Caverna subterránea

Itinerario para el que baja: llevá antorcha propia, contá las bifurcaciones en voz alta y no te fíes del techo — puede haber cielo ahí arriba, y puede llover.

Bajo el mundo de Vala no hay un lugar: hay un terreno. «Hay zona toda de cavernas», y sobre esa masa de piedra se apoyan las salas, los tramos y las galerías de roca viva por donde se mueve todo lo que explora hacia abajo. La pieza mayor es la Gran Caverna, situada bajo el mausoleo de Tarvis; pero la Gran Caverna es apenas la cabeza visible de un cuerpo que nadie ha medido entero.

La piedra y el aire

La roca es «veteada, apenas trabajada, pero se nota que hay rectitud»: la mano que intervino estos huecos apenas los corrigió, y dejó la geometría insinuada sobre la vena natural de la piedra. El aire cambia de tramo en tramo y conviene leerlo como se lee un camino: es «húmedo, frío y además apesta algo de descomposición»; en otros pasajes se cuela «un olor como de vino rancio», y en algunos «tal vez un olor medio de canela, como de inciensos que queman en los templos» — de dónde viene ese incienso, si del Templo de la Satiente o del Templo de Bronce, el archivo no lo dice.

El suelo lleva «una capa de tierra mezclada con vegetación podrida», blanda, que amortigua las caídas del que baja. La Gran Caverna se mantiene «algo fresca», sostenida por «formaciones rocosas». Hay tramos con antorchas encendidas y tramos ciegos; techos con huecos por donde entra la lluvia y que no se alcanzan a ver desde abajo; grietas por donde pasan la brisa y la bruma del exterior. Y una lección que el subsuelo enseña rápido: la placa de piedra no corta el olor. La caverna nunca está sellada del mundo de arriba.

Escalas

Las medidas van de lo mínimo a lo desmesurado: desde una caverna de 3×3 hasta «una caverna natural gigantesca, gigantesca» detrás de unas puertas. La caverna de la Ciudadela alcanza los 60 a 70 metros de alto. En un punto, la profundidad bajo tierra se midió en cuatro a cinco metros —corrigiendo una estimación previa de tres: acá hasta los números se revisan sobre la marcha.

Cómo se transita

Bajo tierra se circula por rutas numeradas —la 55, la 92, la 56— con bifurcaciones que se anuncian en cardinales: «norte, este o sur son nuestras tres alternativas». Una caverna tiene salidas al este y al oeste y un lago al noreste. Los accesos verticales cuentan: en un punto «hay dos entradas», la superior a 440 pies de la entrada del valle, hacia arriba, «casi a un ángulo de 30 grados, no llega a 45» — esa es la caverna veteada de rojo, de eco extraño, desde donde se incursiona el Templo de la Satiente; la otra entrada es inferior. Los huecos de techo hacen de respiradero y de posible acceso vertical.

El terreno gobierna la percepción: el eco, el olor y la corriente de aire informan antes que la vista, y una cueva puede estar «bastante más alto de lo que pensaban». Cambiar de caverna es cambiar de régimen de riesgo: iluminada o ciega, seca o inundada, vacía o con jaulas y guardias.

Los estratos y el agua

El conjunto obedece a una lógica de capas. Abajo, lo inundado y húmedo, unido al complejo de cascadas y aguas subterráneas. En el medio, las galerías transitables numeradas, con su suelo de tierra podrida y antorchas donde alguien vive. Arriba, los huecos de techo y las entradas altas en el acantilado y en el valle, que meten lluvia, brisa, bruma y el olor del afuera.

Donde la caverna deja de ser natural

La otra lógica es la de ocupación. Donde hay antorchas, jaulas y guardias, la caverna dejó de ser piedra y pasó a ser instalación. Hay jaulas grandes —tres en un punto, una por cada orco que la custodia; en otro momento se ven jaulas aparentemente vacías—: qué contuvieron y quién las puso ahí, nadie lo ha dicho. El templo de bronce de la Caverna de Cuatro Pilares —que alberga a los cuatro seres fabulosos vestidos de blanco, y que aparece como visión— y el Templo de la Satiente marcan el extremo construido de la misma serie. Y en la caverna de la Ciudadela, bajo su franja de luz solar, un jardín «muy al estilo Minas Tirith» con su árbol de peras es el punto donde el subsuelo consigue reproducir un afuera. En el fondo de esa misma caverna anidan «pájaros tipo aves estínfalas de pico de metal que te comen»: allí tiran a los que caen. El jardín y el pozo de las aves comparten techo; eso también es Vala.

Las cavernas nombradas

La Gran Caverna, bajo el mausoleo de Tarvis, con un sector que da a los hongos subterráneos de Ardenvull. Las Cavernas Aullantes, localización del Nivel 2 de lo de abajo. La Caverna de los Perdidos, punto propio de la exploración. La Caverna de Cuatro Pilares, la de la visión y el bronce. Una gran caverna en la porción sur de la región, que «debe estar en la nobleza de Susana» — y qué sea esa nobleza, este cronista no lo sabe.

Advertencias del baqueano

Acá conviene pisar el freno. El archivo no alcanza para afirmar si estas cavernas nombradas forman un único sistema continuo o varios sistemas separados: el que trace mapa, que dibuje las conexiones en lápiz. Sobre el origen se especula que «pueden ser naturales», pero nadie fijó qué tramos son naturales y cuáles excavados, pese a la rectitud observable en la roca veteada. Las rutas numeradas —55, 92, 56— no tienen sistema declarado: no se sabe si son numeración de mapa o nomenclatura del mundo mismo. La «nobleza de Susana» puede ser un lugar o puede ser una palabra mal oída; queda anotada tal como llegó. El olor a canela e incienso sigue sin dueño. Y del laberinto del que las Cavernas Aullantes son el Nivel 2, no se conoce ni la extensión total ni el número de niveles. El que baje, que cuente los suyos.

Véase además: Gran Caverna · mausoleo de Tarvis · hongos subterráneos de Ardenvull · Cavernas Aullantes · Caverna de los Perdidos · Caverna de Cuatro Pilares · Templo de la Satiente · complejo de cascadas y aguas subterráneas · Ciudadela.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.