El Viejo, peregrino

«Es de esa gente amena con la cual te gusta charlar.» — dicho de quien lo cruzó en el camino, y no supo decir más

Escribe Paulus Alexandrinus: de casi todo lo que anda por los caminos puede decirse de dónde viene y hacia qué santuario va. De este hombre, no. Tiene cuarenta y cinco años, edad que en nuestro siglo ya es venerable —pues la vejez nos llega temprano, y llega con autoridad—, y anda de peregrino, vestido con túnicas, apoyado en una vara que irradia algo. Uno solo: los registros hablan de un individuo, no de un tipo ni de una orden. Su domicilio es el camino.

Retrato

Los que lo vieron discrepan, como discrepan siempre los testigos honestos. Unos lo pintan de piel pálida y pelo largo, rubio que «está empezando a ser canoso», tanto que «lo rubio se confunde con lo blanco»; otros lo recuerdan canoso y «medio aplatado». Los ojos son celestes según una boca, y según otra «como si fuesen zafiro». Este cronista anota ambas versiones y no elige: quizá lo vieron en horas distintas del día, quizá en años distintos de esa vejez temprana, quizá la memoria hace con los peregrinos lo que la distancia hace con las montañas.

En lo demás hay acuerdo. Viste muy sencillo: «unas cúnicas marrones nada más y unas sandalias» —así quedó dicho, y así se conserva—. Del cuello le cuelga una cruz de madera. Y la cara, en eso todos coinciden, «transmite una tranquilidad muy zarpada».

Lo que exhibe y lo que guarda

Léase el equipo como se lee un texto, que es el oficio de este archivo. Túnicas marrones y sandalias: lo mínimo para andar. La vara: el sostén de un cuerpo viejo que hace camino. La cruz de madera: la declaración de a qué se peregrina, tallada en el mismo material barato que la vara. Un conjunto coherente, pobre y ortodoxo, legible de una sola mirada.

Pero sobre ese conjunto legible se montan dos anomalías, y son las dos puntas por donde este hombre excede lo humano. La primera: la vara no es solo vara. «Tiene como unas cualidades especiales, sobre todo porque es como que irradia una cosa» — qué irradia, si todos lo ven, si es obra de arte mágica o de gracia sagrada, nadie lo dejó dicho. La segunda: por debajo de las túnicas le cae algo «como si fuese un amuleto», un segundo símbolo religioso que no se muestra. Es decir: un hombre que exhibe pobreza y una fe, y guarda debajo otra cosa. Si el amuleto oculto y la cruz colgada son un mismo objeto visto dos veces, o dos objetos distintos —y en tal caso, de qué culto es el escondido—, los registros lo callan, y sospecho que lo callan a propósito.

Su modo de estar en el mundo

No es figura de enfrentamiento sino de trato. La amenidad y la tranquilidad que transmite lo vuelven alguien con quien se conversa, no alguien a quien se combate. Su marca de estatus no es la riqueza sino la edad: a los cuarenta y cinco «es venerable», y esa sola palabra le abre lo que a otros les abre el oro. Los archivos lo describieron con un detalle inusual —dos pasadas independientes sobre pelo, ojos, piel y ropa—, y esa insistencia es en sí misma un dato: el mundo lo trata como presencia significativa, no como un caminante más del fondo del cuadro. Su importancia queda establecida; su medida, no.

Advertencias del cronista

Confieso los límites de mi ciencia. No sé si «el Viejo» y «el peregrino» son un solo hombre o dos que el camino confundió: los registros lo anotan como posible, no como establecido. No sé su nombre propio, si lo tiene además del apodo; ni si pertenece a orden, iglesia o comunidad alguna. No sé de dónde viene, adónde peregrina, ni cuántas veces ha hecho la ruta: aparece caminando, con lo puesto encima, y así se va. Nada consta de su estatura, su contextura, su voz ni su olor; nada del desgaste de las túnicas, de los remiendos, del polvo del camino sobre las sandalias. El que lo cruce, converse —para eso parece hecho— y, si averigua qué irradia la vara o qué cuelga bajo la túnica, que lo escriba mejor de lo que pude yo.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.