Hotel Seaford

Quien llega a El Cairo con cartas de recomendación, fondos o apellido no pregunta dónde alojarse: pregunta por el Seaford. Es “el hotel del Cairo” —el artículo importa—, el establecimiento “donde incluso estaba la realeza”, embajada del lujo y de la modernidad en una ciudad donde ambas cosas escasean.

La fachada

Es “uno de esos hoteles que tienen mármol y unas escaleras al fondo”: vestíbulo de mármol, escalinata al fondo del salón, y “hasta ascensores” —atendidos por ascensoristas de servicio, no cabinas automáticas—. El ascensor recorre y para en el sexto, quinto, cuarto, tercero, segundo y primero. Hay un bar conocido, cocina capaz de servir pasta a un huésped italiano, y un cristal —vidriera, salón vidriado, no está claro— asociado a su imagen “pristina”. Las habitaciones son privadas, de huésped único, y pueden cederse a otro: se sabe de un profesor que, estando muy mal, cedió la suya.

La altura como rango

En el Seaford la escala social es vertical y se administra piso por piso. Por encima del anteúltimo “está solamente la realeza o los realmente dignatarios”; más abajo, profesores y expedicionarios. Una compañía de viajeros ocupó el sexto piso —el anteúltimo—, “a seis pisos arriba” del salón. Camille Colbert residió aquí. El ascensorista, en ese esquema, no transporta: administra el ascenso.

El motor adentro

La contracara práctica del mármol es el patio interno, donde se guardan “de los pocos coches que hay” en la ciudad. De ahí parten las expediciones que salen al desierto. Esta es la clave del edificio: la razón por la que un hotel de lujo es además cabecera logística es que las expediciones necesitan automóviles, y los automóviles están en su patio. Lujo arriba, motor adentro — el mismo edificio sirve a la corte y a la exploración porque en El Cairo ambas dependen de los mismos recursos escasos. Controlar o perder el acceso al Seaford es controlar o perder la salida al terreno.

La vida del salón

En el bar y el comedor se invita, se negocia y se conversa. La cocina europea está disponible para quien la reclame: al profesor Monteverdi, que es italiano, se le invitó una pasta. No confundir este establecimiento con el Hotel Ucho de Claromecó —otro hotel del registro, en la costa, con faro, comunidad pesquera y balneario incipiente de la gente de Tres Arroyos—: son casas distintas, sin relación establecida.

Advertencias del cronista

Los registros no coinciden en todo, y este cronista prefiere anotar la disputa antes que zanjarla. Una versión describe el alojamiento como “un hotel, una fonda de mala muerte” con “los aseos afuera” del edificio — descripción incompatible con el mármol, los ascensores y la realeza. Si se trata de otro alojamiento, de otro ala, o de otro momento del mismo edificio, las voces no lo dicen. Tampoco el nombre está quieto: el establecimiento aparece como Seaford, Shepard, Sheppard, Shepherd y Sheffield, y no está resuelto si el “bar del Hotel Sheffield” es este mismo bar o el de un vecino. Del edificio no se sabe cuántos pisos tiene en total —el sexto es el anteúltimo, así que al menos siete niveles—, ni cuánto cuesta hospedarse, ni quién es el dueño, ni en qué calle o barrio se levanta, ni cuántos automóviles caben en el patio ni de quién son. El que viaje y averigüe, que lo anote.

Véase además: Camille Colbert


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