Kitton
De las criaturas que el aire de ANTITERRA sostiene sin alas, ninguna desmiente tanto la idea de cuerpo como el Kitton: una esfera de carne de treinta centímetros —quien primero la midió dudó, «30 o 40 centímetros», y se quedó en treinta—, ceñida por bandas de metal como un tonel embridado, de la que cuelgan cadenas herrumbrosas que terminan en púas y lanzas. No es artefacto, porque la carne late; no es del todo criatura, porque la chatarra la arma. Es lo uno vestido de lo otro.
Anatomía de un proyectil
Tres partes tiene el Kitton, y cada una resuelve una fase del ataque. La esfera es la forma del cuerpo que se lanza: «las esferas caen cada una de ellas como si fuera una bola de cañón teledirigida» — no planea ni acecha, se dispara. Las cadenas son el arma de contacto: «las cadenas esas con ese metal herrumbroso que termina en púas y lanzas». Y de entre las bandas asoma la tercera arma, la que no toca: «un ojo infernal así, metal», que se enciende — «se le prenden los ojos rojos», inyectados de sangre. La mirada fija de ese ojo deja a la víctima perturbada, presa de un desasosiego que no la suelta.
La herrumbre dice algo que el cronista anota sin poder probar: el metal es viejo y no se repone. El Kitton llega a la batalla con su armadura ya castigada, como si nadie, en el lugar de donde viene, se ocupara de mantenerlo.
Los augures
El único encuentro que los registros conservan es preciso: ocho Kitton, en el aire, apareciendo al lado de Lanza Oscura, y declarados «muy malvados». Pero no eran Kitton cualesquiera: eran Kitton augures, una variedad con nombre propio, distinguida del resto por su ligación mágica con el plano de las sombras. Esa ligación es lo que los hace observadores: augures, criaturas que miran.
Que exista una subvariedad nombrada implica que alguien, en alguna parte del mundo, conoce a los Kitton lo bastante como para clasificarlos. Ese alguien no ha dejado su tratado en el archivo.
Lo que la esfera atestigua
Como población, el Kitton es marginal: ocho unidades en un solo encuentro. Como evidencia, es mayor: su procedencia infernal y su vínculo operativo con el plano de las sombras establecen que ambos planos tocan ANTITERRA, y que ese contacto produce funciones reconocibles — la del augur entre ellas. Una bola de carne encadenada puede ser, así, un documento: la prueba de que lo de abajo y lo de la sombra tienen tratos con el aire de este mundo.
Reparos del cronista
Mucho es lo que la esfera calla. De dónde vienen los Kitton y quién o qué los envía —se dicen infernales, pero no consta jerarquía, invocador ni origen—, este cronista no lo sabe. Qué hace un augur además de mirar: el nombre promete presagio, los registros solo entregan la mirada que perturba. Qué otras variedades existen, si los augures son apenas «estos Kittons en particular». Cómo se desplazan cuando no atacan —¿vuelan, flotan, se sostienen?—: solo consta que estaban en el aire. Si las cadenas son parte del cuerpo, están clavadas en la carne o son equipo; si el ojo de metal nace de entre las bandas o fue incorporado a ellas. Y si son frecuentes o excepcionales en ANTITERRA: nadie ha dicho quién los conoce lo bastante como para haberlos nombrado, aunque el nombre existe. El que se cruce con uno, que no espere respuestas de la esfera: la esfera solo mira, y después cae.
Véase además: Lanza Oscura · Plano de las sombras
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.