En el sector este de Torregrises, junto a los cultivos intramuros, se alza la manzana que el régimen llama de las Luces. Sus muros tienen casi tres metros de altura y son patrullados por personal vestido de rojo: hombres mudos, sordos, heridos en distintos grados, incorporados al servicio como guardianes cuya incapacidad se convierte en garantía de discreción. La custodia exterior corre a cargo del capitán Cipriano Benítez. En el interior funciona la imprenta —la misma que los libros llaman de los Niños Expósitos— ahora convertida en órgano del régimen y en taller tipográfico al servicio de Clavijero, el jesuita longevo que el poder mantiene cerca porque sabe demasiado y vale demasiado para prescindir de él.
El edificio guarda bajo sus fundaciones una red de catacumbas que conecta con galerías más profundas y más antiguas. Los túneles son conocidos por los que administran la ciudad pero no figuran en ningún plano que circule libremente. Más allá de la primera cámara, las catacumbas descienden hasta un abismo sobre el que cuelga un puente de cuerdas; en ese paso oscuro montan guardia figuras que los vecinos llaman socomuros: ciegos, mudos, reclutados de la misma cantera humana que nutre los muros de arriba.
La imprenta fue destruida en un incidente que el régimen atribuyó de inmediato a los unitarios: barriles de pólvora introducidos bajo la apariencia de barriles de sal hicieron volar el edificio y retumbar las catacumbas. La propaganda oficial habló de niños muertos y de salvajismo unitario. Las catacumbas sobrevivieron al estallido y siguieron siendo transitadas por quienes sabían la ruta.
Vínculos
- Torregrises — el cosmos troncal bajo cuyo nombre (Santa María de Torregrises) opera la capital rosista
- Capitan_Cipriano_Benitez — custodio militar de la manzana
- Clavijero — jesuita longevo vinculado a la imprenta del régimen