El nombre con que los cóndores rebautizan el asentamiento de las islas, en honor al gaucho Antonio Rivero y su resistencia de 1833. Donde el inglés escribe Stanley, los recién llegados del vuelo desviado a las Malvinas escriben Rivero: el gesto de rebautizar es ya una manera de reclamar el suelo, de decir en voz alta que el pueblo ordenado y frío que los recibe está levantado sobre una historia argentina expulsada.

El estrato intermedio

Bajo el pueblo inglés late lo que la ocupación borró. Los últimos pobladores antes de que los británicos los echaran fueron la familia Vernet, y la disputa de soberanía de 1833 —la ocupación, el monumento que la consagra— quedó como la cicatriz que el asentamiento tapa con sus casas prolijas. En la gesta, esa disputa no es telón de fondo sino un estrato preciso: el intermedio, el que se interpone entre la roca arcaica que duerme en el subsuelo y el horror cósmico que la habita.

Las islas tienen así tres maneras de decir lo mismo, y Puerto Rivero es donde las tres se tocan. Está la edad de la piedra, anterior a todo, que el mineral azul guarda como un órgano dormido. Está la edad de la historia, la del gaucho Rivero y los Vernet y la bandera arriada en el 33. Y está la edad del fondo, lo que medra bajo el agua y bajo la hospitalidad isleña. Tres estratos para una sola verdad: el suelo que los cóndores pisan ya tenía dueño, y lo tuvo mucho antes de 1966 —antes incluso de que hubiera nadie para disputarlo.