La Loba

Advertencia para el que baje: en el primer nivel del Infierno no hay puerta, ni portero, ni aduana. Hay una loba. Se la encuentra antes que a cualquier otra cosa, y conviene saber, antes de verla, que no es un animal del camino: es el nombre que este mundo le puso a su propia hambre.

Señas del animal

Se la recuerda «particularmente furiosa». Tiene «una negritud o algo así» y, sobre esa negritud, «unos tonos rojos que eran más que solamente los ojos inyectados en sangre». Que nadie lea ahí una herida: el Narrador fue claro —«No había sangre»—. Lo rojo, en esta bestia, no es lo que le sacaron sino lo que quiere: apetito puro puesto sobre pelo negro.

Su arma no es la garra ni el colmillo, sino la boca en su otro oficio: «un aliento espectacular, necrótico y maldito». Qué produce exactamente ese aliento —si mata en el acto, si enferma, si cobra después— es cosa que el archivo no dice, y este cronista prefiere no averiguarlo de primera mano.

No hay manada. En todos los registros aparece en singular, como la loba: una sola presencia, reconocible, que la compañía nombra sin necesidad de descripción previa. De su tamaño, su peso y su voz —si aúlla, si habla— no quedó ningún dato.

Domicilio y oficio

Su domicilio declarado es el primer nivel del Infierno, el que se asocia a Roma y a Lavaricia; ahí es residente, no visita. Y ahí cumple dos oficios que en cualquier otra criatura serían contradictorios: es guardiana hambrienta y es conocedora de los caminos. Sabe por dónde se pasa. El que la enfrenta tiene delante un obstáculo; el que sobrevive al encuentro tiene, quizás, un rumbo. Qué es exactamente Lavaricia —un nivel, una región de Roma, un nombre propio— es algo que las voces del archivo dejan apenas en «posiblemente».

Las tres lobas que son una

Tres capas se apilan sobre el mismo animal, y esa acumulación es toda su lógica.

La primera es la loba fundacional: la de Roma, la que amamantó a Rómulo y Remo. La que nutre.

La segunda es la loba infernal: la del primer nivel, la que ya no nutre sino que devora.

La tercera es la loba alegórica: la encarnación de la avaricia, «la hambre y la sed del mundo», colocada por el Narrador en «el centro de este cosmos». Su apetito tiene tres objetos declarados, ni uno más: «quería devorar el sol, la luna y el capital». No roba —eso sería poco—: devora, y devora por igual lo que sostiene el cielo y lo que sostiene el intercambio. La nodriza de Roma y la boca que se traga el capital son la misma bestia leída en dos sentidos: alimentar y tragar. Por eso los tonos rojos sin sangre: lo rojo, acá, es apetito, no herida.

El encuentro de la lanza

Contra el aliento necrótico hay, al menos, un recurso registrado: el arma de asta. En el único combate que el archivo conserva, un lagarto viene corriendo con una lanza, la loba salta, y «la lanza se desclava en la loba y se gira abajo». Si ese golpe la mató o si la loba sigue esperando en su nivel, el registro no alcanza a decirlo. El viajero prudente asume lo segundo.

La blanca replateada

Contra esa figura negra y roja el archivo registra una segunda apariencia: una loba blanca replateada que no habita el Infierno sino el mundo de arriba, que se mueve con una compañía de viajeros, cerca del coche, en el mismo espacio que los compañeros. Funciona exactamente al revés que la otra: es acompañante, se queda mirando, se recupera de heridas y puede abstenerse de un combate. En su última aparición está «muy herida», sin haber participado de la última pelea, dando vueltas alrededor del coche.

Si la blanca y la negra son la misma bestia en dos estados —el término opuesto de la serie: la que devora y la que acompaña—, sería el cierre perfecto de la figura. Pero los colores son incompatibles, ninguna voz declara transformación, y este cronista no cierra con simetría lo que el mundo dejó abierto. Se dice, además, que la blanca tendría amo o compañero: se apunta a Alirón, el Vasco. Ninguna voz lo establece; queda como rumor de dossier.

Advertencias del cronista

Que el viajero cargue estas dudas junto con el agua: no se sabe si la blanca y la negra son una; no se sabe si la lanza del lagarto mató; no se sabe de quién es compañera la replateada; no se sabe qué hace exactamente el aliento maldito; no se sabe si la loba habla o si su conocimiento de los caminos se ejerce de otro modo; no se sabe qué es Lavaricia en el fondo. Lo único seguro es esto: quien entra al Infierno se topa con ella antes que con nada, y lo que ella quiere no es tu bolsa ni tu cuerpo —es el sol, la luna y el capital. Vos, al lado de eso, sos apenas un bocado de paso.

Véase además: Infierno · Rómulo y Remo · Alirón · Lavaricia


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.