Paisano levantado por la milicia federal, conocido también como Tacho Rosales. Su historia anterior al servicio es la de una vendetta que lo consumió y lo formó: en una pulpería tuvo altercado con un viejo que jugaba sucio; no lo mató, pero el agravio quedó vivo. El viejo, en represalia, dio muerte al hijo de Cruz. Cruz respondió matando al hijo del viejo. Lo apresaron y lo enviaron a galeras, donde pasó dos o tres años sin haber completado la cuenta. Cuando salió, exhumó los huesos de su propio hijo y los cargó en las cananas, sobre el pecho, como quien lleva un escapulario que pesa más que cualquier culpa.

Ese es el hombre que la milicia incorporó a sus filas con el grado de cabo: uno que ya había aprendido que la vida y la deuda son la misma cosa, y que camina con sus muertos cosidos al cuerpo. En los registros de las primeras acciones del grupo figura entre quienes abrieron camino en la gesta austral de las Plataformas Unidas, aunque su rastro se pierde pronto en el tejido de los testimonios posteriores.

El motivo de los huesos que se cargan como reliquia es antiguo en estas pampas: habla de un vínculo con los muertos que no se resuelve con el entierro sino que exige presencia continua, portátil, casi litúrgica. Cabo Cruz es, en ese sentido, un hombre de la frontera en el significado más estricto del término: alguien que vive en el límite entre los vivos y sus propios difuntos.

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