La Fiebre

«Un amanecer ya no más bajo la égida de un maldito Pit Fiend.» — así se mide, en el archivo, lo que valdría su caída: por la luz que dejaría entrar.

Que el lector no se confunda con el nombre. La Fiebre no es una dolencia, o no es solamente una dolencia: es «el más grosso diablo que está en Antiterra», guardián de una plataforma zodiacal, embajador de una Sigil «primera y antigua», y el diablo con más llegada al mundo de los hombres — al punto de haber ocupado el cargo de Prime Minister de Inglaterra. El propio Narrador, al nombrarlo, se corrige en voz alta: «Es un demonio… Diablo, perdón». La distinción importa: los diablos firman.

Genealogía y antigüedad

Su linaje se pierde hacia atrás: «ya en la época de los Diablos ya estaba la fiebre», cuando los Diablos moraban en Axis. Es una sola entidad, única en su rango, anterior a los cargos que hoy detenta. De esa antigüedad descienden sus dignidades presentes: la guardianía de la plataforma de Libra, «bajo dominio británico»; la embajada ante Sigil; el ministerio inglés. Política humana y jerarquía diabólica pasan, en Antiterra, por la misma criatura — y ése es acaso el dato genealógico central: no hay dos árboles, hay uno.

Las dos caras

En figura humana es «un rubio modelo», «con pinta de chongo», francés, que en la zona de París en invierno usaba piel; en el Museo del Cairo se lo ha visto desplegando «su bata entera, roja». En figura verdadera es un diablo enorme: rojo, garra gigante, «unos músculos, tipo, terrible», y una cola de diablo con punta; al transformarse se agiganta muy por encima de la talla de un hombre.

Y la transformación no termina en uno. Al pasar a diablo aparecen cinco Fiebres más, «iguales al chabón», idénticas a la original; y existe además una forma de pez, a la que las Fiebres se vuelven a transformar todas juntas. En combate son, pues, seis cuerpos — y quien los enfrente sepa que «no están haciendo lo mismo, no son un mirror image; cada uno se mueve en momentos distintos». Se lo ha combatido: hay compañías que pelearon «contra el guardián, la fiebre», y quedó dicho el propósito de «ir a atacar a esa fiebre». No es invulnerable; es, apenas, séxtuple.

La firma y la sangre

La Fiebre no opera por asalto sino por contrato y por cargo. Es «el guardián nefasto que había hecho que vos firmes por tus almas»: hace firmar almas, custodia los contratos firmados, y con ellos gobierna a quien firmó. Así tuvo el contrato de Oratiol «en su nombre» —figura que un mismo pasaje del archivo llama también Lotario, y a quien se vincula con el espíritu de un pozo— y estuvo controlándolo. Esas firmas cobran en sangre: a los contratos que hizo firmar se imputa lo que «tuvo que ver con la muerte de 69 jovencillas».

Como potencia, también reparte de su sustancia: «yo puedo imbuir las armas de algunos de ustedes con mi poder y mi esencia, cuatro para ser exacto». Cuatro armas, no más — hasta los diablos tienen aritmética.

El museo: guardián de lo que depredó

Su paradero fijado es el Cairo: «ha huido al Cairo. En el Cairo. Está en un museo vacío». En el Museo del Cairo figura como «una presencia malvada mayor», acompañada de «algunas menores», y comparte con Jacques el título de uno de «los dos primeros» guardianes del lugar. El círculo que ahí se cierra merece la meditación del lector: fue el francés «que inició una serie de depredaciones para los egipcios y que se llevó las piezas para componer la construcción de este museo» — y a ese museo, vacío, huyó a refugiarse. Es guardián de lo que él mismo saqueó. En Antiterra la custodia y el despojo son, con frecuencia, la misma mano.

La disputa del guardián y el muñeco

Aquí las escuelas se dividen, y este cronista asienta ambas sin fallar el pleito. Una versión sostiene que la Fiebre es el guardián: así lo nombran los registros de la plataforma de Libra y del museo. Otra versión lo rebaja a instrumento: «no es el guardián, es el muñeco del guardián, el muñeco político, la cara visible del guardián» — lo que supondría, detrás del rubio y detrás del diablo rojo, un tercer rostro que el archivo no nombra. Añádase la cuestión del nombre mismo: se dice de un monarca que «su fiebre ya también te afecta a ti», y las voces preguntan expresamente si «la Fiebre es el agente» — si la enfermedad que toca coronas y el pit fiend con nombre propio son una sola cosa. La pregunta quedó formulada; la respuesta, no.

Reparos de Paulus

Confieso los límites de mi ciencia. No sé si Oratiol y Lotario son una misma entidad o dos que un descuido juntó en una frase. No sé qué otros contratos custodia hoy la Fiebre ni quiénes más firmaron: «el que tiene el contrato es La Fiebre, supongo», dice el archivo, y un supongo no es un título de propiedad. Ignoro qué hilo une el pozo de Oratiol, la plataforma de Libra y el Museo del Cairo, si es que alguno los une sobre el mapa. Ignoro de qué depende que broten las cinco copias y la forma de pez, y si las copias sangran cuando sangra la original. Y no hay registro de medida, de olor ni de sonido para ninguna de sus dos caras: quien lo encuentre, que anote — si vuelve.

Véase además: Jacques · Oratiol · Museo del Cairo · Sigil


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.