Cuevas de Éfeso
Quien tome el camino de Éfeso —«una de las ciudades» que el cronista da por conocidas— hará bien en apartar la vista de las bocas oscuras que se abren fuera de los muros. No porque haya en ellas peligro declarado, sino porque hay en ellas gente dormida, y el que duerme trescientos años no perdona al que lo despierta.
Del sitio y su fama
Los registros son parcos con la piedra. Nada dicen de su altura, de su luz ni de su aire; dicen, en cambio, dónde está y qué fama arrastra: «hay un lugar con cuevas camino a Éfeso que además tiene fama de ser un lugar de cementerio de bestias como dragones». Las cavidades son practicables y están comunicadas —se sabe de quien «aparece por la cueva», señal de que hay bocas conectadas y paso franco—, pero si los huesos grandes y los cuerpos dormidos comparten una misma cámara o son dos vecindades del mismo sistema, eso el archivo no lo establece.
Las cuevas, en sí, no son rareza de Éfeso. Existen «las cuevas de Cilicia también», y dormir bajo piedra es saber común de viajeros —«conocen la posibilidad de dormir en cuevas»—, al punto de que hay quien se ha criado en ellas. Lo singular de Éfeso no es la cavidad: es la fama, y el historial de uso. Por eso se la invoca desde lejos como vara de medir: «no estamos en las cuevas de Éfeso», dice el que quiere señalar que el suelo donde pisa no ofrece las mismas garantías.
De la vía lenta
Hay dos maneras de cruzar los siglos. Una es el salto del cronomante. La otra es esta: acostarse y dejar que el tiempo pase por encima, a la manera de los Siete Durmientes, que dan al lugar su otro nombre —la cueva de los durmientes—, su número y su plazo: trescientos años como duración heredada de la leyenda.
La condición de funcionamiento es una sola, negativa y estricta: el lugar «que no sea alterado durante 300 años». El que remueve al durmiente rompe el sueño. De ahí que la misma propiedad —el abandono— haya hecho del sitio dos cosas a la vez: el mejor dormitorio para un cuerpo que debe atravesar siglos, y el osario donde los huesos de las bestias se quedan porque nadie entra a llevárselos. En Éfeso hay, todavía hoy, personas en sueño mágico.
De la ruina de la garantía
Y sin embargo el cronista debe consignar la pérdida. «Sabemos que ya no son más 100% seguras»: esa es toda la medida de su estado presente, y basta para que se descarte volver a usarlas —«no funcionarían las cuevas de Éfeso»—. La causa se atribuye a hechos previos en los que alguien «lo sacó de ahí»; qué o a quién sacó, los registros lo callan. Lo cierto es que la propiedad que sostenía todo —el sitio no alterado— fue alterada, y con ella se cerró, por sustracción, una ruta de tránsito por el tiempo que antes existía. No consta reemplazo. El mundo es hoy más angosto en una dirección que no figura en ningún mapa: la de los siglos.
Que las cuevas se hayan evaluado como estrategia de una compañía entera, y no como curiosidad del camino, dice de su peso: cuando se discute cómo cruzar los siglos, las cuevas entran en la deliberación como opción frente al salto directo. Su ruina no es anécdota; es una puerta que el mundo tuvo y ya no tiene.
Advertencias del cronista
Confieso los límites de mi ciencia. No sé si el cementerio de bestias y la cueva de los durmientes son un solo recinto o dos bocas contiguas. No sé qué suerte corre el durmiente cuyo sueño se interrumpe antes del plazo: si envejece de golpe, si muere, si despierta desfasado en un siglo que no es el suyo. No sé quién custodia el acceso, ni si hay que pagar o pedir venia para acostarse ahí. Y no sé —nadie lo ha escrito— qué fue exactamente lo que alguien sacó, ni por qué su mano bastó para arruinar trescientos años de garantía. Advierta también el lector que existe en otro ciclo un tal Cuevas, «el grandote del martillo», que no porta fusil sino maza de picapedrero: comparte con este sitio apenas la palabra, no la piedra. El que confunda al hombre con el lugar, lea dos veces.
Véase además: Éfeso · Cuevas de Cilicia · Siete Durmientes
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.