Sara
Quien viaje hacia el norte del imperio encontrará su nombre en los itinerarios de superficie, entre las «ciudades con hombres y mujeres», con Zenobia y Sofronia más al norte. Quien descienda lo encontrará de nuevo, tallado en la boca de un refugio antiguo. Y quien llegue hasta el trono lo encontrará por tercera vez: sentado, con un látigo en la mano. Sara es las tres cosas, y ningún mapa ha logrado todavía dibujarlas juntas.
La fundadora y su casa
En el principio no hubo ciudad: hubo necesidad. Una drow «descartada de mundos antiguos» precisó dónde esconderse, y de esa urgencia nació «una especie de lugar refugio»: la vieja casamata de Sara, «muy antigua», que desde entonces «ha crecido» hasta abrir en su interior «un nivel gigante». Por eso el lugar y la persona comparten nombre — el sitio es la fundadora, y todo el asentamiento que se articuló alrededor depende de que ella siga sentada allí.
De la reina, los registros conservan tres imágenes que no se superponen y que este cronista se niega a fundir en una sola. La primera: la soberana del látigo, que recibe de frente a los ganadores de los juegos como quien recibe invitados en su corte. La segunda: el ser oculto, alguien «que estaba oculto en una cazamata», sacerdotisa y hechicera, «seguidora de seres que no voy a nombrar, del abismo» — palabras de su propio hijo, Minaya, que la nombra madre y no nombra a sus dioses. La tercera: la mujer que atiende, la que «vino a ver si vos estabas bien o no», que socorre a un herido y le entrega «un extraño escrito en etíope». Reina, sacerdotisa, enfermera de paso: tres caras de una autoridad que no es solo política sino sacerdotal, anclada en devociones abisales que no se pronuncian en voz alta.
Los tres asientos
El poder de esta corte se reparte en tres sillas, y conocer su aritmética es conocer el reino.
La primera es de Sara, única e irrepetible en su función. La segunda es del consorte: «muerto vivo de siempre», caballero de la muerte, al que las voces llaman «el señor de la sota» — esposo permanente junto al trono, garantía de una continuidad que nadie más puede dar. La tercera silla es la más extraña: un rey por un día, cargo temporario que se otorga al forastero que vence en los juegos — «ella tiene rey, por un día, que sos vos». Los juegos producen ganadores, los ganadores producen el rey efímero, y el muerto vivo permanece cuando el día se acaba. Así se cierra el circuito de la corte: lo eterno junto a lo instantáneo, y la reina en el medio, disponiendo de ambos.
La sangre y la superficie
El linaje de Sara mira hacia arriba. «Venía de las negras» — de las familias venecianas negras — y fue adoptada: «era alguien que representaba a los Donati». Ese es el otro hilo de su poder: hacia el bajo mundo, trono y sacerdocio; hacia la superficie, la representación de una casa. Si Sara cae, caen con ella el rey por un día, el consorte no-muerto y el vínculo de los Donati con las profundidades.
Su pueblo son los drow, y de ellos habla como de compañeros de camino: «he andado mucho con ellos, juntos llegamos acá». La ciudad que gobierna se llama Zaira, está «en las profundidades» y «todavía vive allí». Fuera del bajo mundo se la ha visto también en el predio de los juegos — «está Sara al lado» — y en las negociaciones sobre gemas en Zaira.
Advertencias del cronista
Que el lector no me pida lo que el archivo no da. Las voces alternan Sara y Zara para la reina, y Sara y Zaira para la ciudad, y ninguna establece si Sara es la persona y Zaira el lugar, si la reina es la ciudad, o si son dos entidades que apenas comparten sílabas: la cuestión queda abierta, como corresponde. Tampoco se reconcilian los itinerarios: la Sara de superficie, en el norte del imperio con Zenobia y Sofronia, y la Sara-casamata de las profundidades figuran juntas sin que nadie explique el pasaje entre una y otra. Hay además una niña de once años llamada Sara, dueña de una caña de pescar, que ningún registro conecta con la reina — ¿la misma en otro tiempo, una homónima, una figura sin parentesco? No lo diré yo. Del consorte no consta identidad cierta ni qué habría que ir a reparar en él. De los juegos no se sabe su naturaleza ni la ubicación exacta de su predio; del escrito en etíope, ni su contenido ni el motivo de la entrega; de los mundos antiguos que descartaron a la fundadora, ni cuáles fueron ni cuándo. Y de su aspecto, nada: ni estatura, ni color, ni vestido, ni voz. Solo el látigo y el trono — que quizás sea todo lo que ella quiso que quedara.
Véase además: Zaira · Minaya · Donati
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.