En el sur de Buenos Aires, en el barrio de Barracas, se levanta una basílica neogótica de tamaño desmesurado, rematada por un rosetón que el ojo recuerda mucho después de haberlo visto. Quien la mira de día no ve más que una iglesia. Pero la moneda-tótem que pasó de mano en mano desde las islas, y los hilos que el grupo fue tirando entre contactos políticos, la señalan como otra cosa: bajo la nave se guarda un depósito de armas, y el templo entero hace de tapadera y de base para la logia Anael, esa derecha esotérica de cordón anticomunista con padrinazgo norteamericano. Debajo del piso bendecido hay actividad “para la guerra”. El edificio queda marcado como objetivo —de investigación primero, de golpe después— para los recién llegados del descenso.

La fachada y lo que esconde

La basílica se erige a pocas cuadras de la logia de los Hijos del Trabajo, de modo que el barrio mismo es un nudo de obediencias cruzadas: el trabajo por un lado, la cruz por el otro, y bajo ambas la pólvora. La piedra sagrada de Barracas no es un santuario sino una bisagra: el lugar donde la trama política de la Buenos Aires de 1966 —anticomunismo, logias, armas que esperan una guerra que nadie ha declarado todavía— se enrosca con lo que el grupo arrastra desde el Atlántico Sur. Para quienes bajaron bajo las islas y volvieron sabiendo de más, el arsenal del templo es el rostro continental de una misma cofradía del fondo: la mano que arma en tierra es prima de la mano batracia que espera en el agua, la de la Orden Esotérica de Dagón que prepara la venida de Cthulhu.

El arquitecto y el nombre

Sobre el origen del templo corre una leyenda que conviene desarmar. Se dice de él que lo levantó el mismo arquitecto del Teatro Colón —atribución de prestigio que la basílica lleva como una corona prestada—, cuando la obra es en verdad de los salesianos. Esa licencia, ese pequeño falseamiento de la genealogía del edificio, es coherente con un lugar que existe para aparentar una cosa y ser otra. También su nombre llega torcido: en las primeras crónicas del grupo el barrio aparece deformado como “Marranas” o “Barrajas”, grafías que la memoria fue limando hasta devolverles su forma verdadera, Barracas.

Conexión con el descenso

La basílica no pertenece al Mythos por su piedra, sino por su función: es el punto donde el realismo argentino —el de las armas, las logias y la política del 66— toca el fondo cósmico que se abrió con el Operativo Cóndor y el viaje a las islas. La superficie es un templo; un escalón más abajo, un arsenal; y detrás del arsenal, la misma profundidad que late bajo el Atlántico Sur. Investigarla es seguir, tierra adentro, el hilo que se anudó en el agua.

Notas

Los nombres históricos y políticos que rozan a la basílica —las logias de la derecha esotérica de los años sesenta, su matriz anticomunista, su padrinazgo extranjero— se conservan tal como la gesta los hereda de la historia argentina. El registro de su origen salesiano y su atribución apócrifa al arquitecto del Colón provienen de la crónica de mesa (cuaderno 99); la diégesis los guarda como parte de la doble naturaleza del lugar: una iglesia que es, por debajo, otra cosa.