Barbatos

«No oses decir esa palabra impía en mi presencia.» — respuesta recogida ante la sola mención del nombre

Que un nombre pueda ser a la vez plegaria y blasfemia es cosa que este cronista ha visto pocas veces, y ninguna con la nitidez de éste. En Isidora se lo nombra en serie con las devociones corrientes —«el culto a Barbatos, el culto a Pelor, el culto a Kirios»— y su templo, una catedral, se levanta enfrente del palacio del príncipe. Fuera de ese circuito, el mismo nombre quema la boca. Escribo, pues, con cautela, y consigno lo que el mundo dice: que Barbatos es el primer Lord del primer infierno, el portero del primer estrato, un druida corrupto elevado a potencia del cosmos. Cómo llegó a serlo, nadie lo supo entonces y nadie lo sabe ahora: «de golpe fue una de las criaturas más poderosas del cosmos. Y nadie sabía cómo. Nadie sabía qué hacía». Esa opacidad no es un defecto de los registros; es parte de su peso.

Exégesis del ojo

Todo lo que de Barbatos se ve, mira. El mundo le reconoce «ojos múltiples de infinito», y ese rasgo se replica hacia abajo por toda la escala de su culto: su marca aparece «en los ojos» de quienes le sirven, y sus objetos devotos repiten el motivo — un brazalete que no lleva ojos enormes sino «ojitos», «un aro oscuro». Los objetos de este culto no son otra cosa, si se los lee con atención, que réplicas portátiles del cuerpo del Lord. Ver y ser visto es su materia. Su cabeza, separada, funciona como emblema: símbolo de castigo infernal aplicado a quienes no pertenecen al infierno.

De sus servidores queda dicha una frase que este cronista transcribe sin poder glosarla: «ella viene con los ojos que faltan». Si la marca es ausencia de ojos, ojos añadidos u otra cosa, los que saben no lo han dicho.

Exégesis del umbral

El segundo eje de esta potencia es el borde. Su dominio es el de los pasajes: «es el que conoce los espacios intersticiales, los nichos del sandwich» — los espacios entre las dimensiones. De ahí su cargo: portero del primer estrato, puesto que ocupó al reemplazar el poder de Tiamat tras la devastación de aquel estrato. Y de ahí su llave, que existe como objeto material y se distingue al tacto: «vos al levantarla la sentís más pesada que lo que parecería una llave de ese tamaño… porque tiene una carga».

Su condición de druida corrupto persiste en una segunda facultad, casi doméstica en comparación: «charmea además a las bestias, como siempre».

El paraíso perdido en el infierno

Su fortaleza es «una nube flotante, un jardín hermoso», y el mundo la llama «el paraíso perdido en el infierno». De lejos, jardín; «pero cuando lo veías de cerca estaba todo podrido». Aquí los dos ejes se juntan: la podredumbre bajo la apariencia de paraíso es la firma arquitectónica de esta potencia — una cosa que se ve de una manera y es de otra, es decir, un umbral entre apariencia y sustancia, edificado.

El número tres

Sobre su nombre rige el tres en dos formas contrarias, y conviene copiarlas con exactitud porque la letra importa. Pronunciarlo tres veces no acarrea problema, «por ahora» — y ese por ahora es la palabra más inquietante de todo el expediente. Y existe el imperativo: «acepten a Barbatos tres veces o perezcan». El mismo número protege y amenaza, según de qué lado del umbral se lo cuente.

El cargo y la carne

Sobre su persona rige la Resurrección Infernal: «mientras él siga como Lord de este Layer, va a poder volver a la vida eventualmente». Es el cargo, no el cuerpo, lo que lo sostiene — un dato que debería desvelar a quien piense que basta con derrotarlo. Con los Baatezu negocia sin amistad: «tampoco fue el mejor amigo de los Baatezu, aunque tuvo un poco más de lidiar con eso». Y frente a Kirios —o Quirión— figura como rival, además de culto paralelo; en la enumeración de las deidades del mundo se lo dice al pasar, «que Barbatos acá, que Apolo allá», como quien reparte el cielo por regiones.

Las dos caras

Queda por último el desdoblamiento, que este cronista consigna como la clave de toda la figura: se dice que Durán es «una de sus ediciones benéficas» — Barbatos y Durán, dos aspectos del mismo ente. La doble recepción de su nombre, culto e impiedad; el jardín podrido por dentro; el número que salva y condena: todo en Barbatos obedece a la misma lógica de las dos caras. Es la potencia que está en los bordes, y sus atributos son, en consecuencia, puertas.

Reparos de Paulus

Confieso lo que no sé, que es mucho. No sé si Barbatos es potencia, dios o demonio: los registros lo llaman deidad, criatura del cosmos y poder demoníaco, y no diré yo lo que ellos no resolvieron. No sé qué abre su llave, ni quién la porta. No sé cómo un druida llegó a portero del infierno, ni cómo fue derrotado —si lo fue—, ni por quién, ni si su Resurrección Infernal ya operó. No sé si el culto de Isidora conoce el desdoblamiento con Durán, si son cultos separados, ni qué distingue exactamente a la «edición benéfica». No sé hasta dónde se extiende el culto fuera de Isidora, ni quiénes son los que tratan el nombre como impío. Del templo-catedral no tengo descripción alguna, ni sé si guarda relación con la Fortaleza. Y «los nichos del sandwich» — qué son, cómo se accede a ellos — permanecen tan intersticiales como su señor. El que sepa más, que escriba mejor.

Véase además: Tiamat · Isidora · Apolo


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.