
Sequoia
Antes de verlo, se lo oye. «Han escuchado su martillo»: el golpe de fragua que baja desde la caverna de plata, regular como campana de misión, es el aviso de que el guardián todavía trabaja. Que ese golpe se apague es la peor noticia que puede traer un viajero de aquellas tierras, porque Sequoia es uno solo —no hay dos, ni gremio, ni linaje de plateros que lo iguale— y todo lo que en este mundo se escribe en lengua india pasa por su mano. Por la que oculta, precisamente.
Del linaje y del destierro
Proviene de los Cherokees, el pueblo cuya lengua puso por escrito, y ese mismo pueblo lo expulsó: «fue un echado, fue un exiliado», que «se fue ermitaño herético». Tal es la genealogía entera de Sequoia según los registros: sin padres nombrados, sin hijos nombrados, un hombre solo entre dos mundos, tenido por brujo en el suyo por el crimen de fijar la palabra. El mundo lo trata como imprescindible y lo mantiene afuera; esta paradoja no es adorno del cronista sino la condición exacta en que vive.
Se sabe que Solá lo conoce —«sé que conoces a Sequoia»— y que alguien lo busca. Quién lo busca, los registros lo callan.
De la letra
Es «el primer indio en crear» un alfabeto para su lengua. Para componerlo «tomó varios alfabetos»: el latino, «utilizó letras cirílicas», «usó distintas cosas», y con esa mezcla pasó la lengua de los Cherokees a grafía. Es «uno de los primeros traductores, o mejor dicho de los primeros de darles una grafía escrita a los indios». El sistema lleva su nombre: la escritura o «caligrafía india» de Sequoia se estudia como disciplina de la lingüística, se es «aprendiz» de ella, y saberla habilita a leer libros de hechizos. En su oficio, escribir y decir son un solo gesto: «conocer cómo escribir las palabras, decir las palabras en la corteza».
De ahí viene su prodigio más notado. Cuando obra, «empieza a decir algunas palabras que nunca lo vieron escuchar» y saca uno de los manuscritos que llevaba: al decirlas «se proyecta un libro como si fuese de la nada, como un espacio inmaterial». Quien inventó la grafía puede hacerla existir sin soporte. Qué contiene ese libro, cuánto dura, y si otro puede provocarlo, nadie lo ha dejado escrito.
De la plata
Su otra profesión: «el platero Sequoia». Fragua, martillo, gong de plata, minas de plata — lo que produce y lo que custodia son la misma sustancia. Es guardián de la caverna de las minas, ligado a ella por «antiguos pactos». Su legado material está repartido: el reducto Sequoia, asentamiento antiguo bajo su nombre «que supo tener su fragua» y que conserva un gong de plata; y los restos de plata que dejó a la comunidad, «entretejidos» con lo que se hereda.
El que quiera entender a este hombre entienda esto: el martillo golpea la plata en la fragua y el estilo golpea la palabra en la corteza. La mina y el silabario son el mismo gesto sobre dos sustancias. Marcar la materia — ése es todo su oficio, y por él lo llamaron brujo.
Del paso entre mundos
«Cruzó ambos mundos, hablando de mensajes»: traduce y hace pasar palabra entre el mundo indígena y el europeo. Por eso mismo lo tienen por hechicero entre los suyos, y por eso terminó herético. Es además sabio que defiende su tierra y manifiesta magia de la naturaleza; de él se dijo que «este sabio es el que realmente nos puede guiar». En la batalla su papel no es el del que carga sino el del que mira atrás y calcula: «se encuentra preocupado más que nada porque ve que estos guachos no tuvieron tiempo de prepararse».
Durante la gesta, la compañía principal lo dejó a su suerte —«ya desde hace rato que dejamos atrás a Sequoia y su grupo»—, de modo que él y los suyos anduvieron como partida separada.
De las figuras que miran
Existen, asociadas a él, «figuras culturales de Sequoia» talladas en relieve. De ellas no se sabe «si es él o es una estatua»: son las que «los mira», y curan. Si las talló él, si son retratos suyos o si es él mismo vuelto piedra, el mundo no lo distingue, y este cronista no distinguirá donde el mundo no distingue.
De su estado
Al momento en que lo encuentran «está muy mal», deteriorado, al punto de que perturbarlo es riesgoso: «su espíritu nómada puede volver» a irse. Aquí conviene medir lo que está en juego: en un solo hombre se apoyan la escritura, la plata y el paso entre mundos. Si el espíritu nómada vuelve, se van con él el guardián de las minas y el único mediador. Y todo el tiempo, en la salud y en la ruina, «ocultaba todo el tiempo su mano» — la derecha, siempre tapada. Qué hay debajo de esa mano, los registros no lo dicen.
Advertencias del cronista
Este cronista debe consignar lo que las escuelas disputan y él no puede zanjar. Primero: los registros hablan de Sequoia a la vez como hombre de la historia antigua, traído como referencia de los pueblos, y como figura presente y activa de estas tierras — guardián, guía, combatiente. Si son dos estatutos de la misma persona o dos personas bajo un nombre, no está declarado. Segundo: «Sequoia» nombra al platero y nombra al reducto; si el reducto es suyo, anterior a él o mero homónimo, tampoco consta. Tercero: su nombre se pronuncia también «Sepodia», y el que pregunte por él haga bien en probar ambas formas. Quedan además sin fijar: quién lo busca; de qué mal padece; dónde están las minas respecto del reducto; dónde se enseña su escritura y qué se exige al aprendiz; y cómo se activa la cura de las figuras, cuántas hay y dónde están. Se le asocia por último un mito sobre la memoria y la escritura, el del ojo que llora; el vínculo llegó a este archivo con voz tan débil que lo anoto sin apoyarme en él.
Véase además: Metacón — con quien algunas voces le atribuyen relación, no establecida en los registros.
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.