Pomola

«Puede transformarte, hacerte parte de la naturaleza, o ayudarte: depende de qué vayas.» — advertencia recogida entre los que conocen los pasos altos

Escribo esto para los que vienen detrás, con la pluma todavía temblando de altura. En los picos del norte, donde acaba lo que Europa ha cartografiado y empieza lo que Europa no ha podido pisar, mora el Ave de Trueno: Pomola, espíritu guardián de los bosques montañeses, encarnación de la naturaleza misma, fuerza canalizadora de la magia natural. No es un encuentro más del camino. Es un nudo del mundo.

De su figura

Los que lo han visto no se ponen de acuerdo en el color ni en la envergadura, y sospecho que el olvido es parte de la aparición. Lo que sí queda dicho: es «el gran ave gigante» que vuela, y es también una forma mixta que se aparece en los picos — «una mezcla de un hombre-águila gigante», gigante en el sentido llano de la palabra, con «curvaturas de ciervo» en el cuerpo. Águila de altura y ciervo de bosque montañés: las dos cosas que el territorio contiene, reunidas en una sola carne. Se lo dice además «de sangre gigante», expresión que los viejos usan sin explicar y que este cronista transcribe sin entender.

La forma humanoide es lo que permite negociar sin dejar de ser animal. Por eso habla — es muy inteligente y habla — pero conviene saber con quién habla mejor: «no consideran del todo que la cultura y la lengua aportaron demasiado». Hablan con los animales; con los hombres no se comunican de la misma manera que nosotros entre nosotros. De ahí su fama de impredecible: siendo espíritu de la naturaleza, no hay protocolo humano, ni bandera, ni carta patente que garantice el resultado del encuentro.

De la disputa de las escuelas: uno o muchos

Aquí debo dejar constancia de un desacuerdo que las voces del norte no han resuelto, y que yo no voy a resolver por ellas. Unos hablan de Pomola como potencia única y nombrada: el Ave de Trueno, el que comisiona, el que recibe promesas. Otros hablan de «los Pomola», en plural, «una especie de guardián de sangre gigante» que aparece allí donde «hay un poder natural fuerte» en las montañas: el poder convoca al guardián, y donde hay muchos poderes habría muchos guardianes. Las dos doctrinas conviven en los mismos valles sin escandalizarse la una de la otra. En cualquiera de las dos lecturas, la conclusión práctica es la misma: es raro y es remoto. No se lo encuentra; se va a buscarlo.

De su trato

El trato con un Pomola tiene dos salidas y ninguna intermedia: puede ayudarte, o puede hacerte parte de la naturaleza — convertir al visitante en paisaje. La moneda no es el metal sino la intención con que se lo aborda: «depende de qué vayas». Tiene «equivalentes atributos poderosos» a los de otras potencias, y por encima de eso es canal: donde él está, la magia natural pasa.

Y comisiona. Una compañía fue enviada por el Ave de Trueno a frenar a los holandeses y al barco maldito. Y cobra promesas: parte de la promesa hecha a Pomola fue el hundimiento de Manhattan. Que el lector mida lo que significa que el destino de una ciudad quepa dentro de la promesa hecha a un ave.

De la frontera

Que se sepa en las cortes de Europa, aunque no lo escriban en sus mapas: la razón de que los europeos no hayan podido pasar estos picos es el Pomola. Su dominio se extiende sobre una línea de montañas concreta que marca el límite oriental de la penetración europea, y su beneplácito fue la llave del acceso a Manhattany y de la continuación del viaje. La misma criatura es criatura, deidad local, canal de magia y frontera — porque la naturaleza encarnada no distingue entre proteger un bosque y frenar un imperio. Es lo que ocurre cuando un territorio tiene voluntad. Cuando el Pomola cambia de disposición, cambia el mapa.

Advertencias del cronista

Confieso al lector lo que no sé. No sé si el Ave de Trueno que comisiona es el Pomola o un Pomola; las escuelas siguen en disputa. No sé qué quiere decir «sangre gigante» — si linaje, si estatura, si cualidad mágica. No sé si el hundimiento de Manhattan es letra literal —la isla bajo el agua— o fórmula de la promesa, ni si ya ocurrió o pende todavía sobre esas costas; ni cuál fue la forma exacta del pacto, qué se dio, qué se pidió, quién quedó obligado. Nadie me ha descrito su plumaje, su voz, ni qué se oye cuando aparece. Nadie me ha señalado en un mapa dónde empieza y dónde termina su barrera. Y sobre la pregunta que más importa —qué determina que ayude o que transforme— solo tengo la sentencia que abre esta crónica, que no es regla ni rito sino espejo: depende de qué vayas. El que suba, que suba sabiendo con qué intención sube.

Véase además: Manhattany · Hundimiento de Manhattan · El barco maldito


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.