Godofredo de Saint-Omer

«Nunca dances con la muerte.» — advertencia manuscrita en el librito que regalaba, junto a sus instrucciones alquímicas

Escribo de un hombre que fundó una casa y cavó debajo de ella. De los que concibieron la orden del Temple fueron dos —«los dos que tuvieron la idea de la orden»—, y el flamenco fue el segundo: segundo en la idea junto a Hugo de Payns, segundo Maestre en la sucesión, y segundo también en esa imagen que la orden fijó como emblema de su pobreza fundacional: los dos venerables «que montaban juntos el mismo caballo». Un caballo para los dos. Así empieza todo linaje templario, y así empieza también su mentira.

El fundador y su sombra

Lo llamaban «conocido wolfo blanco» —apodo cuyo origen ningún registro me ha querido entregar—. En la capa pública de su vida fue fundador y jefe: concibió la orden con Hugo de Payns y encabezó su segunda generación de mando. En la capa secreta fue alquimista y nigromante, y practicó su arte bajo la propia casa de la orden que lo prohibía.

Porque la nigromancia es tabú en el Temple, y la doctrina oficial lo sostiene. El archivo lo desmiente sin piedad: «decía que nunca habían caído en las artes de la nigromancia y es mentira». Quien lea la historia de la orden desde esta frase debe releerla entera hacia atrás: la casa quedó contaminada desde el origen por aquello mismo que niega en voz alta. No hay Temple sin el flamenco; no hay Temple limpio con él.

El aparato del secreto

Tres piezas dejó, y las tres se explican entre sí. Primero, el subsuelo: un lugar bajo el Temple que «utilizaba esto como una suerte de laboratorio propio» —el arte prohibido practicado exactamente debajo del poder que lo prohíbe, porque el secreto necesita estar cerca del trono y bajo sus pies a la vez—. Segundo, «la recámara del flamenco»: su estudio privado dentro del Temple, que todavía guarda información importante y que nadie ha terminado de abrir. Tercero, lo único que salió de ese círculo hacia afuera: «un librito muy lindo» que regalaba, con instrucciones alquímicas y la advertencia que abre esta entrada. Conocimiento que se transmite junto con su límite: eso es un maestro, aunque el archivo no le dé ese título.

Desde el laboratorio abasteció a Elizabeth de sustancias mágicas, y a ella pasó el libro por regalo suyo. Qué lo unía exactamente a Elizabeth —maestro, protector, cómplice— es cosa que los registros callan.

La muerte con firma

De su cuerpo en vida no consta nada: ni edad, ni figura, ni hábito. Lo único corporal que el archivo retiene es el final: «el godofredo se murió lo mataron ahí lo hicieron un símbolo del pecho». Un símbolo o marca abierta en el pecho del cadáver: ejecución con firma ritual, obra de quien actuaba con autoridad de orden. La misma casa que albergó el laboratorio parece haber cerrado el conjunto con esa marca — aunque quién ejecutó, y bajo qué motivo declarado, nadie lo ha dejado escrito.

Y sin embargo el flamenco no ha terminado de morir. Su recámara sin abrir y su libro en circulación lo mantienen operando como fuente activa: lo que dejó escrito y guardado todavía mueve a otros a bajar a buscarlo. Hay muertos que son clausura y muertos que son puerta; éste es de los segundos.

Advertencias del cronista

Confieso lo que no sé, que es mucho. Los copistas no se ponen de acuerdo ni en su nombre: los pliegos dan Santomer, y las manos que han querido fijarlo escribieron alternativamente Saint-Omer, Saintonge y Santaomé; hasta que una autoridad zanje la grafía, el lector encontrará al mismo hombre bajo cuatro vestiduras. Ignoro qué significa «wolfo blanco» y de dónde le viene. Ignoro quién lo mató, qué símbolo exacto le abrieron en el pecho y a qué orden pertenece esa marca. Ignoro en qué casa o encomienda del Temple yacen el laboratorio y la recámara, y cómo se llega. Ignoro qué más contiene el librito, y si hay un solo ejemplar o varios danzando por el mundo — mala palabra, danzar, tratándose de él. El que baje a buscar respuestas, que recuerde la advertencia del propio flamenco: el conocimiento que dejó viene con su límite cosido.

Véase además: Hugo de Payns · Elizabeth


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.