Holandés Errante

Advertencia del cronista de la Corona del Norte, para uso de pilotos, vigías y gobernadores de plaza: lo que sigue no es la carta de un navío, porque este navío no admite carta. Se consigna aquí lo que las voces del archivo permiten afirmar, y se ruega al lector que no confunda haberlo leído con estar preparado.

Aviso a los puertos

En la región de Norteamérica —Nueva Ámsterdam, en el marco de la rivalidad de Holanda con los ingleses— corre desde hace cien años como mucho una leyenda de barco: uno que «no atrancaban en cualquier puerto» y que «era el terror de todos los enemigos de Holanda». Su reputación es infame hasta entre los suyos: «también tenemos mala fama incluso entre los holandeses». Quien lo avista lo describe «envuelto en brumas, en nubes, casi hasta parece surcar el cielo», y no exagera: el Holandés Errante vuela sin necesidad de mar, a unos doscientos pies del suelo, y su desplazamiento no es de ruta: «se mueve como las nubes». Es una nave que atraviesa realidades y umbrales, «un barco que atraviesa realidades», y de significancia mayor que la de cualquier flota: «una nave que usurpaba el terreno de los pájaros». Su sola travesía altera el mundo físico — «eso es lo que tapó la luz del Sol en un momento que surcó el cielo».

Es único en su especie, y por eso legendario: no hay flotas de estos. No lo tiene nadie: se tiene a sí mismo, y a su Capitán. Aunque el que lo ha visto dos veces confiesa la duda que este cronista hace suya: «no sabés si es una, si son varias».

Descripción del casco, para quien deba reconocerlo

Por fuera es un barco: velamen, mástil, castillo de proa —«con una serie de carbollas y grietas»— y popa, escotillas que abren y cierran, escalas de cuerda que tira para bajar gente. Su porte militar es serio: dos hileras de cañones en los flancos superior e inferior, cañones «tipo culebrina» al costado y morteros. Cuarenta hombres figuran en su manifiesto.

Pero el casco engaña. No es sólo madera: es «material orgánico», «tanto orgánica vegetal pero también briosa, como si fuera un aglomerado», con un «caparazón más entre metálico y de huesos»; el barco «no es sólido». Por eso se lo ha llamado «barco semitecnológico»: un aglomerado de partes de criaturas distintas, mal ensambladas y desalineadas — «no todo está en su lugar», partes que «parecen mal» junto a otras «como huesos», algunas «frágil como el hueso de pájaro, viste que son huecos». Es una nave hecha de despojos, y por eso «no lo hicieron muy bien». De su estructura salen «unos gusanos medio horribles»: espíritus torturados en forma de larvas. No late. Y lleva encima «una marca que es insoportable de ver» — dónde está, quién la puso y qué le hace al que la mira, el archivo no lo dice, y este cronista prefiere no averiguarlo en persona.

Del interior, según los que salieron

Adentro, «estás como adentro de una especie de costillas de algo de carne roja»: costillar y vértebras en vez de vigas —«en vez de vigas tenía estructura ósea»—, celdas entre las costillas, cámaras, y abajo reductos y «túneles tubulares y también en forma de materia orgánica». El suelo es orgánico y pegajoso. Ilumina «una luz roja como de emergencia»; cuando anda en órbita lunar, apenas «la luminosidad de lo que puede ser el resplandor lunar». La parte habitable alcanza los ochenta pies.

La lógica del navío es que forma y sustancia son lo mismo: «un barco hecho de almas capturadas, en un punto tiene una forma orgánica». Las costillas, las vértebras, la carne roja y las larvas no son decoración sino el material: los espíritus torturados son la madera de esta nave, y la celda entre costillas es a la vez cárcel y víscera. Sobre ese cuerpo se atornilla lo náutico y lo militar.

Su interior funciona como prisión: mujeres cautivas, cada una con «un bebito», algunos en mal estado. A los prisioneros a veces los sueltan; con qué criterio, nadie lo ha establecido.

De su naturaleza y su maldición

Que nadie lo tome por un muerto que navega: es un magical construct, y cada parte suya lleva encantamiento. Vuela, cruza planos, «debe consumir una gran cantidad de energía» — y de ahí su función. Es «un recolector de almas moribundo» y «una máquina de comer almas general»; colecciona «almas pobres que murieron en algún lugar extraño» y consume la vida de los que están adentro. Su aura de necromancia es fuerte. Los nativos del territorio conocen a sus «predadores viajeros», que recolectan y «cosechan» a la gente de estas tierras.

Su regla constitutiva es la maldición: «no puede detenerse, no puede establecerse en un lugar que llame propio, tiene que estar siempre» errante. Quién dictó esa condena, cuándo y por orden de quién nació la nave, son cosas que el archivo calla.

Su resistencia es materia de asombro: se estima que harían falta unos ocho mil golpes de la peor artillería para partirlo al medio. Ninguna nave conocida se le compara: la de cierta compañía que lo enfrentó era cinco veces más chica, y aun una nave voladora aliada resultó «bastante menos grande que el Holandés».

Del Capitán y su gente

Lo comanda un Capitán que negocia con otros grupos — en qué moneda y por qué bienes, no consta. Es un viejo de «barba luenga blanca trenzada con dos cuervos» y parche en el ojo, figura espectral con galones de rango, capaz de volverse invisible por magia; de origen holandés, con posible padre o hermano sacerdote. Su nombre propio no ha llegado a este registro, ni su vínculo formal con Holanda: si es corsario con patente, desertor o condenado.

Su tripulación son Los Malditos: marineros con cascos con cuernos.

Quien cae en la nave pierde el alma. Así le ocurrió a StormJay Idaho, prisionero a bordo, cuya alma «fue sacada y fue entregada a un tipo de no-vida». Contra ese destino quedó dicho el juramento de una gesta entera: «iremos contra ese barco».

Derrotero conocido, si cabe la palabra

Los avistamientos ciertos son tres, y no forman ruta: estuvo cuatro días posado en Central Park y se fue al quinto; se lo ha visto bajo tierra, en una caverna; y está en la Luna, de cuya órbita emerge — de allí «salió el Holandés Errante de atrás». Si son estaciones sucesivas de un mismo errar, si el barco atraviesa realidades entre ellas, o si son naves distintas, es cuestión abierta.

Reparos del cronista

Este registro carga discrepancias que la honestidad obliga a declarar. Sobre la eslora, las versiones se dividen sin remedio: unos testigos dan ciento diez metros; otros, «unos 30 o 40 metros de largo». No hay modo de decidir cuál medida es la nave y cuál otra cosa; el vigía prudente desconfíe de ambas. Del episodio en que tapó la luz del Sol circula una cifra de «200 kilómetros» de sombra, pero llega en boca confusa y no debe tomarse por medida cierta. Tampoco sabemos qué hace el barco con las almas una vez cosechadas: si las incorpora a su estructura como larvas, si las consume, o ambas cosas — y quizá la distinción sea nuestra, no suya. Quién lo construyó, qué es la marca que no se puede mirar, y qué suerte corren las mujeres y sus criaturas a bordo: preguntas que este cronista deja abiertas, porque cerrarlas sería inventar.

Véase además: Los Malditos · StormJay Idaho · La Luna


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.