Jesuita destinado al Fortín de la Estrella Federal y al Palacio del Lodo en la Protección de la Plata. Hombre negro, de buenas maneras, con un bigote que parece pertenecer a un retrato de otro siglo: esa incongruencia temporal es lo primero que nota quien lo ve. Lee francés y latín sin esfuerzo visible, y maneja la pluma con soltura que pocos en el fortín igualan. No confiesa con dureza ni hostiga a los soldados; cumple sus funciones eclesiásticas con una distancia amable que desconcierta a quienes esperan del cura de frontera o el rigor o la complicidad.

Hay en torno a él una incomodidad que los hombres del fortín no saben articular. El bigote anacrónico, los siglos que parecen habérsele pegado al rostro, la familiaridad con lenguas muertas: todo sugiere que el Padre San Miguel lleva en el mundo más tiempo del que un hombre debería llevar. En la gesta ucrónica de Santa María de Torregrises circula el rumor —documentado en al menos un testimonio de la partida— de que ciertos jesuitas portan sobre sus espaldas ciento cincuenta años o más, pruebas incluidas. San Miguel podría ser uno de ellos: un eslabón en la cadena de los eclesiásticos longevos que atraviesan la frontera rosista sin envejecer del todo.

Su vínculo con el ex jesuita Clavijero, y la sombra del enigmático Bertrando —capitán o agente de alguna potencia no identificada— sitúan al Padre San Miguel en el nudo más oscuro de la conspiración clerical que corre por debajo de la guerra entre federales, unitarios y albiones.

Vínculos

Casas del ciclo · ⌖ Jesuita longevo en la frontera rosista de la gesta ucrónica de Torregrises: la Historia real —el rosismo, los federales contra unitarios, la Compañía de Jesús— inscrita verbatim en la diégesis, con su Fortín de la Estrella Federal y su Palacio del Lodo. El bigote anacrónico delata al que lleva ciento cincuenta años cruzando la frontera sin envejecer, en el nudo conspirador que comparte con Clavijero. El archivo cuelga lo sobrenatural del andamio de la historia argentina, fechado en 1838. — glosa de Sucesos.