Gran Maestre
«Murió el verdadero gran maestro, murió en la puerta.» — así lo dejó dicho una voz del archivo, mientras otra juraba que seguía sentado en su trono
Escribo sobre una dignidad, no sobre un hombre. Paulus lo advierte desde la primera línea: del cuerpo del titular —su rostro, su voz, su edad aparente— los registros no dicen nada. Dicen, en cambio, todo lo que importa: dónde se sienta, qué lleva ceñido, qué ordena y cuántas vidas ha olvidado. El Gran Maestre es la autoridad suprema del Temple, «ni más ni menos que el gran maestre, que es la principal figura», y uno solo lo es por orden y por vez: es cargo, no linaje de sangre. Y sin embargo —se verá— el cargo toca la cosmología antes que la jerarquía.
El trono y el cojín
Se lo encuentra sentado. En un trono, con rigidez ceremonial, sobre un cojín azul con las flores de lis, en campos también rojos. La sala es aquella «donde está el gran maestre»: a esa sala se entra, no se pasa por ella. Su asiento está en el gran templo del Temple, el mismo que «está bajo ataque de fuerzas malignas, de diablos, de demonios, de cambiaformas». Fuera de ese recinto no consta que el titular aparezca jamás. Ocupar el trono es en sí un acto de gobierno; que «se está acercando el gran maestro» es, para quien lo oye, información de guerra.
Las insignias que sobreviven al cuerpo
Dos objetos penden de su persona, y el mundo los trata como cosas, no como metáforas. El cinto del Gran Maestro, que «le dio una fuerza brutal sumada» a quien lo lleva calzado. La Espada del Gran Maestro, arma distintiva de la orden, de la que no consta material, forma ni portador actual.
Aquí el erudito debe detenerse, porque las insignias circulan. El cinto que hoy anda calzado consta como «el cinto del ex gran maestro»: lo lleva alguien que no es su dueño original. Hay, pues, en el mundo al menos un titular vivo en el trono y al menos un «Gran Maestro fallecido» cuyos objetos siguen operando. El poder de esta dignidad no muere con el cuerpo: se calza y se empuña. Asiento fijo, insignias móviles, mando militar — tres piezas que van juntas por necesidad y no por adorno, y que componen un cargo diseñado para el asedio.
Las tres funciones del mando
El vértice del Temple se ejerce en tres actos registrados. Primero, la leva de élite: «el gran maestre recluta a los mejores veteranos» para la defensa. Segundo, la orden en la emergencia: «viene el gran maestre que te dice: busquen al maldito» — es él quien nombra al enemigo y despacha la cacería, y su palabra basta como misión. Tercero, la presencia: el trono con el cojín de lises hace del gran templo un centro de mando visitable, un sitio al que se entra a recibir órdenes. Sin él no hay leva de veteranos, no hay orden de caza, no hay figura principal en la sala.
En la Orden del Templo, el nombre fijado del cargo es Jacques de Molay, «su gran maestro».
La ley de las vidas olvidadas
Sobre su naturaleza rige una ley que no es administrativa sino cosmológica, y que fue dicha por un fauno y por un oráculo: el Gran Maestre ha vivido varias vidas y ha olvidado sus vidas anteriores, y desarrolla «una vida doblemente longeva», «así como su mujer tenía el doble de vida». La longevidad doble es propiedad del vínculo conyugal tanto como del cargo: la mujer del Gran Maestre tiene el doble de vida que él, y el mismo rasgo se le reconoce a él. De ella no se registra nombre, ni si su doble vida es causa o consecuencia de la suya. Este solo dato basta para sacar al Gran Maestre del rango de funcionario: un hombre que no recuerda cuántas veces ha sido hombre no gobierna solo una orden — gobierna una continuidad.
El muerto en la puerta
Y aquí la disputa de versiones que este cronista no va a resolver, porque las dos constan juntas. Por un lado, el Gran Maestre está en su trono y comanda. Por el otro, «murió el verdadero gran maestro, murió en la puerta». Ambas conviven con un tercer dato que las vuelve venenosas: el templo está siendo atacado por cambiaformas. ¿Es el entronizado un impostor de rostro robado? ¿Son dos momentos distintos de una misma crisis? ¿O es que un hombre de vidas múltiples puede morir en el umbral y seguir sentado adentro? El archivo sostiene las dos verdades a la vez, y quien trabaje sobre este mundo debe sostenerlas también: hay un Gran Maestre entronizado, y hay un verdadero Gran Maestro muerto en la puerta.
Advertencias de Paulus
Tres cosas quedan sin establecer, y las declaro para que nadie las rellene por mí. Primera: de qué orden es Gran Maestre en cada aparición — un registro lo fija en la Orden del Templo, otro deja la pregunta abierta, «¿Maestre de qué orden?», y falta confirmar si es siempre el mismo cargo. Segunda: la sucesión — no consta cómo se elige, quién nombra, ni por qué el cinto del ex gran maestro terminó calzado por otro; la existencia de un «ex», de un «fallecido» y de un «verdadero» muerto en la puerta indica que suceder a un Gran Maestre es un problema abierto y no un trámite. Tercera: en las voces del archivo rondan cerca de este nombre «la Gran Obra alquímica» —con su nigredo y «la purificación en el destilado»— y «la Gran Rueda de los Planos»; nada las vincula al cargo, y deben leerse como entidades separadas hasta que un hecho las conecte. La grandeza del nombre atrae grandezas ajenas: es vicio viejo de los copistas.
Véase además: Jacques de Molay
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.