Atlantes
Escribo sobre un pueblo del que no he visto ni una piedra. De los Atlantes no conserva el archivo cuerpo, vestido, muralla ni color: conserva instituciones. Un rey, un número, una lengua, una condena. Que el lector no tome esta desnudez por austeridad de aquella gente; es pobreza nuestra, de los que anotamos lo que las voces dejaron caer. Y sin embargo, sin materia y todo, lo atlante es el eje sobre el que giran los compañeros de estas gestas: se llaman entre sí por ese nombre, y en la hora del peligro se dijeron — «Es por eso que nosotros tenemos que mantenernos más unidos que nunca, Atlante».
La herencia
Los compañeros se cuentan entre «Los elegidos de la Atlántida», y esa pertenencia no es adorno genealógico sino razón de cohesión: es el motivo por el que se mantienen juntos. Los Atlantes fueron —o son— civilización entera, con rey propio, lengua propia y una época que lleva su nombre: la Edad de los Atlantes, medida de antigüedad de todo objeto valioso que circula por el mundo. Cuando algo cambia en lo atlante —el rey, los huevos, la condena de los sueños— cambia el marco entero de quienes se dicen sus herederos.
El rey y los huevos
Hay rey ahora. De él no sabemos nombre ni linaje, pero sí su agenda, y la agenda es huevos: al rey le importan muchísimo «en general», y «sobre todo los últimos», de los que él sabe «que están prístinos». La política atlante de la presente época se mide en huevos recuperados; el reinado define qué acciones valen, y valida ante todo esa recuperación. Sabemos también que los Atlantes tienen aves, y que a esas aves «le dan de comer»: hay crianza, hay alimentación, hay cosecha. Si las aves que alimentan son las que ponen los huevos prístinos que el rey persigue, el archivo no lo dice, y yo no voy a casarlos por conveniencia de la prosa.
El número que llevan las cosas
«Todos los que tengan un objeto… venido del Edad de los Atlantes… esos tienen una identificación» — «un número en realidad», un código alfanumérico, y «señala algo tuyo que llevas». Atiéndase a la sintaxis: la identificación no adorna el objeto, marca al portador. Cada resto de aquella Edad es escaso, contable uno por uno, y cada uno delata a quien lo carga. Rey, huevos prístinos y objetos numerados forman así un solo sistema: lo atlante existe hoy sobre todo como cosas que quedaron y como autoridad que las reclama. El número dice de quién es cada resto; el rey establece cuáles valen más.
La lengua y los nombres cubiertos
«Atlante» es también un idioma, y tiene hablantes vivos: el hijo de Armagedón «tiene el lenguaje, Atlante, que es como el Atlante». Y junto a la lengua corre otro registro, el de los nombres que cubren: los Green Mountain Boys llevan un nombre secreto y terrible, Borreones Atlantes — un léxico de reconocimiento entre iniciados, que identifica a los propios sin exponerlos. Si entre ese sistema de nombres y el sistema patrimonial del rey hay puente, o si son dos herencias que ya no se hablan, el archivo calla.
La condena de no soñar
Pesa sobre este pueblo un episodio que ningún cronista debería tocar sin temblor. Dos Atlantes «habían renunciado al Plano de los Sueños»; fueron mirados, fueron expulsados del plano, y sobre ellos cayó la sentencia: «Ustedes nunca más van a soñar». La regla que el mundo establece con esto es terrible en su sencillez: el soñar puede retirarse por decreto, y la renuncia al Plano de los Sueños tiene precio permanente. Quiénes eran esos dos, las voces no lo pronuncian; sus nombres constan por escrito en un libro de la Isagógica de Pablo, y ahí duermen — ellos, que ya no.
Rumores de geografía
El único anclaje territorial es de segunda mano: «había algo de la historia de los reguladores que decían que también ahí había los atlantes» — un rumor referido que los pone en la órbita de los reguladores del Mediterráneo, no una afirmación del mundo. Y el propio Narrador dejó dicha, con su reserva incluida, la coexistencia con lo egipcio: «en este mundo de fantasía puede bien no ser solamente egipcia, tendrá algún contacto Atlante en este juego si existe». Ese «si existe» no es mío; quede en el texto como lo que es, la duda del que mejor sabe.
Advertencias de Paulus
Confieso lo que no sé, que es casi todo. No sé qué criatura pone los huevos prístimos ni qué los vuelve prístinos frente a los otros. No sé el nombre del rey, ni cómo llegó al trono, ni qué significa que sea rey «ahora» — es decir, qué hubo antes. No sé cuándo empieza la Edad de los Atlantes, cuándo termina, ni si terminó. No sé dónde va grabado el número en el objeto, ni a qué «algo tuyo que llevas» señala. No sé quién miró a los dos renunciantes ni quién dictó la sentencia, ni si aquellos dos fueron entidades del mundo o compañeros nuestros, ni si su expulsión fue castigo de dioses o consecuencia de la propia magia. Circula además la expresión «cofres atlantes», y no hay un solo hecho que la sostenga: no sé qué son, qué guardan ni cuántos hay. Y no sé, en fin, si los Green Mountain Boys llevan sangre atlante o solo un alias prestado, ni si la lengua Atlante se escribe, ni si el número de los objetos está en ella. El que venga después de mí, que llene estos huecos con testimonio y no con ingenio.
Véase además: Atlántida · Plano de los Sueños
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.