Rumania

«De ahí se va a Rumania, que es donde hasta acá siempre pasaban los trenes.» — indicación de ruta, recogida entre las voces del archivo

Al viajero que consulte esta carta se le dice lo esencial primero: Rumania es «la puerta de Oriente». Un reino latino —o acaso no reino, como se verá— plantado en el extremo oriental de Europa, el último país europeo antes de las tierras que dan hacia el este. No es lugar remoto ni fabuloso: es escala normal de viaje. Hay quienes llegaron desde Rumania hasta París meses antes de que esta carta se escribiera, y la ruta ferroviaria hacia allí se describe como ruta de siempre.

Tres capas de un mismo suelo

Quien quiera entender por qué Rumania es lo que es, superponga tres capas.

La primera es romana. Soldados que «colonizaron el país y pensaban en Roma» dejaron ahí una lengua y una pertenencia: «un mundo latino a diferencia de otras lenguas». Rumania es región del mundo latino, y lo es por herencia de armas antiguas.

La segunda es geográfica. El país está pegado a «los países eslavos» y a Rusia, de modo que esa latinidad queda como isla en borde eslavo. Se la nombra junto a Trieste, los países eslavos y el círculo de Serbia, todos parte de una misma zona de importancia estratégica.

La tercera es política y reciente: la independencia conseguida —evento fresco en el presente de esta crónica—, que convierte la posición fronteriza en carta diplomática. Rumania es uno de los pocos que «puede lidiar directamente con los rusos», negociar de igual a igual con Rusia. Las tres capas juntas producen la fórmula: puerta de Oriente y último lugar de Europa.

El valor de la bisagra

El peso de Rumania no está en su tamaño —del que nada sabemos— sino en su posición. Define el límite de Europa: el punto exacto donde el mundo latino toca el mundo eslavo y el ruso. Por él pasan los trenes hacia Oriente. Quien controla Rumania controla el paso hacia las tierras del este y el canal de negociación directa con Rusia. Por eso su nombre aparece cada vez que se habla de estrategia en la región, aunque nadie se detenga a describir sus calles.

La disputa del trono

Aquí las versiones se bifurcan, y este cronista las deja bifurcadas. Una escuela sostiene que «el rey de Rumanía ahora se llama Carol»: un rey designado en el presente mismo de esta crónica. Otra afirma lo contrario: «no hay rey reina en Rumanía, es más un mundo que intenta jugarse a lo republicano». ¿Reina Carol? ¿Fue depuesto? ¿Conviven una corona nominal y una pulsión republicana, como conviven en tantos países jóvenes la forma vieja y el deseo nuevo? El archivo sostiene las dos versiones sin conciliarlas, y quien firme una sola estará firmando de más.

Advertencias del cronista

Confieso con melancolía lo que esta carta no puede dar. De Rumania no tengo una sola imagen: ni capital, ni ciudades, ni ríos, ni fronteras trazadas, ni cómo se ve un pueblo rumano al atardecer. No sé la fecha de su independencia ni contra quién exactamente se obtuvo —las voces apuntan a los rusos, pero no lo declaran—. No sé qué hay del otro lado de la puerta de Oriente: cuáles son esas «tierras» hacia las que da, y sospecho que ese silencio es parte del prestigio del lugar. Los trenes se mencionan sin trazado: no sé de dónde salen, adónde siguen, ni qué llevan. Nada consta de su población, su economía, su moneda, ni de qué se consigue o se paga en Rumania. El viajero llegará, como este cronista, sabiendo solo que está en el borde — y que del borde en adelante, todo es Oriente.

Véase además: París


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.