Toro

«Muy furioso pero al mismo tiempo hay un brillo sino de inteligencia por lo menos de sabiduría en la criatura.» — dicho de un toro que cruzaba un río, viniendo de frente

Escribo esta entrada sabiendo que no cartografío un lugar sino un nombre, y que el nombre es más grande que cualquiera de sus sitios. En Antiterra, Toro designa a la vez una constelación que rige a los compañeros, una estirpe de criaturas taurinas de agencia consciente, y los lugares —foro, plaza, fuerte— que se llaman así por haber alojado alguna vez a un toro. El cartógrafo que quiera dibujar el Toro necesita, por tanto, tres mapas: uno del cielo, uno del bestiario, uno de la geografía imperial. Yo he intentado los tres.

Del cielo

Arriba de todo está la Constelación del Toro. Bajo ella estaban los compañeros: se está «bajo la constelación del Toro» como se está bajo un techo o bajo una sentencia. Las constelaciones, es sabido, son conectables desde ciertos puntos del mundo; uno de esos puntos es un caudal contiguo al toro-serpiente, del que hablaré más abajo, y por ese caudal se ascendió por un rato —la duración nadie la midió— y se recibió poder mítico.

Anoto aquí, sin resolverla, una perplejidad de escuelas: sobre uno de los Toros pesa una asignación zodiacal que no es la suya. Le corresponde el signo de Virgo — «Ya no es más virgen», se dijo, y con eso el registro se da por satisfecho. Cómo conviven un Toro bajo Virgo y una Constelación del Toro propia es cuestión que los astrólogos disputan y este cronista se limita a consignar.

Del bestiario

Los toros de Antiterra no son ganado. Se cuentan de a uno o de a dos —«los dos toros», «el toro amarillo», «un toro volador», «viene un toro»—, y esa aritmética escasa los vuelve criaturas de encuentro, no fauna corriente. No son bestias: son adversarios que entienden lo que hacen.

En combate, el Toro pelea con una condición especial que el registro nombra «trágalong», «que te pone donde quiere». No es fuerza bruta: es control de posición. La criatura decide dónde está cada quien. Si esa facultad es de todos los toros o de uno solo, si admite resistencia, hasta dónde alcanza — el archivo calla.

Existe además una variante compuesta, el «toro-serpiente», cuya forma canónica cotejada es Osfiotauro. Está localizado: no muy lejos del árbol de memoria petrificada, junto al caudal que funciona como lugar de conexión con las constelaciones — es decir, junto a la boca que conecta lo de abajo con el Toro de arriba. No creo que sea casualidad. Es único en el registro.

De la ciudad imperial

En lo urbano el nombre se concentra en la capital. Hay un Foro del Toro en Constantinopla, y hubo un toro en «una de las plazas principales» de Bizancio, ligada al hipódromo. De ese toro se sabe lo esencial y lo peor: era hueco, y se podía encerrar a alguien adentro y quemarlo. Un antiguo emperador «que no fue por los buenos caminos» quemó dentro de él a un sucesor o a alguien importante, y por eso el toro fue retirado de la plaza.

La plaza siguió llamándose igual. Detengámonos ahí, porque es la lección de toda esta entrada: el nombre pesa más que el objeto. Retirado el bronce —o lo que fuera—, la plaza «seguía llamándose así». Los imperios pierden sus toros; los toros no sueltan sus plazas.

Del fuerte

Fuera de la ciudad hay una Fortaleza del Toro —el registro la llama también Fuerte del Toro, o Fuerte Toro, según la mano—. Sus coordenadas circulan: son transmitidas por las criaturas, como información táctica que pasa de boca en boca. Allí se encuentra un artefacto de sincronicidad, y allí fue llevado el defensor de París. La distancia entre el Fuerte y la ciudad no está fijada en itinerario alguno; de sus materiales, tamaño, guarnición y estado, nada se registra. Es un fuerte hecho enteramente de función: contiene, custodia, sincroniza.

De por qué todo se llama igual

La lógica que reúne cielo, bestia y muralla es la del toro como receptáculo y como posición. El toro de la plaza es hueco y contiene un cuerpo; el fuerte contiene el artefacto y al prisionero; la constelación contiene a los compañeros; y el toro-serpiente monta guardia junto al caudal por donde se asciende. El mundo llama Toro a aquello que aloja algo adentro y decide su posición — lo mismo que hace «trágalong» en combate, pero escrito en piedra y en estrellas.

Queda, indicada por el contexto pero fuera del alcance de mis fuentes, la reunión entre el toro del hipódromo, la ejecución imperial y «el toro limpio que la reina ofrece». Los tres términos se rozan; cómo se articulan, nadie lo ha dicho.

Advertencias de Paulus

Confieso los límites de este mapa, que son muchos. No sé si el toro de la plaza de Bizancio era estatua hueca, máquina de ejecución construida, o criatura muerta y preservada: el archivo lo deja explícitamente sin decidir, y yo he visto suficientes cosas en este mundo como para no descartar la tercera. No sé si el Foro del Toro de Constantinopla, la plaza principal de Bizancio y la plaza del hipódromo son uno, dos o tres lugares — ni siquiera sé si Bizancio y Constantinopla nombran aquí un mismo sitio, cuestión que a otros les parecerá obvia y a mí, que he visto ciudades desdoblarse, no. Hay una nota de dossier que sugiere que la Fortaleza del Toro es el mismo Osfiotauro — que el toro-serpiente sería a la vez criatura y plaza fuerte, receptáculo con voluntad—; los hechos no lo afirman, y yo no lo afirmaré por ellos. Ignoro quiénes son «las criaturas» que transmiten las coordenadas del fuerte, y a quién. E ignoro qué es «el toro limpio que la reina ofrece». El que viaje hacia cualquiera de los Toros, que viaje sabiendo que el nombre le llega antes que el lugar.

Véase además: Osfiotauro · Árbol de memoria petrificada · Constelación del Toro · Bizancio / Constantinopla · Hipódromo · Defensor de París · Artefacto de sincronicidad · Virgo


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.