Vala

Oriente su carpa el viajero antes de dormir, y que no se fíe de la costumbre: en este mundo el sol se pone en el este. Es ley permanente, no prodigio de una jornada, y quien la olvide llegará tarde a todas partes. Que esa inversión sea la primera lección del mapa no es casual: Vala es un mundo hecho al revés, y todo lo demás —su teología, su deuda, su gente— se lee desde ahí.

Qué tierra es esta

Vala no es un lugar dentro del mundo: es el mundo entero, planeta y esfera —«una esfera con el potencial universo»— creada o recibida por Lucifer. No es la Tierra, aunque «tiene algo de algunos dioses viejos de la Tierra». Se lo nombra también como reino antiguo, «el reino de la gema», escenario de gestas anteriores en el mismo suelo.

Es un mundo joven, de arquitectura y cosmovisión mesopotámicas, y de teología gnóstica invertida: el demiurgo que lo creó es malo, «es jodido», «pero la serpiente no es jodida, al revés». Los dioses, o al menos las fuerzas cósmicas, existen. Y hay «un sustrato infernal acá».

El continente y sus aguas

Un continente «surcado de ríos», con una región interior que el cronista llama directamente «la mesopotamia de este mundo». Los mares «alguna vez fueron mares de polvo» y «ahora son mares de un agua salada». Hay una planicie gigante y un coliseo donde «victoriaron sus nombres cuando vencieron a la Esfinge». Los territorios principales «están relacionados con colores», y hay un norte con estaciones propias, donde una época de Pascua corresponde a la primavera, «época de florecer, de actividad».

Del paisaje sobreviven ruinas de los diluvios y destrucciones anteriores, y de las razas antiguas: los elfos, el ser serpiente.

El tiempo y la moneda

El tiempo se cuenta en años de dinastía —corre el año 120— con semanas de diez días y fechas del tipo «8 de 6»; una de esas fechas quedó registrada con frío. El poder se legitima por sangre celeste: «para nosotros también en este mundo los reyes descienden de los dioses», y hay monarquía.

Es «un mundo político pero que también tiene sus bases económicas»: se paga en monedas, y las cifras conocidas son altas. Un atuendo noble de la Casa Negra llega a las 15.000 monedas; un cofre guardaba 13.000 monedas iguales a las de los aventureros. Un señor de esa Casa puede aspirar a «manejar el planeta»: en Vala, el dominio del mundo entero es un premio que cabe dentro del juego.

Los que se salvaron

La lógica de Vala es la de un mundo de reemplazo. Hubo diluvios y destrucciones; los recuerdos de todas las personas, «incluso de los sueños y demás», quedaron perturbados; y por la brecha llamada Antiterra salieron las almas que fueron llenando el mundo —almas que «en realidad deberían haber muerto». Por eso todo encaja: es «un mundo joven» que «tuvo tiempo de empezar de cero» —a diferencia de Darksand, «un mundo donde la magia había hecho como una debacle atómica»—, «una renovación de un ciclo del mundo». Por eso conviven ruinas de razas antiguas con dinastías recientes; por eso el sol invertido y el demiurgo malo son la misma idea desde dos ángulos.

El propio cronista deja la balanza abierta: «para algunos es un mundo así, perdido, para otros es al revés. Es el mundo de la salvación, el mundo donde están los que se salvaron».

La deuda

Estar vivo en Vala no es un derecho: es una fuga. Y las fugas se cobran. La Muerte viene por la deuda de sus habitantes tras cuatro mil años —cuatro mil años contados desde la primera encarnación de Cakravartin—. En el otro frente, los dragones «están regresando, están tomando fuerza y van a venir a invadir Vala». Y sobre todo el horizonte pesa una tercera sombra, la peor: la posibilidad de «un mundo entregado ya al vacío», la aniquilación cósmica.

Las cuentas del mundo se apilan sin cerrar del todo: 4.400 años de gente viviendo en Vala; 4.004 años como ciclo de duración del planeta, «gran camino de perdición»; 4.000 años desde Cakravartin. Tres escuelas de cómputo, o una sola cuenta redondeada de tres maneras — los archivos no lo dirimen, y este cronista tampoco.

Advertencias del baqueano

Acá conviene pisar el freno y decir lo que el mapa no trae. Nadie ha dejado escrito qué colores corresponden a qué territorios, ni cuántos territorios principales son. Del calendario se conoce la semana de diez días y la fecha «8 de 6», pero no cuántos meses hay, ni cómo se articula el año 120 de la dinastía con los 4.400 de historia, ni cuántas dinastías hubo antes. De la moneda no hay metal, denominación ni precio de un plato de comida: solo los extremos nobles. Dónde está la brecha Antiterra, y si sigue abierta, es pregunta sin respuesta. Cómo cobra la Muerte, y sobre quiénes exactamente, tampoco consta. Qué hay más allá de los mares salados, nadie lo cartografió. De los dioses viejos de la Tierra que aquí perduran no se conservan nombres. Y hasta el nombre del mundo lleva su sombra de duda: el propio cronista confiesa «que no sé el título que nos hicimos», y queda por confirmar qué relación guarda Vala con «el reino de la gema». El que viaje, pregunte dos veces — y mire dónde se pone el sol.

Véase además: Lucifer · Cakravartin · Casa Negra — y las voces sobre Antiterra, la Esfinge, la Muerte, los dragones, Darksand y la serpiente del conocimiento, cuando el archivo les dé entrada propia.


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