Barba Negra

Aviso a quien trace rumbo por la costa oriental de la Florida: este derrotero no señala bajíos ni arrecifes. Señala un hombre. O lo que queda de él.

La costa que él vuelve impracticable

Un tramo entero del mar del Nuevo Mundo se lee en esta carta por lo que él hace en ella: quema ciudades, cañonea puertos —atacó el puerto de Antigua con cañones— y no viaja solo: «fueron el mismísimo Barba Negra y los viles y escandalosos», sus sicarios. Es terror de la costa oriental de la Florida; el pirata «más terrible y monstruoso»; «el señor de los piratas», por encima del cual no navega nadie. Entre la gente del oficio se invoca «la autoridad barbanera» como instancia reconocida: es autoridad de pacto tanto como de guerra, y por eso este cronista lo asienta en el mapa como se asienta un cabo o una corriente — no como episodio, sino como accidente permanente de la costa.

Señas del capitán

Las señas son las que el nombre promete y algunas que no: «es barba negra, tiene barba negra, ¿verdad?», y lleva pluma negra. Va armado con un cutlass —«un machete o una espada, un cutlass, digamos»— y una buena pistola. En los ojos, la «mirada de las mil yardas».

Pero el cuerpo ya no obedece las leyes del cuerpo. Vuela — «volaba como un vampiro», dice una voz del archivo. Su figura se deja atravesar, «como si fuera un vampiro que la atravesaste». Tiene resistencias que el acero común no vence, y al herirlo no mana lo que debería: «no es sangre, tiene como si fuera una carcasa». De las manos le salen hilos que se enganchan en otro cuerpo y lo dejan «medio muerto». Quien lo enfrente sepa que no se lo daña como a un vivo; las reglas del duelo son otras y las fijó él.

El barco de hueso

Su nave es de la misma sustancia que su capitán: parece de hueso, «más tétrico —no es un barco de perla negra»—, unos ochenta pies de eslora, con velas de cincuenta a sesenta pies de alto y, al tope del mástil, ondeando, la bandera de Barba Negra. A bordo hay contramaestre y una tripulación de marineros zombis vestidos de negro, que miran. Se lo ha nombrado Queen Anne’s Revenge, aunque la voz que lo dijo lo dijo con reserva —«me parece»—, y se lo describió como «un barco a corde: no cualquier barquito», giro que el archivo no ha logrado desatar.

Nótese la lección: pese a lo espectral, esto conserva oficialidad y enseña — jerarquía, bandera, contramaestre. No es una aparición. Es una empresa. Un casco que ninguna muerte de tripulación desarma, un jefe al que matar no basta, y un depósito al que sólo se llega por agua.

La cueva de boca sumergida

La guarida —la cueva del pirata Barba Negra, llamada también cueva del Kraken— está a medio día de viaje por tierra desde el templo, bordeando la costa, cuando no se va por agua. La cueva «entra con el agua»: la boca queda al nivel del mar, y hay un arriba de roca por donde se puede aterrizar. Adentro, «puertas secretas donde guardan las cosas» — es decir, el tesoro. El acceso acuático filtra por sí solo a quien no llegue por mar; la geografía trabaja para él.

De allí, o hacia allí, pasó lo sustraído que más importa: un cofre que es importante recuperar. La guarida entera está organizada alrededor de esconder lo robado.

De la muerte que no bastó

Los registros fijan su muerte en 1718, en el mar de Carolina del Norte. Y sin embargo esta carta no lo borra del trazado, porque en sus últimos años «ganó una cualidad espectral» y «algunos dicen» que sigue robando aunque ya no esté vivo. Ambas cosas constan; ninguna anula a la otra, y este cronista las deja en disputa como se dejan dos sondajes que no coinciden. Consta además una frase de hablante incierto — «yo lo maté pero todos pactan al final» — que enseña lo esencial: su caída no cierra el problema, sólo le cambia la naturaleza. Cuando Barba Negra cae, lo que sigue no es su desaparición sino un pacto general.

Deudas y afectos del monstruo

Poco se sabe de lo que ata a este hombre fuera del saqueo. Su prometida, por ser virgen, habría sido la última víctima de Juan Jerez — dicho con «tal vez»: conjetura de un compañero, no hecho asentado. A «un grande de los grandes del mar», Barba Negra le rompió el corazón — «digamos». Y en las enumeraciones del archivo su nombre aparece pegado al de Mamushka, sin que nadie haya explicado el vínculo.

Advertencias del cronista

Quien use esta carta, úsela sabiendo lo que no dice. No está determinada la naturaleza del capitán: las voces lo dan como pirata, como espectro, como vampiro por comparación y como carcasa hueca de composición no orgánica — no-muerto, construcción u otra cosa sin nombre todavía, el archivo no lo fija. No se sabe qué son los hilos que le salen de las manos ni de qué están hechos. No se sabe qué contiene el cofre ni por qué urge recuperarlo. No está resuelto si «un barco a corde» nombra un tipo de nave, ni si Queen Anne’s Revenge es el nombre canónico del casco de hueso o de una nave anterior. Se menciona a «la tía Barba Negra, la mujer» — quién sea bajo ese nombre, la prometida u otra figura, queda abierto. No está dicho si la cueva del Kraken y la guarida son un mismo espacio con dos nombres o dos partes de un complejo mayor, ni si la entrada alta por la roca es vía practicable o mero lugar de aterrizaje. «Señor de los piratas» corre como especulación: cuánta autoridad ejerce, y sobre qué —flotas, puertos, rutas—, nadie lo ha medido. Y del pacto «al final» no consta con quiénes se pacta, por qué, ni qué queda vigente. Este cronista traza la costa; el resto lo dirá el mar.

Véase además: Juan Jerez


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.