Dorotea

Hay dos maneras de describir la ciudad de Dorotea, y el viajero hará bien en aprender las dos antes de elegir ruta. La primera cuenta murallas: cuatro torres que se alzan flanqueando un puente levadizo de resorte, tendido sobre el pozo cuyas aguas alimentan cuatro verdes canales; siete puertas —«siete cuartas», dicen algunos registros— que franquean el paso. La segunda no cuenta nada: dice solamente que Dorotea está «justo en el medio de terra y antiterra», y que quien entra genera la propia ciudad según sus deseos. Las dos descripciones son verdaderas, y esa es la primera advertencia.

La corona y el circuito

Los cuatro canales verdes atraviesan la ciudad y la dividen en nueve barrios, cada uno de trescientas casas y setecientas chimeneas. Sobre el material de las cuatro torres las lecturas disputan: la más antigua las quiso «de aluminio», pero los copistas posteriores corrigen mármol o alabastro, y dejan el metal como error de una mano moderna que no conoció el mundo.

Ningún barrio se basta a sí mismo, y en eso consiste Dorotea. Cada distrito monopoliza una mercancía, y las nueve familias gobernantes intercambian entre sí lo que cada una tiene en exclusiva: bergamotas, huevas de esturión —«no son ni más ni menos que cosas negras»—, astrolabios y amatistas. El matrimonio replica el mismo circuito, porque «las muchachas casadas de cada barrio se casan con jóvenes de otros barrios»: comercio y parentesco son un solo tejido, y de ese reparto salen los nueve jefes. Rige además una ley de crédito estricta: «nunca nadie pasa más de una semana sin recibir la cuota deudada». Una ciudad así no puede permitirse la deuda larga ni el barrio cerrado; el día que un distrito se baste solo, Dorotea deja de existir.

El centro donde el circuito se hace visible

En el corazón de la ciudad hay un anfiteatro. Hay un mercado adonde por la mañana «mucha gente iba rápida por las calles». Hay tarimas: sobre una de ellas tres soldados tocaban el clarín mientras «todo alrededor giraban ruedas y ondulaban carteles de colores». Y hay una arena pública de ejecuciones con nueve podios además del principal —nueve podios para nueve barrios, y un principal para quien manda—, con zonas «flotando en el lago» y barcazas. Allí oficia el verdugo, un hombre enorme «vestido de cueros, con capucha y una porra enorme en la mano», con mazo. Qué relación guarda ese lago con los cuatro canales y con el pozo de la muralla, ningún itinerario lo establece.

Los que gobiernan actuando

El poder de Dorotea se cuenta de tres maneras que nadie ha conciliado. Una dice: «hay nueve jefes», las familias de los barrios. Otra registra tres gobernantes electos con rotación continua, nombrados «el Aryan, el Maristo y el Wimborg». Una tercera enumera siete: «un alba, un elfo, un enano, y un murido. Y Mimborgue, un maristo y un alien», presentados como «tres bardos, que ahora son gobernantes». Puede que sean tres capas del mismo sistema; puede que sean tres ciudades distintas con el mismo nombre. Lo que las versiones comparten es el origen: «los que antes eran unos payasos, medios soldados, ahora son casi gobernantes, los elegidos del pueblo». Felipe, que llegó hace veinticinco o treinta años guiando una caravana de camellos, los vio más jóvenes, subidos a una tarima, actuando. En Dorotea gobernar y actuar en público son el mismo oficio, y eso encaja con una ciudad de tarimas, ruedas que giran y carteles de colores.

Los altares y la iglesia arrancada

Hay altares a diosas de la cosecha y templos menores. Tres santas mártires —Dorotea, Cristo y Calixta— son «patronas de floristas, de preparadores de cerveza, de recién casados, de comadronas de sardineros». Pero la iglesia de Apolo «ha sido sacada de raíz» por orden de un ocupante cuyo nombre los registros callan, y los habitantes preguntan formalmente «si aquí va a seguir habiendo libertad de culto». La pregunta consta; la respuesta, no.

La ciudad juzgada

Sobre Dorotea se libra una guerra —«la guerra, loco, la guerra no está buena, la verdad es que hubo que pelear otra vez»— y un juicio que viene de arriba: los dragones del paraíso proclaman que «este lugar es una embajada del infierno» y que sus habitantes son «pecadores de la primera hora». Quien la conoció hace veinte o veinticinco años dice: «este lugar era muy lindo, la ciudad era un gran archivo acá». Hoy cuatro de los nueve barrios son «barrios paranóicos, deshidratados de sangre», y de las cuatro torres se afirma sin rodeos: «yo estoy casi convencido que van a estar muy mal ahora». La ruina y el régimen son el mismo hecho visto en dos tiempos. Y como Dorotea cambia con el deseo de quien entra, su decadencia acusa menos a la ciudad que a los que llegaron a ella: lo que le pasa a Dorotea es lo que les pasa a sus visitantes. Por eso se dice que fue redimida —la mecánica de la ciudad que se cura con los deseos de quienes llegan «ha ocurrido ya en otras dos ciudades del ciclo»—, aunque el orden entre la redención, la guerra y el juicio de los dragones sigue sin acta.

El viaje

A Dorotea se llega; no se la atraviesa de paso. Dos rutas la sirven, una terrestre y otra acuática, y la elección entre ambas es materia de votación de la compañía. Por río el viaje tarda aproximadamente una semana, con atrasos posibles. Es ciudad de reunión masiva: se han contado casi mil personas congregadas en ella. La cruzan cuatro ríos cuyos nombres el viajero oirá de dos maneras —«el aquelote», «el flegeton», «el que va más abajo» en boca de los baqueanos; Lete, Estigia, Leteo, Flegetón en los papeles— sin que nadie haya jurado que son la misma lista.

Advertencias del cronista

Queda por resolver lo más grave: si Dorotea es una ciudad o un dragón. Tres testimonios afirman que «claramente la ciudad se llama Dorotea»; otros la dan como criatura —«un dragón blanco translúcido» en el centro, y aun como montura: «esa es tu montura, es la única manera de que salga de tu paraíso dragón»—, y alguien habló de caminar «sobre el cuerpo de Dorotea». Si el dragón es la manifestación de la ciudad, una entidad distinta con el mismo nombre, o un tropiezo de la voz que lo contó, este cronista no lo decide. Tampoco se sabe qué mercancía toca a cada barrio ni cuáles son los cuatro deshidratados de sangre; qué era el gran archivo que la ciudad fue y qué se hizo de él; quién es el ocupante que arrancó la iglesia de Apolo; ni si «estralabios», «mamatistas» y «margamotas» son astrolabios y amatistas dichos de apuro o mercancías propias de este mundo que todavía no tienen entrada en ningún glosario. El que viaje, pregunte dos veces; y recuerde que en Dorotea la respuesta dependerá de lo que él desee oír.

Véase además: Terra y Antiterra · Apolo — cuya iglesia fue sacada de raíz de la región.


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