Malebrancho

«Ya volveré, ya volveré.» — palabras del diablo al retirarse, recogidas por los que lo vencieron

Primero no se ve un cuerpo: se ve «una sombra oscura y roja», sin contorno, y arriba de todo un resplandor que flamea. Así entra el Malebrancho en los registros de Nobiskrug — antes por su masa oscura y su fuego que por rasgo anatómico alguno. Los que alzaron la vista dijeron: «el que está arriba es una sombra grande. Son unas alas». Alas «gigantescas», «enormes», que agita para sostenerse a veinte pies del suelo. «O más. 20 o 30 pies.»

La sombra y el arma

Lo que lleva en la mano es materia de disputa entre los propios testigos, y este cronista la deja como la encontró. Unos vieron «una especie de horca, así, de metal»; la voz que narra corrige en el acto: «es como un tridente que le falta algo». Más tarde, el mismo objeto es «un fork más uno… es como una orca de dos lados» — bifurcado, entonces, de dos puntas. ¿Dos o tres? Las versiones conviven sin decidirse, y quien pretenda zanjarlo estaría inventando. En lo que todas coinciden: el arma «flamea en la parte de arriba», fuego constante en la punta, metal el resto, y encierra virtud mágica de primer grado, que suma quemadura al golpe.

El sistema del vuelo

Los tres elementos —las alas gigantescas, la altura de veinte a treinta pies, el arma flameante— no son rasgos sueltos sino un solo mecanismo de combate. Desde arriba, el diablo no necesita bajar: «va a tirar igual su fuego», descarga ígnea arrojada sobre los de abajo. Y cuando baja, baja en picada: «cae encima tuyo y te clava con su orca esta, su fork». Las alas no son mero desplazamiento; son la mecánica misma de su golpe pesado. El vuelo le da la posición, la posición le da el fuego, y la caída convierte esa posición en fuerza de impacto sobre el hierro.

El guardián que no muere

En Nobiskrug el Malebrancho ejerce de demonio guardián: está puesto para impedir un paso, y puede ser derrotado. Su derrota libera ese paso concreto, y su arma flameante pasó a manos ajenas como botín. Pero no conviene contar la victoria completa. Al ser vencido no murió: se retiró anunciando retorno — «ya volveré, ya volveré» —, y esa fórmula lo deja abierto en el mundo. El Malebrancho no se agota al ser derrotado. Es amenaza recurrente antes que encuentro cerrado, y quien porta hoy su fork haría bien en recordarlo.

Reparos del cronista

Uno solo consta en los registros, y no en tierra. Nada permite afirmar que haya más Malebranchos, ni que sea especie con varios ejemplares — como tampoco que sea individuo único: en la cita donde se lo nombra se lo llama apenas «el diablo», y si Malebrancho es nombre propio o nombre de una clase, el archivo no lo dice. No sabemos qué custodia exactamente en Nobiskrug ni por orden de quién; no sabemos si «ya volveré» es fórmula suya o ley general de los diablos de este mundo, que vuelven siempre. De su tamaño, de la envergadura de esas alas, de su sonido y su olor, nada quedó escrito. Y del fuego del arma en manos de quien la tomó como botín, el tiempo dirá.

Véase además: Nobiskrug — donde combate y donde monta guardia.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.