Arboria

«No escucho la locura que me estaba sonando ahí abajo.» — testimonio de quien entró, recogido en las voces del archivo

Así se conoce Arboria antes de verla: por lo que deja de sonar. Es un jardín-bosque de naturaleza primigenia, «un entorno de verde perfecto», al que no se llega por camino trazado sino yendo —«vos te fuiste hacia Arboria»— y del que consta una sola consecuencia cierta: «volviste cambiado».

La luz

Lo primero que anotan los registros no es el follaje sino la claridad: un bosque hermoso, verde, y sobre todo luminoso — «esta es la luz de Arboria». El cielo sostiene dos cosas a la vez: «está el sol, pero también a lo lejos hay un atardecer, un tono rojo», y en algún punto «se vuelve a atardecer, más rojizo». Sol y ocaso conviven; el jardín entero queda suspendido en una hora que no termina de pasar. Si Arboria tiene día y noche propios o una sola hora fija, nadie lo ha establecido.

Un jardín que cumple su ciclo

Que nadie espere un decorado detenido. Los árboles «están bien», con las hiedras encima, pero también hay «una rama podrida»: la vegetación «tiene naturaleza, cumple su ciclo», y por eso hay hojas caídas en el suelo. Arboria es primigenia pero no eterna — se pudre y se renueva como corresponde. Sobre ese suelo vivo se mueve la fauna en su escala mínima: ardillas «que se te asustan al principio al verte», insectos «no precisamente mosquitos», y gacelas que pasan de a dos — «hay una gacela de golpe que pasa cerca… y detrás viene la pareja». Los animales huyen, no acechan. El lugar está poblado y en paz.

El estanque

Cerca del agua hay un estanque que funciona «como un espejo». El agua se bebe sin peaje ni condición: «tomo un poco de agua en el estanque». Conviene detenerse en la doble función, porque no es menor: es la fuente que alimenta y, a la vez, el único sitio de Arboria donde el que entró puede verse la cara — en un lugar del que se vuelve cambiado. El que dude de su propio tránsito, que se mire ahí.

El contrario exacto

Arboria no tiene coordenada firme salvo una, y es vertical: lo que suena «ahí abajo» —el reino de pesadillas, cuyos ruidos aquí no llegan— está por debajo o por fuera. El lugar funciona por sustracción: adentro se apaga «la locura», pero el que entra no olvida — «sabés que venís de un reino de pesadillas, que hace poco estabas enfrentando, con las cartas del destino». Arboria existe definida contra ese abajo: verde donde aquello quema, luminosa donde aquello oscurece, silenciosa donde aquello suena, comestible donde aquello devora. Sin ese abajo, la mitad de su sentido se pierde.

De Adam consta el itinerario completo: se fue hacia Arboria y volvió cambiado. No hay precio, guardián ni prohibición registrada. El bosque se recorre —«recorrer básicamente es un bosque»—, y eso es todo lo que el tránsito exige.

El mejor pedazo

Dentro del jardín hay jerarquía. Se distingue un sector, Ajén Arboria, «el mejor pedazo» — y las voces del archivo son precisas en un detalle: fue dado, no tomado. «Se lo dio en Arboria.» Quién dio, quién recibió y por qué ese pedazo es el mejor, no consta. Pero el acto mismo alcanza para saber algo importante: Arboria es objeto de reparto, no solo de visita.

Advertencias del baqueano

Acá conviene pisar el freno. Hay un tramo del registro que no cuadra con el verde perfecto: una secuencia de «amanecer, sol, y de repente, de repente, una oscuridad» y de «tierra quemada». ¿Son dos zonas de Arboria, dos momentos, o ese pasaje pertenece a otro lugar que se coló en el relato? El registro mismo marca esa ubicación como inferida; este cronista la deja anotada y no la resuelve. Tampoco se sabe en qué consiste volver cambiado —si cambia el cuerpo, la memoria o el estatuto de la persona—, ni cómo se entra y se sale: no hay puerta, camino, rito ni condición registrados. No hay medidas: ni extensión, ni distancia al reino de pesadillas, ni tiempo de recorrido. De habitantes humanos, dueño o autoridad, solo consta la fauna y un acto de entrega. Y sobre «Ajén Arboria» queda la duda de si el nombre está bien escrito, y de si nombra una parte del jardín o una entidad distinta. El que sepa más, que hable; el que no, que no invente.

Véase además: Ajén Arboria · Adam · el reino de pesadillas · las cartas del destino · el estanque de Arboria.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.