Murmur

«La mortal Jean, en pleno uso de sus facultades, otorga de plena voluntad su alma mortal, pura y libre de toda mancha o seña, al Duque Murmur, a cambio de llegar al final de su máxima expectativa de vida humana sana, salva y cuerda.» — fórmula de pacto, leída en voz alta según regla de grimorio

Los tratados que ordenan la jerarquía goética le dan a Murmur rango de duque, y los que lo han visto confirman la insignia: «un soldado con corona montando un grifo». No es una especie ni una legión: es uno solo, con nombre propio, domicilio conocido y precio fijo. Sabe de los caminos de la vida y de la muerte, y constriñe a los difuntos.

Iconografía del duque

Se muestra como guerrero, soldado, con la compostura del guerrero violento aun cuando está quieto. En una de sus apariciones «tal vez envejeció, tal vez se puso una túnica roja» — el que lo describe no se atreve a decidir cuál de las dos cosas ocurrió, y este cronista tampoco. Sus atributos son la espada y el cetro. El cetro «es este de calaveras», con botones que «parecen de joyería, esmeralda, ébano». Puede presentarse con máscara de calavera puesta, apareciendo por detrás de quien lo trata y abrazándolo «de una manera un poco introspectiva» — gesto extraño en un señor de la guerra, y por eso mismo digno de registro.

La figura se compone por acumulación de signos de mando militar y funerario: corona, espada y cetro declaran el rango ducal; el cetro de calaveras y la máscara declaran su jurisdicción sobre la muerte. El grifo le da el aire y el alcance.

El grifo y el aire

El grifo no es solo montura: Murmur se manifiesta directamente con esa forma. El grifo «puede correr igual» y empieza «como a volar por encima del bosque». Puede venir volando. De ahí que se lo relacione con el aire y, según se pregunta sin cerrarse del todo, con Sagitario: «es un guerrero pero tiene algo que ver con el aire». La exégesis queda abierta; el signo, sin fijar.

Domicilio

Su morada está cerca de los Pirineos, en una montaña, en un pasaje donde hay una torre de minerales. A esa ubicación se va físicamente si se lo quiere ver; también acude al ser invocado, viajando por aire en grifo. Fuera del pacto, se lo puede visitar sencillamente para hablar y obtener visiones. El domicilio compone en escala de paisaje lo mismo que la figura en escala de cuerpo: montaña, pasaje, torre de piedra — un sitio de altura, de paso y de mineral, coherente con un señor que llega por el aire y manda criaturas de piedra.

El contrato

Se lo invoca por grimorio: hay reglas que se leen en voz alta y una fórmula de pacto. Se paga con alma. La fórmula que abre esta entrada es la que quedó registrada en el caso de Jean, quien además pactó cuidando del fruto de su vientre como madre protectora. Otra transacción registrada compra victoria: «vence en nombre de Vencebur; a cambio estás entregando tu alma a Murmur». Quién o qué sea Vencebur —otro demonio, un lugar, una bandera— es cosa que los registros no aclaran. Según el consolidado, fue Marsilio quien lo invocó.

Lo notable del pacto es su duración: Murmur no se agota en una escena. «El Murmur se quedó con nosotros… es parte de la banda ahora». El pacto lo instala de forma permanente junto a la compañía que lo invocó: compañía estable, no encuentro. Quien pacta compromete el destino último de su alma a cambio de una vida completa o de una victoria.

Las gárgolas

Tiene siervos a su disposición: las gárgolas, a las que se les puede mandar tareas. Sirven de mensajeros y agentes, y su oficio quedó dicho con la brutalidad de una orden doméstica: «¿Por qué no le preguntás a las gárgolas? Traeme un alma». Las gárgolas cierran el sistema del duque: son la mano que baja a buscar lo que él ordena. Junto con su dominio sobre los muertos, lo vuelven una vía de acceso a información y a servicios que no se consiguen por medios humanos.

Reservas del cronista

Este cronista deja constancia de lo que el archivo no establece. La descripción del cetro «con tintos botones» es de lectura dudosa —puede ser «tiento de botones» u otra expresión— y la forma exacta queda sin fijar. De la torre de minerales no se sabe quién la levantó, de qué mineral es, ni si es morada suya o marca del pasaje. No consta cómo ni cuándo se ejecuta el cobro del alma: si al morir, si hay plazo, si el pacto es rescindible — y quien pacte sin saberlo, pacta a ciegas. No se sabe qué son físicamente las gárgolas ni cuántas hay. Y queda sin precisar qué implica en la práctica que el duque «sea parte de la banda»: si acompaña visible, si obedece, si cobra por cada servicio. Sobre todo esto, el silencio de las fuentes es preferible a la invención.

Véase además: Jean


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.