Árbol de Armas
Inventario de lo que se le ha sacado, según los registros: tres arcos en una sola ocasión, flechas «todas mágicas», dos ranúnculos que se llevó una misma mano, y un encantamiento que los entendidos juzgaron «algo muy raro» — que «no debería de ser eso». Todo lo demás que se dice de él, conviene leerlo con este inventario en la mano: es poco, y se pagó caro.
Lo que cuelga
«Es un árbol que le crecen espadas, loco.» Así lo dijo una voz del archivo, y no hay manera más honesta de empezar. Es un árbol vivo: un tronco con diez ramitas alrededor, del que cuelgan armas mágicas. El que se acerca lo suficiente las «ve ahí cosidas» al tronco — no apoyadas, no colgadas de un gancho, sino integradas a la madera. Lo visible son arcos y flechas. Y además del metal, da frutos: bulbos que se sienten «como frutos que salen así», comparados con bayas, moras, frutillas o dátiles. Entre lo que se le saca, el registro nombra también «ranúnculos».
Es uno solo en el mundo conocido. No hay indicio de un segundo.
La semilla y el linaje
El árbol no es un hallazgo: es un cultivo. Alguien entregó una semilla, y en esa semilla viajaba la inteligencia de un módulo de armas — eso es lo que decide que el fruto de este vegetal sea metal armado. Los Buscadores la plantaron. Los Priscianos lo asientan entre lo suyo como «proyecto tecnológico-mágico». Y una orden, cuyo nombre el archivo no conserva, reclama: «la semilla del árbol de armas nuestro».
De ahí que no haya taller ni forja alrededor: la fabricación se delegó al crecimiento. El árbol reúne dos linajes que en él son uno solo — la inteligencia encerrada en la semilla, y el suelo con su abono que la sostiene. Por eso su mantenimiento no es oficio de herrero sino de labrador. Y de verdugo.
El precio del abono
Porque el árbol come. Se lo alimenta con abono de cuerpos humanos — «voy a tener que alimentar de abono de tu cuerpo al árbol», quedó dicho, y no como figura. Ese abono se obtiene por sacrificio: la Bellaca —o Avellaca; las dos grafías corren y nadie las ha zanjado— exige que se le sacrifiquen personas, con un criterio explícito: un sacerdote «debe morir». Junto al árbol se menciona además a «un feo druidongo»; si él y la Bellaca son la misma autoridad o dos custodias distintas, el archivo no lo dice.
A cambio, el árbol produce. Pero la extracción no parece del todo reglada ni predecible: hay «como una tabla» asociada a lo que sale de él, y al menos un resultado desconcertó a los que lo obtuvieron. En el mismo sitio hubo jóvenes cautivos que fueron rescatados, y una goblin cautiva capaz de explicar dónde queda.
Dónde queda
En un bosquecillo, abajo. Un registro de botín lo sitúa en el sub-nivel nueve de lo de abajo — tramo confuso, que no precisa si es un sub-nivel del noveno piso o el noveno sótano, ni de qué estructura forma parte. El que quiera llegar tiene, hasta hoy, una sola guía nombrada: la goblin que supo explicar la geografía del sitio.
Por qué importa
Acá conviene pisar el freno y decir lo que el árbol es en la balanza del mundo. Es la fuente identificable de armas mágicas: cuando aparece equipo extraordinario, se lo atribuye al árbol. En la guarida de un cazador cuelgan armas mágicas de origen no declarado — nadie confirmó que vengan de ahí, pero la sospecha es inevitable, porque no hay otra fuente conocida. Eso lo vuelve un nudo entre tres partes: los que lo plantaron, los que lo anotan como proyecto propio, y los que reclaman la semilla como suya. Quien controle el árbol controla el armamento mágico. Y como su rendimiento depende de sacrificios humanos, cada arco que se descuelga de esas ramas tiene un costo contable en vidas. Esa aritmética no la inventó este cronista: la fijó la Bellaca.
Advertencias del cronista
Queda abierta la disputa más honda: unos registros hablan del árbol como planta — flora, cosecha, fruto —, otros como lugar visitable, con cautivos y sacrificios y rescates. Si «Árbol de Armas» nombra al vegetal, al sitio que lo contiene, o a ambos, las voces del archivo no lo establecen, y hay escuelas para cada lectura. Tampoco se ha resuelto si es el mismo que llaman Árbol de Gulthias, ni si es una sola entidad con esa otra inteligencia-árbol de la que hablan registros aparte. De las diez ramitas no se sabe qué son: si cada una da un arma distinta, si el número es fijo o cuenta un stock. De los frutos —bayas, dátiles, ranúnculos— nadie declaró para qué sirven ni si se comen. De la «tabla» no consta quién la consulta ni cada cuánto se puede extraer. No se sabe cuántos sacrificios pide, con qué periodicidad, ni qué mano los ejecuta. No se sabe quién dio la semilla a los Buscadores, ni si es la misma que la orden reclama. Y del árbol mismo —tamaño, color, corteza, olor, sonido— el archivo calla. El que baje al bosquecillo, que anote lo que vea: hace falta.
Véase además: Buscadores · Priscianos
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.