Castillo de Vladi

Itinerario del que va hacia el este: se sale de Praga por la ruta que ya lleva su nombre —Ruta Praga – Castillo de Vladi—, se cabalga a lo sumo dos jornadas, unos cincuenta kilómetros, «no es demasiado lejos», y se cruza en algún punto la línea invisible donde termina la jurisdicción de la ciudad. Del otro lado de esa línea espera el castillo. Es la razón de que exista la ruta, y durante un tiempo fue la razón de que se moviera cierta carga que Praga no podía retener: «la idea era llevar esta hostia hacia el este. Hacia un contacto. Un castillo. Es un benefactor».

El bloque

Quien lo ha visto lo describe sin ornamento: «viste cómo es, piedra caliza blanca, es un bloque de piedra». No está amurallado; es «una especie de estructura que resiste por sí misma», un macizo con almenas arriba al que se sube por una serie de escalinatas. Corre la leyenda de que sus murallas tienen tres metros de grosor. En las inmediaciones el terreno se corta en un acantilado de treinta a cuarenta pies, y a unos seis kilómetros hay un pueblo cuyo nombre este cronista no ha logrado fijar.

Las paredes están horadadas «como si hubiera sufrido una mezcla de asedio, un intento de incendio, probablemente las dos cosas». En las afueras quedan estructuras esculpidas «que pueden haber sido alguna vez estatuas de Santos»: están deformadas. No hay ningún guardia afuera. Está cerrado, sellado.

El doble cerrojo

El castillo está «bien cerrado» en dos sentidos, y conviene entenderlos juntos. El primero es el físico: cuando vino el ataque se cerró a cal y canto, y de esa clausura vienen el sellado, la ausencia de guardia visible y los daños de asedio e incendio. El segundo es el mágico: tienen unos Dimensional Anchor, de modo que dentro del castillo no se puede teletransportar. Masa y magia cubren así las dos vías por las que se entra a un lugar semejante: la escalada y el traslado. Quien entra, entra a pie; quien sale, sale a pie. La distancia misma es la regla de acceso: dos jornadas de ida, dos de vuelta.

La contracara de Praga

La sede del poder está en el Castillo de Praga, visible desde las calles empedradas; Vladi es otra cosa y está en otra parte, y esa otra parte es precisamente su oficio. Lo que no puede quedar en Praga va a Vladi: su condición de exterior a la jurisdicción de la ciudad es lo que lo habilita como destino de un traslado clandestino y como sede de un benefactor. Mientras la hostia se movía, Vladi era la razón del movimiento. Quién es ese contacto, y qué daba a cambio de recibirla, el archivo no lo dice.

De los otros castillos, que no son éste

La palabra «castillo» abunda en los registros y engendra confusiones que este cronista debe desarmar. El Castillo de Silling —también escrito «Sealing»— está en la Selva Negra, sobre un altiplano de unos dos mil metros rodeado de rocas a pico «como una pantalla, no hay abertura»; allí residen nobles y se preparan rituales de transformación con cautivas: no confundirlo con Vladi. El Castillo de Prisma es de cristal de distintos tipos y colores, flota a miles de metros y alza seis grandes torres «como gigantescos guardianes» —rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul y púrpura—, con puerta de cristal que cierra el perímetro: tampoco es éste. El Castillo de Popa es sección de la nave Reunidos, homónimo náutico sin relación alguna. El castillo la piedra roja, en las afueras de Kosovo, y el castillo en Serbia propiedad del príncipe Mony, son entidades distintas. Que alguno de ellos guarde relación con Vladi más allá de la palabra que comparten, nadie lo ha establecido.

Advertencias del cronista

Debo a la honestidad del oficio una confesión: el retrato físico del bloque —la caliza blanca, las escalinatas, las almenas, los tres metros de leyenda, las estatuas deformadas, el sellado, el pueblo a seis kilómetros, el acantilado— llega a mí bajo el nombre desnudo de «el castillo», y lo atribuyo a Vladi por continuidad del relato, no por sentencia del autor. Quede dicho, y quede en duda. Quedan en duda también las preguntas mayores: quién habita hoy adentro, si es que alguien habita; cuándo fue el ataque que lo cerró, quién atacó y quién defendía; si las estatuas de santos se deformaron por el asedio, por iconoclasia deliberada o por efecto de otra cosa; cuántas anclas dimensionales hay, dónde están puestas y qué mano las instaló; y bajo qué jurisdicción cae, en fin, un lugar unido a Praga por una ruta nombrada pero exento de su ley. Un castillo sellado no responde preguntas. Ese es, quizá, su oficio más antiguo.

Véase además: Castillo de Prisma


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