La Bastilla

Asiento catastral de París, levantado sobre testimonio de viajeros y de presos. El que lea esta carta que la lea dos veces: una para saber dónde está la fortaleza, y otra para saber dónde dice ella que estás vos.

La mole

«Una enorme, una enorme fortaleza del Medioevo. Muy antigua, con cañones.» Ocupa por lo menos dos manzanas, plantada —según la escuela dominante de los itinerarios— en el lugar más alto y más defensible de París, sobre las murallas mismas: un fuerte que defiende la ciudad. Otra escuela, sin embargo, la pone «en las afueras», y este cronista deja ambas versiones en pie, como se dejan en pie dos mojones que no coinciden. Tiene «cañoncitos arriba de la Bastille» que apuntan a la vez hacia la plaza y hacia afuera; tiene un lado del puente y un lado de atrás distinto del lado del puente.

En su zona conviven tres poderes en un mismo terreno: la plaza real —residencia del rey—, la gobernación de la ciudad y el castillo de la Bastilla. El rey, el gobierno y la fuerza que los defiende comparten lo alto y lo amurallado. La Place Royale queda a cien o ciento cincuenta metros.

El campo de enfrente

Frente a la fortaleza se abre un campo: plaza abierta, parada de vagones, cochería. Es el vacío que la artillería necesita, y es también el sitio donde se deja acampar a los que vienen de afuera. Los gitanos levantan ahí su campamento, a unos cien metros de las bocas de fuego, «medio vigilados ahí, porque la Bastilla está ahí nomás». Ahí termina la ciudad tolerada y empieza la vigilada: la frontera no es un muro sino un ángulo de tiro.

Los que la guardan y los que guarda

La guarnición se despliega en dos columnas de guardias de seis por seis, más el capitán; algunos portan armas de fuego del tipo mosquete. Que nadie tome ese despliegue por el efectivo completo: es lo que se vio desfilar, no lo que duerme adentro.

Porque la Bastilla es, ante todo, encierro. Confina presos políticos y teatrales —el joven Lejeune Auret está «atrapado en la bastilla»— y confina también lo que no es hombre: de las criaturas demoníacas se dijo que «uno de ellos estaba encerrado en la Bastilla». Hombres y demonios van a parar al mismo sitio, lo cual dice tanto de la fortaleza como de París.

Lo de abajo

Por escaleras se desciende a los calabozos: piedra dentro de piedra, antorchas, humo, barras de hierro cruzadas, damas de hierro como instrumentos de tormento y charcos de sangre. Hay calabozos «menos modosos que el resto» —los más usados, reconocibles justamente por los charcos y los instrumentos alrededor—. La tortura es régimen de la casa, no accidente. En las celdas hay inscripciones talladas en la pared; entre ellas, la del Marqués de Sá.

Más abajo todavía está la cripta, y en la cripta hay una plaza. Casemiro recorrió y midió ese fondo, y lo propone como sede del juego de póker secreto: el subsuelo de la fortaleza es utilizable por fuera de la autoridad que la ocupa. La misma masa que vigila desde arriba da cobertura, por abajo, a lo que se quiere esconder. Quien controle la cripta opera bajo la Bastilla sin pasar por el puente.

La sombra de la Revolución

El parlamento que la liga al Marqués de Sade, a los libertinos y a la Revolución la conecta con la historia anterior: el preludio de los Libertateurs, año 1784. La Bastilla no es solo piedra presente; es piedra que ya tiene un pasado de conjura escrito encima, como las paredes de sus celdas.

La disputa de las dos Bastillas

Y aquí este cronista debe consignar la discrepancia mayor del archivo, sin resolverla. Hay voces que afirman que «hace casi 100 años que fue demolida» —una de ellas contando desde 1870, lo que fijaría su caída hacia 1770—. Y hay, contra eso, todo el resto: los cañones, los guardias, los presos, la orden «suban a la bastilla». Una Bastilla demolida y una Bastilla en pie conviven en los registros como conviven dos versiones de una misma ciudad. Quizá una de las voces hablaba desde otro tiempo; quizá Antiterra guarda las dos. Que el viajero no elija por su cuenta.

Advertencias del cronista

Queda sin establecer si la cripta es realidad arquitectónica o construcción de otra índole, cómo se entra a ella desde la superficie, qué es exactamente esa «plaza» que contiene y quién celebra ahí sus ceremonias. Falta el número verdadero de la guarnición y de los cañones. Falta el nombre de quien manda en la fortaleza —gobernador o autoridad— y su relación con la gobernación de la ciudad y con el rey de la plaza real. De la criatura demoníaca encerrada no se sabe cuál fue, bajo qué régimen, ni si sigue adentro. Y del exterior de la mole no hay color ni material de piedra: solo los calabozos fueron descritos con desgaste, como si el archivo, igual que la ciudad, mirara la Bastilla siempre desde abajo.

Véase además: Casemiro


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.