Segundo Círculo

«La borrasca infernal. Que nunca cesa. A las almas arrastra en sus embates.» — voz recogida en el descenso, al cruzar la puerta de los amantes

El que baje por el recorrido del Castillo del Prisma que sepa esto primero: hay un solo infierno, y sus círculos no se eligen ni se repiten. Se descienden en serie —Primero, Segundo, Tercero, Cuarto—, cada uno con su clima y su suelo, y en la práctica el camino es de ida: todo lo que este itinerario registra es bajada. El Segundo es el de la lujuria y «los encantos», y su signo está tallado en una puerta: dos amantes que intentan unirse y quedan «cerca como para tocarse» sin lograrlo.

La borrasca y su pausa

Adentro, los condenados vuelan en masa dentro de la racha: «cuando los estorninos van de vuelo en el tiempo invernal en gran bandada así esa racha lleva a los malignos». Pero el baqueano que crea que el tormento es el viento no entendió el lugar. «El castigo es que te lleves una tormenta y que de repente agarrás y podés marchar un rato.» En esa pausa la racha «te lleva al lado de alguien que te re gusta. Y tu pareja lo está viendo». El principio quedó enunciado sin ambigüedad: «es la mejor situación sexual seguida de la caída absoluta». El tormento es el contraste, repetido para siempre.

Se dice además que el limbo es «una parte» de este mismo Segundo Círculo. Cómo encaja un limbo dentro del círculo de la borrasca, las voces no lo aclaran; más abajo se advierte sobre esta disputa.

La ley del lugar

Rige aquí una ley cosmológica, proclamada como ley del escenario y no como golpe de verdugo: si se produce una situación que lleve a disputa entre los presentes, todos pierden seis puntos de esperanza — «todos, incluido vos, incluido Sweden si tuviera». No paga solo quien provoca: paga la compañía entera. Hubo ocasión en que la pérdida iba a caer sobre uno solo, la figura llamada Pete, y la ley la volvió colectiva.

Acá conviene pisar el freno y decirlo derecho: el infierno cobra por la fricción interna. La convivencia de la banda es un recurso agotable, y pelearse entre compañeros es literalmente más caro acá abajo que en cualquier otro lugar del mundo. El que baje, que baje llevándose bien.

Bajando: el Tercero

Al Tercer Círculo se entra atravesando «las snow blizzards, de las nieves, de las heladas, de la tormenta». Adentro el aire «se ve púrpura», «es pesado y maldito», y huele a cerveza «con el pútrido aroma de algunos vómitos»: fermentación de materias putrefactas. El terreno cae en declive pronunciado. Hay una cloaca seca que los viajeros bordean para encontrar camino — por qué se la evita, el archivo no lo dice, y este cronista no lo va a averiguar en persona.

La frontera con el Cuarto es un barranco «donde se termina el agua», y ahí se forma un pantano pútrido.

El Cuarto y su portero

Pasado el barranco se baja un nivel y «ya no es tan declive»: terreno más propicio, abierto, «como si fuera minería de cielo abierto», con grietas de las que sale fuego. Se oye antes de verse: «hay un ruido de rocas a rodar. Rolling Stones pero gigantes, grandes».

Lo guarda una criatura de unos diez metros de altura, «muy musculoso», «grande», comparada con «un globo». No usa armas: su tamaño y su interrogatorio bastan. Habla español. Aplica a los que quieren pasar una prueba de codicia —«¡Codiciosos! ¿Ustedes podemos pasar?»— y niega el paso a quien la falle. Él mismo es codicioso. Aquí el descenso cambia de moneda: no se avanza por la fuerza sino por una virtud probada.

La lógica del descenso

Cada círculo empareja un vicio con un clima y un suelo que lo remedan: la lujuria con una borrasca que junta y separa cuerpos; la gula con aire de cerveza, vómito y fermentación, con cloaca seca y pantano pútrido; el siguiente con rocas que ruedan sin fin sobre un terreno de mina a cielo abierto. La lógica es que el castigo sea el paisaje: no hay verdugos, hay meteorología y geología. Las barreras entre círculos son igualmente materiales —nieve, granizo y heladas para entrar al Tercero; un barranco donde se acaba el agua entre Tercero y Cuarto— salvo el paso al Cuarto, donde a la barrera física se le suma una barrera moral encarnada en el guardián.

Del Primer Círculo, nivel inmediatamente anterior al de la borrasca, solo consta que en él se encuentra un registro acáshico. Los círculos siguientes se destinan al «lugar de la pereza, del vicio, de la gula» — pero cuál corresponde a cuál, las voces no lo reparten.

Advertencias del baqueano

Acá el itinerario se queda corto, y más vale decirlo que inventar. No se sabe cuántos círculos tiene el infierno en total: cuatro registrados, más el limbo, y una lista de vicios que no se mapea con seguridad a números. Queda abierta la disputa del limbo: que sea «una parte» del Segundo choca con el Segundo como círculo de la lujuria y la borrasca, y ninguna escuela lo resolvió. El vicio exacto del Cuarto tampoco consta —el guardián prueba codicia, pero nadie le asignó el círculo por escrito—, y del guardián mismo no hay nombre, ni certeza de si es único o «es uno de los mismos». De la Esperanza perdida no se sabe si se recupera, ni cómo, ni cuál es su colmo. Y la pregunta que ningún viajero contestó todavía: si existe salida o ascenso. Todo el material describe bajada. El que quiera saber qué hay después del Cuarto, o cómo se vuelve, va a tener que ir a preguntarlo abajo — y ya vimos cuánto cobra el lugar por cada discusión.

Véase además: Esperanza — el recurso que estos círculos consumen en común · Castillo del Prisma · Limbo · Guardián del Cuarto Círculo.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.