Hay conjuntos que el archivo dibujó enteros: doce casas, siete episodios, diez capas de un mundo. Estas páginas los recorren de punta a punta y, cuando algo pide más, entran al Glosario. De las 1.683 láminas del archivo, éstas son las que forman serie.

Cada casa sostiene una columna —la violencia, la soberanía solar, el equilibrio aritmético— que no cambia aunque cambie quien la ocupa. Y cada una es la prisión de su guardián.

Del 23 de noviembre de 1928 a la coronación de 1929, en orden. Las láminas vienen dibujadas en tira de película: la serie ya era una película.

Un cristal que tuvo un mundo. Bajo la cascada se asientan diez eras cristalizadas una sobre otra, cada una con su propia voz. El archivo registra siete; los otros tres estratos se atraviesan sin registro.

Florencia, 1300, y de ahí un viaje que el archivo declara en una línea: de Génova a Chipre, y de Chipre a Tierra Santa. Las plazas de Ultramar quedan sueltas porque el archivo no fija su orden.

La peste hizo del contacto una condena y nadie nace. Sobre ese miedo se levantó una máquina que promete salvar. Lo que la derriba no es un arma: es una palabra.
Ninguna de estas páginas inventa canon: cada dato sale de la ficha que lo sostiene, y cuando el archivo declara que algo no lo sabe —un guardián sin documentar, un episodio sin lámina— la página lo muestra en lugar de disimularlo. Un hueco declarado también es archivo.
Lo de arriba es el archivo mirándose a sí mismo. Al lado hay otra cosa: 26 decks de campaña, un mazo de láminas por crónica que la cuenta entera de un tirón. No están hechos con las fichas sino con los consolidados de las sesiones, y el texto va horneado en la imagen. Ahí sí hay recontado: se leen para acordarse, no para consultar, y donde no coinciden con el archivo, manda el archivo.