Posada de los Perdidos

Un cartel en la ruta dice «posada de los perdidos» y señala a la izquierda. Seguilo. En el mundo de abajo hay una sola respuesta cuando se pregunta dónde parar, y es esta: un estandarte azul con un zorro plateado sobre un edificio viejo «pero que ha sido muy utilizado», donde rige la única tregua conocida del subterráneo.

El muro habla primero

Antes de golpear la puerta, leé el muro. Los que pasaron dejaron grafitis: unos indican que el lugar fue su perdición; otros, al revés — «Gracias por dejarme entrar, estaban mis enemigos en los talones». Ese es el registro no oficial de la casa: quién entró y qué le costó. Porque el acceso no es un derecho: a veces cierran las puertas, «como está lleno, o no queremos más gente, o no te dejan entrar a vos». Que los de adentro puedan cerrarle la puerta a alguien es, en el mundo de abajo, un poder real.

Cómo se llega

La Posada está sobre la ruta hacia la Greta Menor: o se va directo, o se pasa por acá. Se accede por canales subterráneos y caminatas ocultas, y hay quien llega en la plataforma de un exiliado, Juan de Gó, «el que los llevaba por los canales adecuados». Los faroles de aceite que alumbran adentro llegaron por esa misma vía: la casa depende de suministro externo por los canales, y conviene no olvidarlo.

Sobre el nivel exacto, los itinerarios discrepan y este baqueano no los va a conciliar: unos la ponen en el nivel 7A; otros en el nivel 6, junto a la arena de gladiadores del gran señor zorro; otros hablan de «un falso nivel 5» — y qué es un nivel falso, nadie lo ha explicado. El que viaje, pregunte dos veces.

La casa

Es una cabaña de troncos «súper edificada», con distintas estructuras agregadas y parte del basamento de piedra. Creció por acumulación: lo antiguo y defendible abajo —bóvedas de piedra tallada «que se convierten en salas amuebladas» y sirven de refugio—, y encima lo que hizo falta sumar, «muchos niveles y plataformas». En la crónica quedó dicho como «una mezcla de lugar, trajes de Hobbit, de la película», pero «un poco más ordenado y hasta un poco más místico».

La sala común tiene cinco mesas —no siempre ocupadas todas—, mostrador, y paredes con «cabezas de caza» montadas: un ciervo, un zorro, un lobo, todos medio polvorientos, y el ciervo con un ojo de vidrio torcido. Hay un par de carteles con papeles clavados, medio desgastados: pasá por ahí antes de seguir viaje, porque la Posada es también centro de inteligencia. Los cuartos alquilados sirven además para guardar equipo y pertenencias.

Tarifario del viajero

  • Un trago: 1 moneda de oro.
  • Una habitación: 5 monedas de plata.
  • Separar habitaciones: 3 monedas de plata aparte.
  • Tasas a los aventureros: se cobran; el monto, no consta.

La paz adentro

«En la Posada de los Perdidos, paz adentro.» Es lugar neutro. Más allá de la Puerta de la Paz uno puede portar armas y «podría haber supuestamente conflicto, pero no lo hay»; adentro, la tregua rige. La mayoría de los parroquianos son humanos, pero tratan a las razas «con absoluto respeto» y bajan la cabeza ante los Varumani: son ellos quienes manejan el lugar. El dueño es un hombre de sesenta años, pelo blanco, unas cuantas cicatrices, tatuajes, «muy rock and rollero».

Donde se cierra una expedición

Del otro lado de la Puerta de la Paz se pueden llevar muertos. Fuera del recinto hay capillas —«una especie de mini cementerio, como un hall of fame»— donde se vela y se entierra: los muertos quedan afuera de la zona donde rige la tregua. Después de velar y enterrar al compañero se come guiso de setas, especialidad de un tal Hack, con una jarra de buen ale. No es solo un alojamiento: es donde el subterráneo entierra a los suyos, donde una expedición se cierra.

Advertencias del baqueano

Acá conviene pisar el freno y poner las cosas en su sitio. El nivel es disputa abierta: 7A, 6 o «falso nivel 5», elija su escuela. No se sabe cuánto es la tasa al aventurero ni a quién va a parar, si al dueño o a los Varumani; tampoco cómo se reparten el mando el rockero de sesenta años y los que «manejan el lugar», ni quién decide cerrar la puerta. La Puerta de la Paz —¿umbral físico, límite jurisdiccional, ambos?— nadie explicó qué la hace respetar. Cuántos cuartos hay antes de que «está lleno», no consta. Y queda flotando la pregunta del zorro: si el zorro plateado del estandarte, el «gran señor zorro» de la arena vecina y la cabeza de zorro polvorienta de la pared son un mismo linaje o tres zorros que no se conocen. Por último: no confundir esta Posada con las otras del camino — la de Estellara, la del viejo distrito, la «cabeza de Arris» en la cima de la pirámide, la de tres pisos que atiende Botfrida Dogoberta, ni la «posada en el infierno» con ventanales. Ninguna consta como esta; si alguna lo es, el archivo no lo dice, y este cronista no lo va a inventar.

Véase además: Varumani


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.