Elizabeth

«Con esta forma no puedo volver a salir.» — palabras atribuidas a la badesa, en su encierro

Hay nombres que el mundo pronuncia dos veces y no se atreve a juntar. Elizabeth es uno de ellos. Bajo esa palabra el archivo de Antiterra guarda una reina que gobernó Inglaterra durante cien años —«la Spell Queen», la «reina Lich»— y una badesa de hábitos que hoy yace confinada en un laboratorio bajo tierra, sin dientes y sin la cara que tuvo. Este cronista, que ha aprendido a desconfiar de las coincidencias tanto como de las genealogías demasiado limpias, consigna ambas figuras y deja al lector la aritmética.

La reina que no envejecía

Donde la historia que ustedes conocen concede a su Reina Virgen medio siglo de trono, Antiterra le dio el doble: Elizabeth reinó cien años «en vez de reinar 50», y llegó a «festejar su centésimo aniversario» sin que el cuerpo lo acusara. De esa duración impropia nace uno de los ejes por los que Antiterra se aparta del otro mundo: un reinado de un siglo sostuvo una iglesia refractaria, ajena a Roma, y la fundó no en doctrina sino en persona — «porque justamente en realidad era una bruja». En Antiterra una herejía de Estado puede tener por dogma único la magia de su soberana.

Ese trono cayó. «La corrieron los protectors», y de Inglaterra «se vino para acá». Derrocada, «se retiró» y fundó una sociedad arcana — la bruja sin corona convertida en escuela. El mundo, que no soporta lo inexplicado, le ofrece tres etiquetas para su duración: lich, vampiro o sangre élfica. Ninguna está confirmada; las tres circulan.

La badesa sin dientes

La otra Elizabeth —o la misma, más tarde y más abajo— tiene cuerpo, y el cuerpo cuenta la historia. Fue «tan coqueta»; hoy está «envejecida casi irreconocible, casi», conservando apenas «los rasgos de la señorita, de la señora de la badesa» bajo un rostro que ya no le pertenece. Vistió «como si fuera el equivalente de hábitos religiosos», con votos de castidad y pobreza, y encabezó la labor caritativa de las Carmelitas Calzadas del Temple. Vive —vivía— en la casa del gran maestre, separada de su esposo pero bajo el mismo techo, por dispensa papal: cosa que el mundo mismo marca como «no algo común». Nótese la ironía, que a este cronista no se le escapa: la fundadora de una iglesia refractaria obtiene de Roma el permiso que legaliza su anomalía.

Su autoridad es la del saber. «Ha estudiado extraños tomos», guarda saberes olvidados, y «ha inventado las vías» — término que el archivo no define. Cuando aparece un objeto que nadie entiende, el camino conduce a ella: «ella puede llegar a saber algo».

El sistema que la contiene

Léase con atención lo que rodea a esta mujer, porque no son piezas sueltas sino un mecanismo: una institución religiosa que la absorbe, una dispensa que casa su anomalía sin disolverla, un laboratorio subterráneo que la aloja y la sepulta, y un benefactor que dosifica los ingredientes de los que depende su forma. Así tolera el mundo a alguien de cuatrocientos setenta años sin quemarla: la vuelve religiosa, la casa, la encierra y la alimenta. Y en la otra punta de la biografía, el mismo arte compositivo en clave de reino: bruja más trono, iglesia refractaria; derrota más exilio, sociedad arcana.

Pero el mecanismo también castiga. Vivió 470 años sostenida por pócimas, y hace un año, por su propia boca: «ya me estaban ninguneando los ingredientes». Envejeció de golpe. Y cuando retuvo una poción, el gran maestre «lidió con ella» y le sacó los dientes, trayéndolos como prueba de que el asunto quedaba saldado. Corte de suministro y extracción: las dos formas registradas de gobernarla. Su cuerpo es hoy un indicador del mundo — se lee en él quién le da y quién le quita.

Las dos reinas

Figura además como una de dos reinas guardianas de un lugar, junto a Jeva; a Elizabeth le corresponde lo relacionado «a la noche, al cielo y la noche». El propio Narrador dejó descartado un nombre en el umbral: «Dos reinas… Ercebet, pero no es Ercebet. Es Elizabeth». Que quede escrito: quien busque a Ercebet en esta entrada, busca en vano.

Advertencias del cronista

Que el lector no me pida la costura que el archivo no trae. La reina de los cien años y la badesa del laboratorio llevan el mismo nombre y las voces nunca las cruzan: si son una sola vida de 470 años, falta el tramo entre el destronamiento y los votos; si son dos homónimas, falta el criterio para distinguirlas. Las escuelas discrepan y yo no fallo el pleito. Tampoco sabe nadie —o nadie dice— cuál de las tres explicaciones de su duración sostiene el mundo, o si lich, vampiro y sangre élfica son tres rumores frente a un cuarto mecanismo más humilde: las pócimas y sus ingredientes. Quedan sin responder: qué son «las vías» que inventó; quién era el benefactor que la abastecía y por qué cesó hace un año; qué poción retuvo para merecer la boca vacía; dónde queda la «tierra de Elizabeth» con iglesia propia, y qué relación guarda con Inglaterra y con el lugar que custodia junto a Jeva; si su marido y el gran maestre son el mismo hombre — ella dice «no puedo volver a salir y ver a mi marido y a todos», y el archivo no confirma la identidad. Del laboratorio subterráneo no hay descripción: solo la certeza de que no se sale. Y flota un nombre que puede ser epíteto, segundo nombre o topónimo — «Elizabeth Bilbao» — que este cronista transcribe sin entender, como se copia una inscripción gastada.

Véase además: Jeva · los Protectors · Carmelitas Calzadas del Temple · el gran maestre · la sociedad arcana.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.