Baphomet

«La única que podía salvar y sacarnos del sueño y salir del laberinto y darnos una salvación en estos tiempos era Baphomet.» — confesión recogida entre los que le sirvieron

Escribo de una potencia que no tiene cara, y empiezo por ahí porque es lo único que todos conceden. «Vos mismo sos alguien que sabe, no tenés rostro»: así se le habla, así se lo padece. Cuando condesciende a manifestarse no toma cuerpo sino energía —«aparecen como unas estelas, como unas cintas, pueden ser unas cuerdas»—. Y sin embargo ningún nombre estuvo más presente en la época que los compañeros vivieron como «un mundo infiltrado por demonios». Baphomet es uno solo, pero está repartido: en un santuario, en un templo, en un laberinto, en un colgante, en una pasta que se come, en un símbolo que se talla en la carne. Esta exégesis intenta ordenar ese reparto.

De su naturaleza, que las escuelas disputan

Ni siquiera dentro del mundo hay acuerdo sobre qué es. «Algunos lo asocian con una figura», otros sostienen «que es un espíritu», otros «una cabeza incorporizada». Las tres escuelas conviven sin síntesis, y este cronista no va a fabricar la cuarta. Lo que sí es fijo, y en eso descansa el culto, es su representación: la estatua del santuario es una figura «con cara de cabra, no cara de toro», sentada en posición de loto sobre una plataforma de piedra, al fondo de la cámara. A un dios sin rostro, la piedra le presta uno; y como toda cara prestada, la de cabra dice más de los que la tallaron que del que la lleva.

De cómo se lo lleva puesto

El culto ha resuelto el problema del dios ausente con una cadena de traslados. La estatua le da cara. El símbolo la traslada a los cuerpos: el «símbolo del demonio» apareció tallado en el pecho de un hombre muerto, hecho con una uña larga y roja de mujer, y se marca también el pentáculo en la frente. El colgante la traslada a las personas: el suplantador llevaba uno encima. Y la eucaristía la traslada al interior: en el santuario el portero ofrece de comer «para que comulguen», y en lugar de pan consagrado se consume una pasta especial —la que las voces llaman, con familiaridad que estremece, la «pasta frola de Baphomet»—. Existe además una armadura de Baphomet, la de los templarios oscuros del santuario, de la que solo el nombre ha llegado hasta mí.

Del santuario, y de lo que el umbral enseña

La arquitectura repite la lógica del culto. Un hall de entrada con estatuas degradadas de santos a ambos costados: lo viejo, lo vencido, puesto en el paso para que el que entra lo vea caído. Una cámara central con antorchas rojas que se encienden. Al fondo, la estatua en loto sobre su plataforma. Entre el hall y el dios se interponen seis caballeros Templarios, tres de cada lado, y un portero que administra la comunión. El acceso es custodiado y sacramental a la vez: hay que ser dejado pasar y hay que comer. La degradación de los santos y la conservación de la estatua declaran, sin necesidad de inscripción, qué culto ocupó el lugar del otro.

Del pacto

Baphomet funciona por contrato. Se le dirigen rituales y plegarias «que lleguen a Baphomet»; atiende —«Baphomet puede estar muy atento»— y cobra en almas: Reynaud dio la suya. Tiene súbditos invocables: un cuasit, «específicamente uno que sirva a Baphomet»; corre la leyenda de un escriba a su servicio. Tiene agentes que operan planes en el mundo, y adversarios que los desbaratan. Su hambre no es figura retórica: su dios «tiene hambre», posiblemente de sangre o de energía vital. De la letra del pacto —qué se pide, qué se paga, si hay rescisión— el archivo calla, salvo un dato seco: un trato formal entre el santuario y la orden fue declarado terminado. Cuando el trato con la orden se termina, se termina algo del orden del mundo, no un asunto privado.

De los Templarios, el laberinto y las fundaciones

Baphomet está en el origen. La fundación de los Templarios de Marfil le está ligada, y también la fundación de París. Hay un laberinto de los Templarios en el infierno de Marfil vinculado a él, y un «laberinto de Baphomet» del que los templarios son originarios: la orden sale de ahí y arrastra al dios consigo. Ese origen partió a la orden en dos: hubo quien «quiso limpiar la orden de la adoración a Baphomet», y el escándalo que siguió no fue una querella de claustro sino la fractura de los que lo tenían por «el verdadero enemigo» contra los que lo tenían por la única salvación de estos tiempos. Ambas cosas se dijeron; ambas quedaron dichas.

De su linaje y de sus pares

Se conoce una hija de Baphomet: antagonista de forma humana, de sangre de gigantes antiguos del tipo nefilim, con una capacidad dimensional inquietante — se le puede meter un brazo, una llave inglesa, «todo lo que ustedes quieran». En la mitología medieval del ciclo de los Peregrinos circula como herejía la «semilla de Baphomet». Entre las potencias, aparece junto a Amón como antagonista, y figura en la fórmula contra Asmodeo: para vencerlo se requieren dos términos, A y B, y B es Baphomet. Si Asmodeo y Baphomet son adversarios, jerarquías de un mismo infierno o aspectos de una sola potencia, las voces no lo establecen; las emparejan y callan.

Del tabú de la falsa cabeza

El culto se sostiene sobre una condición expresa, y aquí las versiones se bifurcan de la manera más grave posible. Una tradición reza: «para que el culto continúe, la falsa cabeza no debe haber». Otra: que la falsa cabeza «no debe arder». Que no exista, o que no se queme: son mandatos opuestos, y según cuál sea el verdadero, lo que el culto protege es una ausencia o una reliquia. Tampoco consta qué es la falsa cabeza, ni si guarda relación con la «cabeza incorporizada» que una de las escuelas identifica con el propio Baphomet. Este cronista consigna ambas letras y no elige: elegir sería fundar una herejía más.

Advertencias del cronista

Que el lector sepa lo que no sabrá por mí. No sé de qué está hecha la pasta de Baphomet, ni quién la prepara, ni qué obra en el que comulga. De la armadura tengo el nombre y nada más: ni material, ni aspecto, ni si su vínculo con el dios es encantamiento o mera insignia. No sé si el laberinto del infierno de Marfil y el «laberinto de Baphomet» son un solo lugar, ni cómo se entra, ni —cuestión más urgente— cómo se sale. De la hija no consta nombre ni rostro, ni cómo se articula un linaje de gigantes con un padre que no tiene cuerpo. Del santuario describí el interior sin poder decir en qué ciudad o región se alza: los itinerarios no lo sitúan, y sospecho que esa omisión no es descuido. Y del pacto mismo, fuera del alma de Reynaud, no hay tarifa, ni plazo, ni forma de rescisión conocida — salvo que un trato «quedó terminado», sin que se diga por quién ni a qué precio. Los compañeros «ya escucharon leyendas» de él; que estas páginas no les den por sabido lo que sigue siendo leyenda.

Véase además: París


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.