Pirexianos

Advertencia antes de leer: hay una costumbre entre los que sobrevivieron, y este cronista la respeta hasta donde el oficio se lo permite. «¡No las mencionemos! Horrendas como son.» El archivo, sin embargo, existe para nombrar lo que otros callan. Que el lector decida si pasa la página.

Lo que son

Una raza invasora de máquinas de mente colmena, venida de un mundo propio: «máquinas hechas de aceite, sombra y en esencia alien». No son bestias ni son soldados sueltos: son «maquinares», y su definición es la multiplicidad — «la unidad en la multiplicidad», una sola mente que actúa junta en muchos cuerpos. Vienen en distintos colores, y por el color se los clasifica en el terreno: «los hay azules, los hay verdes, los hay rojos, los hay más naturales». Cuatro variedades registradas, descubiertas no por estudio sino por acumulación de encuentros — que es la peor de las escuelas.

La lógica de la colonia

Operan como ejército y como plaga a la vez. Se rebelan, conquistan, y luego «van a proliferar y contaminar todo». No son incursión pasajera: son ocupación con obra propia. En el París infernal levantaron al menos una iglesia — «un templo maldito de cerca de tres kilómetros de alto».

Y acá conviene leer el templo junto con la conducta: los pirexianos trepan por las paredes y buscan posiciones elevadas. Tres kilómetros de piedra maldita responden a lo mismo que un maquinar trepando un muro — la altura es la forma en que esta raza se instala. El que entienda eso entiende cómo pelean y cómo edifican.

Cómo pelean

El ataque es colectivo, coherente con la mente que los gobierna: cargan energía de muerte y la liberan «todas juntas». No hay pirexiano que golpee solo; golpea la colmena entera.

Su debilidad fijada es el agua: «el agua no le gusta a los pirexianos». Pero atención con lo que eso significa, porque los registros son precisos: ante el agua no se tiran encima — corren a su lugar y empiezan a ver si pueden trepar por las paredes. El agua arrojada no los mata: los desplaza hacia arriba. El baldazo compra tiempo, no victoria. Y un enemigo que ante el peligro sube es un enemigo que después cae desde arriba.

El peso en la crónica

La lucha contra los Pirexianos duró cuatro años, y hubo quien la sostuvo solo durante todo ese tiempo — las voces del archivo no dicen quién, y este cronista no le va a poner nombre a esa soledad. Su retirada fue un acontecimiento que cambió el estado del territorio: «los pirexianos se van a su mundo horrible». Que una raza entera pueda irse en masa de la dimensión, como vino, dice tanto de su naturaleza como cualquier batalla: no fueron exterminados. Se fueron. La diferencia importa al que planifica el futuro.

Advertencias del cronista

Acá conviene pisar el freno y decir lo que no se sabe. Nadie ha dejado descripción de un pirexiano individual: ni tamaño, ni forma, ni número de miembros, ni el ruido que hace — quizás porque el que los vio de cerca prefirió el silencio de la costumbre. Se ignora qué distingue funcionalmente a un pirexiano azul de uno rojo o «más natural»: si son castas, funciones, jerarquías dentro de la colmena. De la energía de muerte no consta cuánto tardan en cargarla ni qué alcance tiene. Del agua, solo que huyen y trepan: si los daña o solo los repele, queda abierto. Qué se venera en el templo de tres kilómetros, y cómo se levantó semejante mole, nadie lo ha dicho. Y del «mundo horrible» no hay ruta, ni puerta, ni certeza de que no puedan volver de él. Esta última laguna es la que más debería preocupar al lector.

Véase además: el París infernal — territorio conquistado tras la rebelión · el templo de los pirexianos — su obra en tierra ocupada · el mundo propio de los Pirexianos — origen y lugar de retirada.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.