Serapeum
Quien haya caminado Alejandría sabe que hay edificios que se visitan y edificios por los que se pasa: hitos que ordenan la ciudad aunque uno no cruce nunca sus puertas. El Serapeum es de los segundos hasta que deja de serlo. Se pasa «cerca del Serapeum» como quien pasa cerca de un faro terrestre; y sin embargo el que entra descubre que la ciudad entera se estaba orientando por un umbral. Este cronista, que ha envejecido entre sus escribas, lo consigna aquí para el viajero que quiera algo más que el rumbo.
Lo que se ve desde afuera
No espere el visitante una mole. «No era un templo gigantesco y alto, era más bien plano»: lo que se ofrece a la vista es el basamento de un templo bajo y extendido, y esa modestia de altura es ya una primera lección. Se llega a «una especie de terraza patio, con linderos y unos pilones grandes y unas banderolas afuera». Allí aguarda una serie de estatuas de Anubis — y aquí el viajero debe prestar atención, porque no están siempre en el mismo lugar: pueden aparecer «dispuestas de otra manera». Que las estatuas cambien de disposición indica que el edificio no es escenografía inerte: responde a quien entra. Un pórtico de seis metros por seis da paso al interior.
El descenso
La lógica del Serapeum es la del descenso graduado: lo abierto y público arriba, lo cerrado y secreto abajo. Adentro, columnas «que podrían ser cariátides», escarinatas, y lugares altos que alguna vez estuvieron abiertos al cielo «pero han sido tapeados» — cuándo y por qué, nadie me lo ha sabido decir. El camino baja por «una escarinata que baja así, en plano» hasta un descansillo del que salen dos pasillos, y desde ahí vuelve a bajar. Se recorren entonces cinco o seis cuartos «bien amoblados»: alabastros, contenedores para perfumes, estatuillas de lapislázuli. Algunos pisos son de madera, pero encastrados en piedra, «porque el tipo de arquitectura que hacen los egipcios para durar, las casas de la vida, que son los templos, son estructuras para la eternidad».
Al final, la cámara principal, «muy amplia»: un espejo y, frente a él, cuatro sillas «tapeadas de piedra, como para sentarse». Un ladrillo corredizo acciona el mecanismo que desplaza un panel de piedra y regula el acceso a las partes cerradas.
La prueba de los cuartos amoblados
El viajero ingenuo verá en esos cuartos un tesoro descuidado. Se equivoca: la abundancia está puesta en el camino porque es el examen. El lugar «sirve para separar las almas puras de quienes son tentados por el robo menor, por la simple tentación de llevarse lo que no les corresponde». Quien atraviesa el recorrido sin tomar nada «pasó una prueba de manera muy exitosa», y con eso accede a favores posteriores; quien cede a la estatuilla, queda excluido de lo que el lugar habilita. Los alabastros no son riqueza: son espejo, tanto como el de la cámara final.
Templo, biblioteca, tumba
Aquí conviene decir lo que el Serapeum concentra y otros mundos separan. Es templo dedicado al dios Serapis. Es «una suerte de biblioteca»: hay escribas trabajando de manera continua — «estaban todos copiando» cuando aparecen los visitantes — y en una de las salas hay estantes de libros y un escritorio, «un lugar donde vos copiabas los libros». Y es tumba: se «supone donde fue la tumba de Alejandro el fundador». Nótese que la ciudad dice supone; este cronista respeta el verbo y no lo endereza.
Las tres funciones no son un amontonamiento. En una arquitectura pensada para la eternidad — las casas de la vida — conservar el texto y conservar el cuerpo son la misma operación. Y hay quien llama al recinto «una suerte de biblioteca» y quien insiste en que es «un templo en realidad»: disputa de escuelas que dejo abierta, porque en Alejandría las funciones de un edificio se discuten con más pasión que sus dioses.
Situación
Uno solo, en Alejandría, en la zona de la Biblioteca de Alejandría, cuya función de archivo comparte. Es «un lugar bastante importante y grande». El área comprende también el museo greco-romano y «las tumbas del Serapeum». No hay noticia de otro Serapeum en el mundo.
Lo que este cronista no puede afirmar
Ignoro qué se hace sentado en las cuatro sillas frente al espejo: si son parte del rito o parte de la prueba, el recinto no me lo ha confiado. Ignoro quién administra el templo y de qué mano vienen los «favores posteriores» prometidos a las almas puras. Ignoro si son los sacerdotes, el mecanismo del edificio o el mero paso del tiempo lo que reubica las estatuas de Anubis. De los escribas sé que copian, no a quién responden ni qué copian exactamente. Y de las columnas que «podrían ser cariátides» corre una frase oscura sobre un golpe terrible que no sé si describe daño o leyenda. El viajero que averigüe más que yo, que lo escriba: para eso hay escritorio abajo.
Véase además: Anubis · Biblioteca de Alejandría
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.