. Vecinos de léxico, no de mapa. El que los mezcle, mezcla por su cuenta.

Quedan abiertas las preguntas grandes: cuál es la piedra sagrada que da nombre a la casa —ningún registro la describe ni la ubica dentro del edificio—; si la «piedra brillante» que se oye en algunas voces es la misma Piedra Sagrada o son dos cosas con un nombre pisado; en qué montaña está excavado el recinto; cuántos monjes lo habitan, cómo se ingresa, cuánto dura la formación y qué son exactamente esas artes elementales; y si la cripta y el pasillo excavado que se describen pertenecen a esta casa o a otro sitio de piedra del mundo. Del color, el olor, el ruido y el estado de la fábrica, las voces callan. El que llegue, que mire con sus propios ojos y después cuente.

Véase además: Abeto Rojo · Padre de Jürgen · Caldero — la ciudad a treinta millas, desde donde se envía a los jóvenes a entrenar.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.