Clara Kling

Gary, Indiana. Humo de acería, calles que no perdonan, y en el último piso de una fundación con nombre de comienzo del mundo, una mujer de traje blanco que abre todas las puertas de la ciudad — y custodia, en otra parte, la única que no debe abrirse jamás.

La mujer del traje blanco

En las oficinas superiores de la Genesis Foundation recibe a la compañía «una mujer de traje, así, bellatura»: traje claro, blanco, de corte «más bien varonil, más inglés», zapatos puntiagudos, facciones angulares alemanas. Blanca; «más blanca imposible». El cronista no encuentra mejor retrato que el que quedó dicho: Marlene Dietrich, «impecable». Su origen está del otro lado del océano — «es de familia y se formó en Berlín, pero Berlín» —, con un trasfondo familiar que las voces del archivo afirman sin describir.

Como CEO, directora y supervisora de la Fundación, es la que abre y la que cierra. La invitación de «Clarita» da acceso a la Fundación y a la escuela asociada; ella negocia misiones y coordina las operaciones del Complejo Alfa, «algo que está en fundación todavía», para el que quiere reclutar a los compañeros de su lado. Pero su trato no es solo oferta: dejó cargas explosivas en los portales como seguro de castigo si no recibía las gemas. En Gary nadie regala nada, y Clara Kling menos que nadie.

La yacente de la cámara

En otra capa del mismo mundo, la misma mujer yace en la cámara circunscrita del tesoro de Igweb, en Iron Mountain, en las cavernas interdimensionales. Está vestida de armadura pieza por pieza: una plate mail dorada, y sobre el cuerpo, del pecho a los pies, una espada bastarda larga con los guanteletes cruzados sobre el pomo. La piel pálida y tranquila, los labios rojos brillantes, el pelo negro azabache y lustroso. Es la postura de yacente de sepulcro, no de combate. En el pasado remoto donde la magia rige fue una joven templaria; lo que la une a la ejecutiva de traje blanco es la pureza — el blanco, el oro, la palidez — y lo que las corrompe es igual de material, como se verá.

Su función declarada es «cuidar que de aquí no se vayan los prisioneros». El lugar está bajo prohibición de rescate, y la letra de esa prohibición no admite abogados: «un destino peor que la muerte seguramente va a llegar para aquellos estúpidos que violan el lugar circunscrito».

Siete entradas

La condición de despertar es numérica y no negociable: cuando entran siete veces por las puertas de la cámara, Clara Kling despierta. Y cuando se activa, no camina: «se forma un vapor y se va a meter por este mismo lugar». Es vampireza. Sus cenizas existen como materia disponible, y se usan en rituales mágicos de invocación — lo que obliga a leer todo lo anterior en dos tiempos a la vez.

El par de guardianes

La custodia requiere dos, no uno. Junto a ella se nombra a Rachel Betta — «las guardianas de este lugar son, o eran» — que es a la vez su rival: «se están peleando por el corazón de Gary Indiana». En otro registro, el otro guardián de la plataforma se llama Richard Bentham. Y sobre ambos cae la bisagra que las voces del archivo marcan con precisión de forense: de los guardianes «había, y está bien decir había, porque parece ser que ya no son más». Qué reparto de tareas existió entre los dos, y si la disputa por Gary es causa o consecuencia de ese final, el archivo no lo dice.

La corrupción de la pura

El deterioro de Clara Kling no es un accidente privado: alcanza a «nuestra directora de la fundación», es decir, a la cabeza de la organización que emplea a la compañía. Muere, o está muriendo, envenenada por plomo — el mayordomo Grimm aparece en el contexto de ese envenenamiento, sin que conste en qué papel. Y fue contaminada por una paradoja temporal: «alguien que buscaba la pureza». Plomo en un lado, paradoja en el otro, ceniza al final. En una ciudad de acerías, hasta la mujer más blanca del mundo termina con metal en la sangre. Junto a ella se menciona a un tal Rigel Beta respecto de la anomalía que enferma; las voces corrigen que la enferma es Clara Kling.

Advertencias del cronista

Este cronista deja en la mesa lo que no pudo cerrar. Primero: cómo se articulan las dos capas — la ejecutiva de Gary y la templaria dormida —; si es viaje, reencarnación, paradoja, o la misma persona en dos tiempos simultáneos, el archivo calla. Segundo: si Richard Bentham, Rachel Betta y Rigel Beta son tres personas, dos, o una sola con el nombre gastado por el uso; las escuelas discrepan y nadie ha zanjado el pleito. Tercero: quién la envenenó con plomo, y si ese veneno y la paradoja son un mismo hecho contado dos veces o dos daños distintos. Cuarto: qué son las gemas que exigía a cambio de no detonar las cargas, y quién debía entregarlas. Quinto: qué hace la Genesis Foundation puertas afuera — qué produce, con qué se financia, a quién rinde cuentas —, y qué hacen los reclutados dentro del Complejo Alfa. Sexto, y el más incómodo: si es vampireza y sus cenizas circulan en rituales, ¿en qué momento arde, quién la reduce a cenizas y quién las usa? El que averigüe eso, que recuerde la prohibición del lugar circunscrito antes de contarlo.

Véase además: Genesis Foundation · Rachel Betta


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.