Fiji

Itinerario para un lugar que nadie ha visto: naveguen hacia los mares profundos del Pacífico, no lejos de la fosa Mariana, en submarino y sin esperanza de testigos. Fiji está «poco cubierto» y no ha sido «visto con los ojos humanos o bestiales» en esta época; el cronista que esto escribe la registra, como tantas cosas de Antiterra, por las voces de los que fueron y no por el privilegio de la mirada. Y sin embargo las artes de la visión no dudan: consultadas, devuelven la marca sin adorno — «Fiji. Están en Fiji».

La travesía

Es archipiélago —«hay varias islas de Fiji»—, «isla polinesia, melanesia», asentada en aguas hondas: «Fiji es un lugar bastante profundo, no es muy lejos de los mares del sudeste asiático». Se llega por mar, bajo el mar. Las costas son de arena, y la arena no es pareja: en ciertos puntos «está un poco más blanda» que en el resto — señal, quizá, de algo enterrado o de un acceso, aunque nadie lo ha confirmado.

Quien consulte las cartas de navegación notará una anomalía que conviene anotar antes de desembarcar: la isla aparece sobreimpresa sobre el mapa de la plataforma, y se la ve correrse «casi a la misma velocidad que el submarino». Isla y plataforma no ocupan el mismo registro de realidad; hay que leerlas superpuestas, como dos transparencias del mismo lugar.

La plataforma de Virgo

Fiji es una de las plataformas zodiacales repartidas por el globo: Virgo está en Fiji, como Florencia y Venecia lo están en Italia y Tauro en Estados Unidos, y Leo en otra parte del mundo. El propio Narrador de estas travesías admitió que la distribución desconcierta: «yo sé que es confuso, pero son de distintas partes del mundo». La plataforma tiene custodio asignado: «es un guardián de esta plataforma». Quién es, qué rostro tiene y qué autoridad ejerce, el archivo no lo dice.

Las bóvedas

En el interior de la isla, el depósito. «Mirá la cantidad, acá están todas las bóvedas»: bóvedas de seguridad en número no contado, rotuladas por categorías — A (Arcade, Magazine, Fashion), B (Fashion) —, cuyos rótulos este cronista transcribe con desconfianza, porque nadie ha explicado qué guarda cada una.

Lo que sí quedó dicho es el porqué. En ellas hay «información importante para ayudarnos a controlar a ciertas figuras» — información vital en plena crisis mundial. Quien tenga esas bóvedas tiene la palanca; de ahí que una compañía entera fijara su propósito así, sin rodeos: «ir a Fiji, tratar de encontrar esta bóveda». La seguridad es la premisa del lugar, y su responsable la resume con la soberbia de los milenios: «este lugar ha sido vulnerado una vez en 3.500 años, y mejoramos la seguridad». Cuándo fue esa única vulneración, y por mano de quién, no consta.

Donde el tiempo se vuelve espacio

Y aquí lo que hace de Fiji algo más que una caja fuerte. Hubo perturbaciones temporales «de Terra»: en Fiji el tiempo se vuelve espacio, y por esa conversión el archipiélago conecta Terra con Antiterra. Es el único punto registrado donde los dos mundos se tocan. Pero no se cruzan: allí «se puede ver fragmentada la salida o la unión de estos dos mundos», porque el puente entre ambos está destruido del otro lado — del lado de Terra. La unión solo se ve en fragmentos; nadie la atraviesa entera. Que el puente esté roto de aquel lado define, mientras no se diga otra cosa, el estado presente de la relación entre los dos mundos.

Bajo la isla, o junto a ella, corre además una zona llamada las sombras de Fiji, a la que se accede desde el archipiélago; y sobre toda la zona rige una «noche permanente», cuya causa y extensión el archivo no establece.

La lógica del escondite

Léase el conjunto y se verá el dibujo: lo más valioso se guarda donde nadie mira. Profundidad oceánica, distancia, cartografía pobre, ausencia de testigos — el archipiélago es una caja fuerte natural, y sobre ella se montaron las bóvedas artificiales, sus categorías y su guardián. Que la plataforma de Virgo, el depósito y la disrupción entre mundos coincidan en el mismo punto sugiere que el contacto entre Terra y Antiterra es precisamente lo que hay que custodiar. Pero el cronista se abstiene de afirmarlo: las voces no dicen si las bóvedas están ahí por el puente, o si ambas cosas coinciden por una razón que todavía nadie ha pronunciado. Fiji fue, en todo caso, destino reiterado de la gesta —«vamos a Fiji», «llegan a Fiji»—: no escenario de paso sino nudo del viaje.

Advertencias del cronista

Los itinerarios discrepan, y no es discrepancia menor: unas voces ponen a Fiji entre las islas polinesias y melanesias del Pacífico; otras la sitúan «en los mares del sudeste asiático», cerca de la fosa Mariana. Cuál de las dos geografías rige en Antiterra, el archivo no lo resuelve; el que navegue, lleve ambas cartas. Queda sin responder quién construyó las bóvedas y quién las administra; qué le ocurre, operativamente, a quien entra donde el tiempo se vuelve espacio; quién destruyó el puente del lado de Terra, cuándo, y si admite reparación; y qué son en verdad las sombras de Fiji — plano, cueva u hora del día. De Hockart solo quedó dicho esto: «Hockart es en Fiji» — si es persona, lugar u objeto, este cronista no lo va a decidir por su cuenta. Y la arena blanda de ciertos puntos de la costa sigue siendo eso: arena blanda, hasta que alguien cave.

Véase además: Terra · Antiterra · Tauro


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.