Adwen (Cid Aranos)

Quien busque en Adwen el orden de una cuadrícula, que dé media vuelta antes de cansarse: esta no es «una ciudad ordenada al estilo aurano, o sea, romano». Aquí «intentaron construir ahí, digamos, sobre las ruinas viejas, una ciudad más nueva», y el resultado es lo que se ve: lo nuevo acomodándose a lo que ya estaba en el suelo, calles que doblan donde dobló la ruina, una ciudad que negocia con su propio subsuelo. El itinerario que sigue es lo que el archivo permite asentar, ni un paso más.

Asiento catastral

Una sola ciudad, no un tipo de asentamiento: Adwen es el núcleo urbano de su región, y la región entera se cuenta desde ella hacia afuera, en tres anillos. En el casco, unas 4.000 personas; de ellas, al menos 150 familias urbanas registradas. En el anillo rural, 1.300 familias campesinas. Y «en el área más amplia, puede ser que haya 10.000 personas o más… 15, 20». La cuenta enseña algo que el viajero confirma al llegar: la masa está en el campo, y la ciudad vive de un anillo rural mucho más numeroso que ella.

Todo el conjunto se asienta «en la frontera quebrada con la zona de Sahara», y es «como un territorio disputado». Una pieza cuya posesión importa a más de un poder — aunque el archivo, prudente, no pone nombre a los que la disputan.

Los dos edificios que se señalan

Sobre el desorden del caserío, dos piezas únicas se levantan en el mapa. «Ese es como el Palacete»: el edificio principal, el mando visible de la ciudad. Y «acá está la Torre del Conocimiento»: la institución del saber. Mando y saber, una pieza de cada uno, apiladas sobre las ruinas viejas como los dos órganos que una cabeza de región necesita para serlo. Qué relación guardan entre sí, quién ocupa cada uno, de qué material son y a qué altura llegan — nada de eso quedó dicho, y este cronista no dibuja lo que no vio.

El trabajo y la servidumbre

La base social incluye servidumbre, y el mundo la establece con su propia atenuación: «acá existe la esclavitud, es una esclavitud leve, pero existe». Ni se la niega ni se la agrava: se la declara así, leve y existente, como una institución más del paisaje fronterizo. Qué se le permite y se le prohíbe al esclavo, cómo se entra y se sale de esa condición, el archivo no lo especifica.

El bosque que cambió de nombre

Cerca de la ciudad, fuera del casco, sobreviven «viejos retazos de antiguo bosque». Ya no se los llama así. «Ahora dicen el bosque ennegrecido por razones obvias» — y ahí el Narrador da por sabido lo que el archivo no registra. El dato que sí queda es el más elocuente: lo que le pasó al entorno de Adwen fue lo bastante grave como para cambiar la manera de nombrarlo. Cuando un bosque pierde su nombre viejo, conviene preguntar en la posada antes de acampar bajo sus ramas.

Tres capas en el mismo suelo

Léase la ciudad de abajo hacia arriba: las ruinas viejas en el fondo; encima, la ciudad nueva, desordenada por adaptarse a ellas; y en la superficie, el Palacete y la Torre. Afuera, el segundo par: el campo que la alimenta y los retazos ennegrecidos del bosque. La lógica que reúne todo es la de frontera — una ciudad disputada, construida con lo que había a mano, sostenida por un campo mucho mayor que ella, con servidumbre atenuada como forma de trabajo.

Advertencias del baqueano

Acá conviene pisar el freno y poner las cosas en su sitio. Primero, la cuenta no cierra sola: 150 familias urbanas contra 4.000 habitantes de casco dan unas veintiséis personas por familia. O «familia urbana» nombra solo un estrato —propietarios, gente con casa— y el resto de los 4.000 es otra cosa, esclavos incluidos, o una de las dos cifras es aproximada; el archivo no lo resuelve y el viajero hará bien en no resolverlo por su cuenta. Segundo: nadie ha dicho quiénes se disputan el territorio, ni de qué son las ruinas viejas ni de qué época. Tercero: qué significa que la frontera con la zona de Sahara sea «quebrada» —accidentada, discontinua, o rota por conflicto— queda abierto. Y la cuestión de los nombres: Adwen es la forma canónica del dossier, Cid Aranos la que corre en las voces del archivo. Si son sinónimos plenos, nombres en lenguas distintas o capas históricas de la misma ciudad —como sus propias ruinas, un nombre debajo del otro—, no consta. Este cronista anota las dos formas y deja la disputa donde la encontró.

Véase además: Torre del Conocimiento


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.