Marte Sociedad Anónima
Primero se la ve como reflejo. En Financial Heights hay una torre que tiene todos los vidrios cristalizados y devuelve la ciudad entera antes de mostrarse a sí misma: ciento diez pisos de espejo. Esa es la primera lección sobre Marte Sociedad Anónima, y quizás la única que la corporación da gratis: lo que se ve es siempre lo otro. Lo que ella es está detrás del vidrio, o debajo.
La tesis del penthouse
La corporación tiene una filosofía, y la firma su CEO, un hombre «con un gusto por la antigüedad» al que este cronista llamará Samuel a secas —del apellido se hablará más abajo—. El proyecto declarado es «traer los dioses» y «afinar a la humanidad y contactarla con sus ancestros». No es retórica de directorio: quien controla la Ambrosía controla la escalera entre hombres y dioses, y Marte SA la busca y la controla. Todo lo demás —el armamento, lo aeroespacial, las comunicaciones— es la maquinaria que sirve a esa tesis.
En el penthouse, junto a la oficina ejecutiva, está la cámara que llaman power suit: de ella sale «un montón de figuras», nanobots. El poder, en la cima de la torre, tiene forma de cámara de la que brotan cosas diminutas.
La torre, de arriba abajo
El edificio explica la corporación, piso por piso. En el medio, los laboratorios «después de la puerta de seguridad»; cuartos con camas —«este lugar con las camas»—; baños romanos donde se aplica «una cosa de nanotecnología»: el lujo antiguo servido por técnica nueva, coherente con el hombre del penthouse. Y abajo la torre sigue donde la ciudad ya no mira: subterráneos laberínticos, una escalera caracol que desciende bajo Manhattan, y una cárcel que también era oficina. Fachada arriba, obra subterránea abajo; una tapa a la otra.
El mapa
Hay una sola Marte Sociedad Anónima, pero está en todas partes. Sede principal en Nueva York; sedes en Seattle —«la ciudad de la lluvia»—, en Alaska y en «Sedencia»; subcursales en Europa, Asia, Rusia y Brasil. La geografía obedece a la misma regla que la torre: donde hay Ambrosía hay sede —la de Alaska está peligrosamente cerca de uno de los sitios donde se supone que cayó el meteorito, y no es torre sino la concesión de un cine abandonado con excavaciones o al menos una base, del que se ha dicho «habrá terroristas o algo»—; y donde hay que oír hay tapadera: en Nueva York le pertenece la discoteca Flux, punto de informadores.
Fuera del planeta, intereses y aliados en la Luna, y viajes a Marte que todavía son solamente oficiales, no comerciales. Y no está sola en su clase: hay otras «organizaciones con nombre de dioses griegos o romanos» —Mercurio, Post—, corporaciones planetarias que se reparten zonas de los Estados Unidos, «que no saben poner nombres». En ese mismo campo de poderes se mencionan los «juegos nocturnos».
La puerta y el chip
Adentro se entra por niveles. Charlotte Klein tiene acceso a los pisos 1 a 27 de los 110, «que es bastante, ¿eh?». El personal lleva microchip y a veces una marca en la retina biométrica. El control de puerta es rígido hasta lo absurdo: con pizza no se entra, aunque se venga al turno. Emplea civiles comunes además de cuadros corporativos, tiene guardaespaldas —Gastón— y fuerzas de seguridad armadas propias. A los superhéroes los recluta como recluta a cualquiera: por entrevista de trabajo.
La grieta legal
Aquí el cronista subraya, porque es la única debilidad documentada: Marte SA tiene permisos para hacer experimentos, no para tener laboratorio. Esa distinción es la grieta por la que se la puede atacar. Mientras tanto, la corporación delega lo que no quiere firmar: encargó a los Errantes ir a buscar la Ambrosía, controla un concurso de talentos, está involucrada con una droga, y entierra cosas en lugares con profundidad temporal, sitios que «tienen amnesia».
El día de los treinta y cuatro
Su expansión no está terminada —«todavía no ha habido una expansión total»— y esa incompletitud la mantiene en tensión con los demás poderes. Cuando la golpearon, el golpe se contó en cadáveres: 34 muertos en el ataque a su sede —«34 por ahora»—, civiles «intentando bajar del barco», ayudados a evacuar. Ahí quedó expuesta su fragilidad: las fuerzas de seguridad resultaron defectuosas, los principales comandos se volvieron en contra y se dispararon entre ellos, incluso sobre la misma corporación. Al menos una de sus instalaciones ya no es suya: pasó a La Fundación.
Figuras del expediente
- Samuel, CEO, autor de la tesis de los dioses.
- Charlotte Klein, pisos 1 a 27.
- Gastón, guardaespaldas.
- Taki, que porta la armadura del Alpha Mars Corporation: un traje tecnológico llevado como si fuera la piel del león de Nemea, transportado hacia la Luna.
Advertencias del cronista
El apellido del CEO es una disputa de versiones que este archivo no va a laudar: Shires, Gires, y en registros paralelos DeGeyers, Giles, Shields, Chávez. Samuel es lo único firme. «Sedencia» aparece como sede junto a Nueva York y Alaska, sin ubicación ni descripción: el que sepa dónde queda, que avise. De Taki no se sabe quién es ni qué es un «Alpha» dentro de la corporación. La acusación de que Marte invadió la Luna y está creando una criatura destinada a comerse la Luna y después el mundo corre en boca de una figura, no como hecho establecido. Del ataque a la sede no hay atacantes identificados: se registra una acción coordinada «junto a mi grupo» y un colapso de la seguridad interna, sin certeza de que sean el mismo suceso. Qué droga controla, qué enterró en el sitio que «tiene amnesia» y dónde queda ese sitio, qué hacen exactamente los nanobots de la power suit, cuánto vale nada de lo suyo, cuándo se fundó y quién manda por encima del CEO: todo eso el archivo lo calla, y el cronista lo deja abierto.
Véase además: Luna
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.