Museo del Cairo
Quien remonte el Nilo desde la región de las pirámides hacia el norte llegará a El Cairo, y en El Cairo a una isla, y en la isla a una plaza que —así lo dicen ya— «va a ser muy famosa en la posteridad». Allí se alza un edificio de mármol blanco que guarda, por ahora, exactamente nada: el primer museo del mundo «construido a drede» para las maravillas de Tebas y Luxor, terminado antes de que llegara una sola de ellas. Este cronista ha visto templos llenos de dioses ausentes; nunca, hasta ahora, un templo levantado para dioses que todavía no partieron de sus casas.
La isla y la plaza
La lógica del conjunto es la de una isla que reúne tres cosas por una misma necesidad de control: la plaza famosa, el museo nuevo y el cuartel de los británicos, que es la última plaza fuerte que esa potencia sostiene en Egipto. El museo no está pegado al cuartel por casualidad: el tesoro que va a concentrar necesita la guarnición que lo guarde, y la guarnición necesita el terreno defendible de una isla. Por eso el conjunto es «una plaza militarizada» y no un barrio de museos. En la ciudad rige además un sistema de vigilia: «suenan alarmas en el Cairo».
El edificio
Es «de mármol blanco masivo», resuelto «al estilo de unas delicadezas entre griegas y egipcias»: una mezcla grecoegipcia, como si el edificio quisiera hablar las dos lenguas de su botín futuro. Adentro, columnas y una galería central; en el centro, una plataforma «donde habría algo de la colección», y rodeándola «todo un balcón interno» que da vuelta la estructura entera, con escalinatas que suben, cortinas colgando y galerías de tres pisos o más. Bajo los balcones hay un piso inferior. Del balcón exterior al punto desde donde se lo mide median cien pies. Y sin embargo la impresión que domina es la del vacío: «un museo vacío, ¿no?» — la pregunta queda flotando en el mármol como su primer eco.
La batalla en las galerías
La arquitectura gobierna el combate que la habitó. En un museo de galerías superpuestas se pelea en altura: se cae al piso inferior, se cuentan las distancias en pies hasta el balcón, y las cortinas se vuelven trampa — «como parte de la cortina, ves a Ariel y a Leplum atrapados». Fue en esta zona donde La Fiebre tomó posición: «estaba parapetado en El Cairo, en la zona de un nuevo museo, en una plaza militarizada». El terreno alrededor, al menos durante esa batalla, tenía la superficie «de un basalto intenso y reflectante» — como si el suelo mismo hubiera decidido devolver la imagen de lo que ocurría sobre él. La hora, entre las dos y las tres de la madrugada; el sol, como corresponde, saldría por el este.
La ciudad que se vacía
El Cairo entero está bajo orden: «hay que evacuar el Cairo». Un terremoto lo sacudió en jornadas anteriores —murió «alguna gente, pero no fue como una cosa masiva»—, y en ese temblor desapareció la Esfinge de Giza, cuyas piezas, como las de Tebas y Luxor, jamás llegaron a trasladarse al museo. En el Hotel Shepherd se alojan tropas serbias, los montenegrinos; por la ciudad se habla de criaturas, «gusanos del más profundo de la vida, y de carne pútrida». Así queda el edificio: un contenedor sin llenar en una ciudad que se está vaciando. Que esté vacío no lo vuelve marginal — lo vuelve la pieza más disputada del tablero, porque todo lo que salga de Tebas, de Luxor y de Giza tiene que terminar acá, si es que algo termina llegando a alguna parte.
Advertencias del cronista
Consigno lo que el archivo no me deja afirmar. No sé si el basalto reflectante es condición permanente del suelo cairota o solo vestidura de aquella batalla. No sé cuántos pisos tiene el museo con exactitud, ni qué guarda el piso inferior, ni qué hay —si hay algo— sobre la plataforma central de una colección que no llegó. No sé quién opera las alarmas de la ciudad ni qué las dispara. No sé qué hilo une el terremoto, la desaparición de la Esfinge y la orden de evacuación, aunque tres desgracias juntas rara vez son tres desgracias distintas. Hay una mención de «Cairo» como nombre antiguo que las voces del archivo pronuncian de modo confuso; no puedo decir si remite a otro topónimo. De los montenegrinos del Hotel Shepherd ignoro el propósito respecto del museo y del cuartel. Y falta, para vergüenza de este oficio, el nombre de la plaza que va a ser muy famosa en la posteridad: la posteridad lo sabrá; yo, todavía no.
Véase además: La Fiebre
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.