Neil el Rider

«Neil, pero todos me conocen como Neil el Rider.» — así se presenta él mismo, allí donde nadie lo conoce de vista

Consigno aquí, para memoria de los que viajan por estas provincias, el retrato de un aventurero singular con quien las voces del archivo se cruzaron: un ciego de acento medio escocés, armado, pertrechado y en camino, cosa que en otras tierras se tendría por imposible y que aquí se registra como hecho llano.

Del hombre y su condición

Es uno solo: una persona, no una compañía ni un oficio. Ciego es, y por la ceguera se lo reconoce antes que por el nombre —«un ciego intentando…», dicen los que lo ven obrar—, y en segundo lugar por el equipo. Habla «en un acento medio escocés», y calza sin embargo «unos mocasines de fina factura india»: dos orillas del mundo en un solo par de pies, y este cronista no sabrá decir por qué camino se juntaron.

Del equipo, que es completo

Quien quiera saber cómo sale al camino un aventurero bien dispuesto «dentro de la humildad», mire a este hombre, porque lleva las cuatro cosas que hacen falta: arma, defensa, carga y bendición. Por arma, una rapier — punta y guardia, no fuerza. Por defensa, un escudo de tortuga a la espalda y armadura de cuero negro, con botas, y un calzón corto que le deja las piernas al aire. Por carga, un pequeño pack, de cuyo contenido nada consta. Y por bendición, unos guantes marcados con simbología «cuya bendición acompaña este viaje» — que no son adorno, sino pieza de protección propiciatoria, tan del ajuar del viajero como la espada misma. El conjunto se lee «todo bien crafteado, como de alguien que sale a hacer aventuras con buen equipo dentro de la humildad».

Del oro que lleva encima

Trae oro a la vista: anillitos de oro y dientes de oro — «para lo que es acá tiene un poco de oro encima». Esa medida lo pone por encima del estándar del sitio donde se lo encuentra, y lo convierte en riqueza portátil que camina: los presentes, al verlo, ya calculan que «hay que sacarle los dientes». Adviértalo el lector: el oro visible es moneda y es carnada, y este hombre carga las dos cosas en la misma boca.

De las marcas, que no son del oficio

Sobre el equipo, que dice qué hace, van las marcas, que dicen de dónde viene y qué le pasó. En el cuerpo, tatuajes de corazones, muchos corazoncitos escritos, «algo antiguo, se tatuaban también otras culturas». En la armadura, incrustada, una escarapela verde, cuya filiación —casa, orden, nación o premio— nadie ha declarado. Los mocasines indios cierran la cuenta de las señas. Qué historia cuentan los corazones, y qué bandera es la verde, el archivo lo calla.

Reparos de este cronista

Quede dicho lo que no consta, para que nadie lo dé por sabido. No se sabe si su ceguera es de nacimiento o de accidente, ni cómo combate y viaja sin ojos — si hay compensación, guía, animal o arte que lo asista. No se sabe qué es ese «acá» contra el cual se tasa su oro, pues los registros no fijan lugar, región ni procedencia. No se sabe qué simbología exacta llevan los guantes ni qué mano otorga su bendición, ni qué guarda el pequeño pack. Y hasta el nombre y el epíteto piden cautela: las voces vacilan en la forma del uno, y del «Rider» no está resuelto si es título verdadero o palabra oída a medias. El que se lo cruce en el camino, que pregunte — y que no le mire mucho los dientes.

Véase además: el escudo de tortuga que porta · la rapier que es su arma · los guantes bendecidos que acompañan su viaje · la escarapela verde de filiación no declarada.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.