Bandidos del Tiempo

«Es la primera vez que tenemos a los bandidos del tiempo en una prisión que les corresponde.» — dicho de la autoridad ucrónica, al estrenar celdas que ya estaban construidas

Escribe Paulus Alexandrinus: toda edad produce el ladrón que se merece. Donde el oro es moneda hay salteadores de caminos; donde el tiempo se presta, se hipoteca y se alquila, aparece —necesariamente, como la sombra sigue al cuerpo— quien lo sustrae. La ucronía de París los reconoce ya como categoría propia: bandidos del tiempo, los que viajan por él y toman lo que no les corresponde. Que la prisión tuviera celdas para ellos antes de tener presos dice más del mundo que de los presos.

La marca del oficio

Nada fija el mundo de sus ropas, sus armas ni sus insignias. Lo único que los delata está escrito en sus cuerpos: envejecen. «Viajar a través del tiempo es envejecer», y el envejecimiento es precio literal — un ser del tiempo lo cobra a cambio de una gema: «déjate vivir en el viaje del tiempo que es envejecer, te lo daré todo ahora». Entre viajes pasaron años suficientes para notarse: «no tenían barba ni pelo largo, bueno, pasaron cosas». Se los reconoce, pues, por la barba y el pelo largo que antes no tenían. El desgaste es el uniforme.

El tiempo como botín

Operan en un mundo donde «tiempo es dinero»: «se presta, esa es una de las monedas», se hipoteca y se negocia. Hay quien cobra alquiler por él —«el tiempo lo han hecho su morada, cobrarán alquiler»— y quien lo acepta como pago de placer: «a cambio de tiempo te dan un placer inolvidable». Robar tiempo es, por tanto, delito patrimonial además de cosmológico, y por eso lo vigilan dos autoridades: el Ministerio del Tiempo, que investiga los crímenes temporales y los tuvo contratados —cuatro quintos del grupo firmaron acuerdo como investigadores suyos—, y la Prefectura del Tiempo, que regula y supervisa los viajes, con el Subprefecto del Tiempo al frente de las investigaciones: «hombre de la silla de ruedas y vapor». En paralelo se les tendió el reverso legítimo del oficio: «están invitados a ser Guardianes del tiempo con el título que quieras». Investigador contratado, preso y candidato a Guardián: tres caras del mismo oficio, y la misma gente pasa por las tres.

El mapa que hace posible el robo

Un tiempo con topografía es un tiempo asaltable. La cosmología ucrónica lo describe como «ordenador» que «extiende su trama, su tela como una alfombra que se despliega» con «un patrón de ilustraciones como si fuera una historieta»; como «biblioteca» de momentos consultables; como «laberinto»; y —doctrina que enuncia Philip el relojero— como espacio recorrible: «el tiempo se había vuelto un espacio». Su campo de operación es París Ucrónica y todo lo que hay del otro lado del semi-plano del tiempo, la barrera dimensional que rodea la ciudad y que revela peligros a quien carga deuda temporal. Sus destinos alcanzan «por lo menos 150 millones de años» hacia atrás, hasta la Noche de los Tiempos, que nombra la Biblia de Kronamon.

Los límites del asalto

El tiempo «se abrió ahora» — estuvo sellado, «por eso nadie lo había podido modificar». Los bandidos son la primera generación capaz de intervenirlo, y de ahí el enunciado del riesgo: «queremos que el tiempo no se destruya». Pero los rige el «sistema cerrado del tiempo», con límites duros: en un cronocidio «no se puede volver atrás»; «hay lugares donde no podés reincidir porque se cambió una cantidad de veces»; y cada viaje genera fluctuaciones —«su fluctum, su anomalía»— que despiertan seres que después persiguen al grupo. Sobre todo ello pesa un determinismo declarado: «todos los hechos están encadenados para que termine en ese desenlace en la realidad, no se puede escapar de eso»; «no cambian los hechos, lo que hacen es ir por otro camino». Pueden alterar la ruta del mundo, no su desenlace. Su golpe más ambicioso registrado: raptar el Laberinto del Tiempo «para poder enfrentar a las fuerzas oscuras diabólicas».

Las potencias que rondan el oficio

Sobre París flota una deidad que elige elegidos —Dios del Tiempo, Señor del Tiempo, Señor de la Historia: los nombres se acumulan sin que el archivo diga si nombran una potencia o varias—, y su legado se discute con Philippe. El Dragón del Tiempo lanzó un llamado que desapareció a los dragones y a casi todos los héroes. El Imán del Tiempo, figura de la tradición islámica de este mundo, ya está presente y es «muy peligroso». Hay un Palacio del Tiempo nuevo en la región de Notre-Dame. Cakravartin sostiene que «el tiempo va al revés», que el futuro es el pasado. El padre de Swann visitó la forja legendaria, «lugar del tiempo», vista por última vez hace mil años. Y a la aparición de Ti «se paró el tiempo un toque» — aunque queda abierto si el tiempo se detuvo de veras o si así lo percibieron quienes lo vivieron. Se menciona, además, «el sacrificio de los guardianes del tiempo», sin que se diga cuál fue.

Advertencias del cronista

Confieso, lector, lo que no sé, que es mucho. No sé si «Bandidos del Tiempo» es nombre impuesto por la autoridad, adoptado por ellos —«nosotros somos bandidos del tiempo», quedó dicho— o pronunciado primero por el cronista que los narra: las versiones coexisten y no las resuelvo. No sé si Ministerio y Prefectura son un mismo órgano con dos nombres, dos organismos, o uno subordinado al otro: las actas usan ambos como autoridad de lo temporal. No sé si el Laberinto del Tiempo es lugar donde confluyen muchas líneas temporales o cosa raptable — figura como ambas. No sé si los Guardianes del Tiempo y las Guardias Ucrónicas son el mismo cuerpo. No sé cuántos son los bandidos ni sus nombres — solo la fracción: cuatro quintos firmaron. No sé el precio del tiempo, ni en qué unidad se hipoteca; no sé qué pena corresponde al bandidaje temporal ni dónde queda la prisión «que les corresponde». Y circula una pregunta que nadie ha ratificado: «si me dicen que todo se termina en 12 años» — la dejo donde estaba: como pregunta.

Véase además: Cakravartin · Biblia de Kronamon


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