Kreider
Abajo, en la red, todavía se cuenta así: el hombre pasaba en el vagón «de los ricachones» con su gang alrededor, y el día que «como que cumplió 40 años» dejó dicha la frase que después todos repetimos sin saber bien qué juramos:
«Varta, nunca va a faltar.»
Qué es Varta, qué es lo que nunca va a faltar, eso Kreider no lo explicó. Pero en el subte las frases de los que mandan se guardan igual, por si acaso.
El asiento
Kreider es lo que acá abajo llaman un hardholder: el que sostiene un lugar y a la gente que vive en él. Su asiento es una cabecera de subte, «un lugar en una cabecera de subte que era parte de una vasta red» — nodo terminal de un sistema ferroviario subterráneo mayor, sobreviviente. Ahí concentra entre trescientas y cuatrocientas personas. Tiene además «un negocio acá», local propio, que no es la estación entera; y cuando se planeó una operación mayor, el punto inicial previsto se nombró como «tu estación» — la suya. En un mundo de cabeceras y redes, Kreider es uno entre varios: poderoso, no único.
Y la cabecera vale por lo que es: cuello de botella de la red. El que la tiene cobra el paso de todo lo que circula. Cabecera, gang, negocio y conductor comprado forman un solo aparato, y lo que los reúne es una sola necesidad: cobrar el tránsito de una red que sobrevivió al mundo.
Los quince
Manda por dos vías. La primera es la gang: quince miembros — «mi media gang de 15, tengo una small gang todavía» —, que no operan como matones sueltos sino como unidad coordinada: «los tipos tuyos actúan como una gang». La componen figuras de imaginario japonés, yakuzas y samurái. Después del combate quedaron ocho yakuzas guerreros: el aparato funciona hoy con menos de la mitad de su fuerza.
El barter y el conductor comprado
La segunda vía es el barter, la moneda del sistema, que «se puede cambiar por servicios u otros bienes». Con barter Kreider le paga a Larkin para tener un conductor de tren que le responda a él y no al conductor oficial. Ahí hay una lección de cómo funciona Torreluces: el control de una línea no se hereda con el puesto — se compra al que maneja la máquina. Porque una cabecera sin tren es un edificio; la posesión del lugar no basta si el movimiento lo decide otro. El negocio, por su parte, es la boca por donde el barter entra.
Fue millonario — «vos fuiste un millonario», le recuerdan —, y el hardholding parece ser lo que quedó de esa fortuna: convertida en gente, estación y negocio.
El hombre en la cama
Al momento de estos registros, Kreider está postrado en la cama, convaleciente de heridas graves, «con, tal vez, semanas por delante» de recuperación — o días. Su fragilidad es parte de su peso: de él dependen trescientas o cuatrocientas personas concentradas en un solo punto de la red, y su estación iba a ser el arranque de una operación mayor. Lo que le pase a Kreider reconfigura el mapa de la línea; y hoy Kreider no está en pie, y sus quince son ocho.
En la escena del combate se lo menciona junto a Shibuya; qué los une, el testimonio no lo dice.
Lo que el testigo no puede jurar
De su cara, su ropa, sus armas, nada quedó dicho; el que lo vio, lo vio de lejos, en el vagón de los ricachones. Nadie declaró de qué está herido ni quién lo hirió, ni cómo perdió la fortuna de millonario, ni cómo de esa ruina se pasó al hardholding. Queda abierta la cuestión de si «media gang de 15» y «small gang» son la misma unidad o dos escalones distintos — Kreider las nombró en la misma frase y no aclaró. Tampoco se establece qué distingue exactamente una «estación» de la «cabecera» y del «negocio», ni qué relación hay entre estos dos últimos. La operación que iba a iniciarse en su estación: cuál era, si sigue en pie, no consta. Y la frase del cumpleaños — «Varta, nunca va a faltar» — sigue sin dueño de sentido: ¿juramento, refrán, ritual? Este testigo la anota como la escuchó y no le agrega nada.
Véase además: Shibuya
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.