Presentación

Ray los vio primero, en lo profundo de la noche, cuando la clarividencia le despertó y él preguntó nada más que dónde estaban los pibes, los amigos que nunca llegaron a casa. Vio una sala cuadrada con un reloj corriendo, un obelisco de obsidiana sobre plataformas, la ciudad entera agujereada por debajo como un queso gruyere industrial. Y al fondo, un palacio de candelabros de hierro y puertas despedazadas, con el suelo acolchonado y almohadones de plumas desparramados: un lugar cómodo, acogedor. En el centro, suspendido de cadenas, el cuerpo de una mujer abierta al medio, «como si fuera pescada». Arriba, un cielo raso que no era techo sino tela de araña. Y alrededor del perímetro, una pasarela de tres metros de ancho, y sobre ella cinco globos transparentes — capullos como botas de ámbar —, cada uno con una persona adentro, de pie sobre placas de metal talladas con la figura de la virgen verde y negra que habían visto en la iglesia.

Los compañeros desaparecidos eran cuatro. Los capullos eran cinco. Hay alguien más ahí adentro, alguien que no conocen, y Ray fue el único que llegó a verlo.

Los que despertaron dentro de los capullos contaron lo otro: la sala atravesada por cables o hebras que no sabían si eran de metal o de otra cosa, luces de colores en forma de arañitas prendiéndose y apagándose, paredes que latían — una discoteca bizarra bajo tierra. Colgados cabeza abajo sobre un pozo profundo, entre telas, estaban siendo como amamantados: se regeneraban, con los sexos cooptados por algún tipo de tubo, entrando y saliendo de la conciencia. Les preguntaban ¿quién sos?, ¿por qué estás acá?, entre resplandores estroboscópicos hechos para quebrarlos. Una mujer negra de orejas puntiagudas afilaba una espada frente a ellos, con una cara de jade detrás que se iluminaba a ratos, y decía a los de armadura futurista: «No sirven.» De uno de los huevos sacaron a un rubio que no conocían, lo pusieron sobre el altar, le marcaron el pecho como para hacerle algo y al final no le hicieron nada; el asistente le golpeó el pecho como si no sirviera para nada y lo arrearon hacia arriba.

Perdieron dos días en esos globos y salieron curados por completo. El capullo no era una celda: era un taller. Los estaban probando de a uno, buscando algo que ninguno tenía, y a los que no servían los devolvían intactos — que es la parte que da miedo. Ray lo dijo con la única palabra que le vino: el fondo de las cavernas más profundas, el lugar del Profundo Rito.

Ver también


Capa interna [R]

No diegético; el dispositivo de la mesa, fuera de la lectura pública.

  • Ref.: S3c, «La visión de Rey: cinco capullos bajo la ciudad» — «cinco globos transparentes — capullos como botas de ámbar —, cada uno conteniendo a una persona… Pero los compañeros eran cuatro: hay alguien más en el quinto capullo, alguien que no conocen». S4b, «Los capullos de la disco bizarra» — la vivencia desde adentro (Pontiac, Glob; falta el muchacho de corte militar, el de seguridad de la Genesis Foundation).
  • El quinto capullo queda como gancho abierto: el archivo no conserva la identidad del quinto. El rubio desconocido sacado del huevo en S4b puede o no ser el mismo — no se resuelve.
  • Grafía: en el consolidado de S3c aparece «Rey»; canon Ray (grafía confirmada en el cotejo).
  • La mujer abierta al medio no es Emily Larson: es otra, blanca y rubia, muerta — quizá más desaparecidos de la Genesis Foundation.
  • Del cautiverio del otro grupo, en paralelo: los cortes de dedos y los tres dedos cosidos en la frente de Ray, cicatrizados al salir.

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